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Con más de un milenio de desarrollo escrito y ocho siglos ininterrumpidos de manifestaciones literarias, la española es en la actualidad la segunda lengua de Occidente por el número de sus hablantes y por el interés que despierta en las más diversas culturas,  con una proyección de futuro que los expertos estiman incomparable con ninguna otra: más de 420 millones de personas la tendrán como lengua materna a finales de este siglo y otras 200 millones la habrán adaptado como su segundo vehículo de comunicación. Con la reciente incorporación de Puerto Rico, el español ya es idioma oficial de 22 países.

El nombre correcto y de uso internacional de la lengua es español, pero en el estricto ámbito de los hispanoparlantes se la denomina castellano. Esta diferenciación resulta coherente en la Península Ibérica, dado que el catalán, el gallego o el vascuence no son menos españoles que la lengua mayoritaria, pero resulta más difícil de explicar al otro lado del Atlántico, donde esta peculariedad no obstante se mantiene en forma contundente.

EL PRIMER MILENIO DE ANDADURA

Dos grandes familias lingüísticas (la céltica y la ibérica), con innumerables variantes dialectales, dominaban el panorama de la península en tiempos anteriores a la conquista romana. La pérdida de casi todo testimonio de ellas hace imposible determinar hasta qué punto sirvieron de sustrato al latín de los conquistadores, pero lo que sí parece evidente es que cuando el largo proceso hubo culminado, las generaciones que poblaron esos dos siglos de mestizaje habían creado una suerte de “latín peninsular” de especiales características, en el que la f inicial latina cedió paso a la h aspirada.

La romanización no siguió un patrón común ni penetró con parecida efectividad en todo el territorio hispánico: fue muy profunda en Levante y Cataluña, pero menos en la meseta central y mucho menos aún en la vertiente cantábrica, lo que explica las similitudes entre castellano, gallego y portugués, así como el fenómeno de la supervivencia del vascuence.

Con la caída del imperio y las invasiones de los pueblos centroeuropeos se produce una lógica germanización de las lenguas herederas del latín de las que el futuro castellano resulta la menos afectada, en parte porque ya había incorporado muchos términos durante el periodo imperial y en otro sentido porque ellos pertenecían a un ámbito específico.

Otra cosa totalmente distinta fueron los aportes del árabe, que en los casi ocho años de permanencia en la península dejó sentir su influencia a lo largo y a lo ancho de la trama lingüística del castellano, hasta el punto de representar la característica más diferencial de éste en relación a las restantes lenguas romances.

DE LA FIJACIÓN DE LA LENGUA AL ESPLENDOR

Hasta la reconquista sobrevivió en territorio islámico el uso del mozárabe, un derivado del romance visigodo que era la lengua de la minoría cristiana y que fue barrido por el castellano a partir de la caída de Granada. Igual suerte corrieron el leonés y el aragonés, a diferencia del catalán y del galaico-portugués que se conviertieron en las otras dos lenguas importantes de la España medieval.

El primero periodo de fijación y ordenamiento de castellano va desde la aparición de las Glosas Emilianenses hasta el vasto trabajo estructurador de Alfonso X el Sabio que fijó como norma de corte el habla toledana y la escritura burgalesa, convirtiendo el balbuceante castellano en instrumento de cultura. El segundo periodo arranca del ciclo alfonsí, con el perfeccionamiento de la prosa romance y su equiparación al latín en muchos aspectos, y culmina con la publicación de la Gramática de Antonio de Nebrija, en 1492, el mismo año en que la aventura colombina daba el primer paso hacia el futuro internacional del castellano.

Tres acontecimientos casi simultáneos colaboran por entonces en la universalización de la lengua castellana y en el proceso de asimilación que la convertirá en sinónimo del español: la unidad de las coronas españolas bajo Fernando e Isabel; la culminación de la reconquista y la era de los descubrimientos. No cabe duda que estos procesos no son ajenos a la subsiguiente eclosión del siglo de oro español, que abarcará aproximadamente la segunda mitad del siglo XVI y la primera del XVII, cuya alta literatura se conviertirá en la prueba contundente de la madurez del idioma.

A comienzos del siglo siguiente: concretamete en 1713, se crea la Real Academia Española, que en los sesenta años posteriores producirá las tres obras fundamentales para la definitiva estructura normativa de la lengua: el Diccionario de autoridades, la Ortografía y la Gramática, con las que el español acabó de consolidarse y definirse.

EL ESPAÑOL DE AMÉRICA

Salvo en áreas geográficas determinadas las más de 170 familias lingüísticas vernáculas de América no pudieron competir con la triunfal expansión del castellano, que se convirtió en lengua materna de la mayor parte del continente. Pero esto no fue enteramente así en el aspecto fonológico ni mucho menos en el léxico. Los conquistadores carecían de palabras en su vocabulario para nombrar las innumerables cosas desconocidas que le ofrecía el nuevo mundo.

Un parvo conocimiento del dialectalismo peninsular impidió también reconocer durante mucho tiempo la fuerte impronta que andaluces y extremeños habían dejado en América, aunque esta no es en ningún caso uniforme. Por lo general se acepta la división en cinco zonas del español de América, basándose sobre todo en el léxico:   1) México y América Central; 2) Cuba, Puerto Rico, Santo Domingo, las costas de Venezuela y el norte de Colombia; 3) el resto de Venezuela y de Colombia, Ecuador, Perú, la mayor parte de Bolivia y el extremo norte de Chile; 4) el resto de Chile; 5) Argentina, Uruguay, Paraguay y el sudeste de Bolivia. Prácticas como el yeísmo, el voseo o el mayor o menos uso de arcaísmos desaparecidos del español peninsular plantean a su vez otros interesantes mapas de peculariedades lingüísticas.