El romanticismo latino

Así como el romanticismo germano-británico se caracterizó por la hondura de su pensamiento y su tendencia a la especulación filosófica, el latino tuvo una configuración más predominantemente emotiva e incluso sentimental, lo que se aprecia más que nada en la obra de sus grandes poetas. Otro elemento común que tuvieron estos romanticismos nacionales fue la convulsa y en ocasiones caótica situación política de sus respectivos países, muy alejados de la relativa tranquilidad y hasta equilibrio que por entonces disfrutaban Gran Bretaña y Alemania.

El romanticismo latino

Ciertos elementos, no obstante, se pueden considerar características comunes a todos los románticos, cualquiera que sea su procedencia nacional: rechazaban las normas y convenciones de neoclasicismo y propugnaban la más amplia libertad artística, experimentando con todo tipo de formas poéticas; no simpatizaban con la industrialización ni con el creciente desarrollo de las ciudades, y preferían exaltar los ambientes pastoriles o en todo caso rurales; adoraban lo irracional e investigaban los territorios de los sueños, sin desdeñar ni mucho menos los experimentos con drogas alucinógenas; estaban, en definitiva, a favor de la imaginación y en contra de la razón, a favor de la energía y en contra de los controles represivos, a favor de la revolución y en contra de los antiguos imperios y de los absolutismos.

LOS ROMÁNTICOS FRANCESES

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En 1810, la aguda literata francesa Madame de Staël (1766-1817) El romanticismo latinoescribió una suerte de informe periodístico, a partir de los datos obtenidos entre sus abundantes relaciones personales, ensalzando el apogeo de la cultura alemana. Este notable libro (Sobre Alemania, que alcanzaría larga influencia) fue prohibido en Francia, por orden personal de Napoleón, porque según el emperador minimizaba la cultura francesa. Y sin embargo, el cambio de perspectiva que se saludaba en sus páginas con el nombre de romanticismo debía por lo menos tanto al escritor de habla francesa Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) como a cualquiera de los grandes teóricos alemanes.

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Ya en 1750, en su Discurso sobre las ciencias y las artes, Rousseau había comenzado a oponerse al racionalismo y la artificialidad de la Ilustración, abogando por la naturalidad de los sentimientos, la ausencia de limitaciones formales y una mejora en las condiciones de vida propuestas por el orden social. El escritor ginebrino sostenía que el hombre poseía una naturaleza perfecta, que le era inherente, pero que ésta habia sido corrompida por la sociedad. En Emilio (1772) proponía un nuevo tipo de educación natural para proteger al niño, en tanto “buen salvaje”, de la influencia nociva de la civilización. A partir de su novela Julia o La Nueva Eloísa (1761) que presentaba los modelos sentimentales y de introspección que podían florecer en un ambiente idílico, toda Europa suscribió esta nueva sensibilidad y apreciación de la naturaleza. Por otra parte, en su tratado político El contrato social, las nuevas generaciones revolucionarias adquirieron sus ideas más radicales sobre la libertad. Por todo ello puede decirse que la influencia de Rousseau apenas puede ser equiparable con la de ningún otro autor.

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Otros factores, como es el caso de la revitalización religiosa, pesaron no obstante sobre determinados autores románticos. El vizconde François René de Chateaubriand (1768-1848) fue el principal apologista de esta tendencia con su influyente libro El genio del cristianismo (1802), espíritu que se ve también reflejado en las partes narrativas de la obra, impregnadas de melancolía romántica.

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La huella del romanticismo en la poesía francesa aparece sobre todo en la obra de tres autores que tienen en común la exaltación de la soledad, el sentimiento de pertenecer a una categoría especial y desdichada, y la tendencia a huir del implacable destino refugiándose en la naturaleza: Alphonse de Lamartine (1790-1869), autor de Nuevas meditaciones poéticas; Alfred de Vigny (1797-1863), que alcanzó su culminación con sus publicaciones póstumas (Los destinos y Diario de un poeta) y Alfred de Musset (1810-1857), también narrador y dramaturgo, célebre por Confesiones de un hijo del siglo. El puente entre el romanticismo y las novedades que aportarán los simbolistas hay que buscarlo en cambio en la obra de Théophile Gautier y del deslumbrante Gérard de Nerval (seudónimo de Gérard Labrunie: 1808-1855), traductor de Goethe y cuya innovadora serie de sonetos Las quimeras (1854) prefigura ya a Baudelaire.

Pero sin duda la figura más importante y representativa del romanticismo francés es la de Víctor Hugo (1802-1885), cuya influencia fue determinante en todos los géneros, desde la dramaturgia (la llamada “revolución de Hernani”, en 1830) hasta la novela (Nuestra Señora de París, 1831; Los Miserables, 1862; El hombre que ríe, 1869), pasando por la poesía, en la que descolló desde joven con la recopilación lírica de las Orientales (1829, primer manifiesto del romanticismo francés), y en la que culminaría la hondura de su expresión a través de títulos como La leyenda de los siglos (1859) o Canciones de las calles y de los bosques (1865). Las distintas etapas de la larga y prolífica vida de Víctor Hugo son otros tantos mojones de la historia de la literatura francesa decimonónica. Sólo le faltó, en su extrema vejez, suscribir los postulados estéticos de parnasianos y simbolistas, con los que no llegó a comulgar; pero su protagonismo como adalid del movimiento romántico le había ganado de sobras la inmortalidad.

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LOS POETAS NACIONALISTAS

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Bajo este nombre genérico, un tanto ambiguo, suele agruparse la vida y la obra de los grandes creadores eslavos afines a la estética del romanticismo occidental, los más importantes de los cuales fueron el polaco Adam Mickiewicz (1798-1855) y los rusos Alexander Pushkin (1799-1837) y Mikhajl Lermontov (1814-1841). Con sus Baladas y romances (1822). Mickiewicz inaugura la era romántica en Polonia, y a ellos agregaría pronto títulos tan significativos como el drama fantástico Los antepasados, la epopeya caballeresca Grazyna, la célebre composición A la madre polaca o el no menos famoso Libro de los peregrinos que acabaron por convertirlo en el indiscutible poeta nacional de su país. Por lo que hace a Pushkin, reducido a sucesivos destierros por el talante liberal de su carácter y su obra, esta fue creciendo desde los poemas de El prisionero del Cáucaso (1821) o La fuente de Bajchisarái (1822), hasta sus piezas maestras: la novela en verso Eugenio Oneguín (1823-1830) y el drama histórico Boris Godunov (1825), que lo convirtieron en la figura más relevante de la primera mitad del siglo XIX ruso. Sin alcanzar esta talla literaria, su compatriota Lermontov es sin embargo la figura más representativamente romántica de la literatura eslava, no sólo por su poesía y su vida, plena de lances y desencuentros, sino sobre todo por su única y breve novela, Un héroe de nuestro tiempo (1839) considerada una de las cumbres del romanticismo europeo.

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EL ROMANTICISMO ITALIANO

La característica central de la literatura italiana del siglo XIX es que se desarrolló prácticamente en su totalidad, durante el proceso de lucha por la unificación nacional, lo que le dió un marcado carácter político, a causa del perpetuo enfrentamiento con los rigores de la censura y las persecuciones. Por ello el romanticismo italiano, más que ninguno otro de los europeos, aparece totalmente teñido por la exaltación patriótica y, con frecuencia, sus figuras no consiguen llegar a la realización de una obra que se libere de esas servidumbres. Tal es el caso de narradores como T. Grossi o D’Azeglio, de poetas como G. Mameli o G. Berchet e incluso de historiadores de diversas tendencias como M. Amari, R. Cattaneo o V. Gioberti. A partir de la unificación, hacia 1870, la literatura italiana sufrió una profunda crisis derivada de la brusca ausencia de politización, hasta el surgimiento de figuras renovadoras como Giosuè Carducci (1835-1907), un restaurador de la tradición clásica, que tuvo una profunda influencia en las nuevas generaciones con obras como Yambos y épodos, Rimas nuevas, Odas bárbaras, Confesiones y batallas o Cenizas y pavesas, escritas a lo largo de la segunda mitad del siglo.

Pero incluso dentro del propio proceso político hubo figuras románticas que descollaron por encima de él y no se sometieron a sus limitaciones, como es el caso del narrador Silvio Pellico (1789-1854), autor del conmovedor Mis prisiones (1832), de profundo efecto psicológico entre sus contemporáneos, y sobre todo, del novelista Alessandro Manzoni y del poeta Giacomo Leopardi. Manzoni, que comenzó escribiendo versos de inspiración cristiana, se convirtió muy pronto en un abanderado de las vanguardias teatrales (El conde de Carmagnola, Adelchi, dramas en los que abandonó las unidades de tiempo y de lugar), pero pasaría a la posterioridad exclusivamente por su obra maestra, la novela Los novios (1825-1827), cuya estructura serviría de modelo a inumerables escritores contemporáneos y escritores. El conde Leopardi, heredero de una familia de la nobleza rural, encarna por su parte el punto más alto de la lírica italiana del siglo XIX, ya que en su obra confluyen los mejores elementos de la tradición neoclásica y de la revolución romántica. Autor de libros por lo general breves y exquisitos (Pensamientos, Opúsculos morales, Misceláneas, Cartas), se ganó su merecida posteridad con sus célebres Cantos (1824-1835), uno de los títulos imprescindibles de todo el conjunto de la poesía decimonónica europea.

EL ROMANTICISMO ESPAÑOL

Tras la guerra de la Independencia española, la posterior restauración en el trono de Fernando VII y la consiguiente ola represiva y antiliberal que la acompañó, sojuzgó el espíritu de la magnífica constitución de las Cortes de Cádiz (1812) y retrasó considerablemente la aparición del romanticismo hispánico. Si se descartan algunos hechos aislados que suelen darse como acta de bautismo del movimiento lo cierto es que los mejores representantes del primer romanticismo español debieron optar entonces por el exilio. Al final de la vida de Fernando VII, y sobre todo a causa de la transición que se produce con su muerte (1833), se dan finalmente las condiciones para la eclosión del tardío romanticismo español, que será también por cierto uno de los últimos en desaparecer en Europa.

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La fecha inicial suele situarse en 1834 con el estreno de La conjuración de Venecia, de Francisco Martínez de la Rosa, por su ruptura con las convenciones neoclásicas y pese a la timidez de sus propuestas. Pero la figura realmente importantes es la del Duque de Rivas; autor de poemas como El sueño del proscrito (1824), el faro de Malta (1828) o El moro expósito (1834), pero sobre todo de ese paradigma del romanticismo español que es su drama en verso y prosa Don Álvaro o la fuerza del sino (1835).

Tres nombres suelen citarse con justicia como la culminación del romanticismo en España: los de José de Espronceda (1808-1842), Mariano José de Larra, “Fígaro” (1809-1837) y José Zorrilla (1817-1893). Espronceda miembro de la sociedad secreta juvenil Los Numantinos, fue desterrado a Guadalajaram donde a los 16 años comenzó a escribir su gran poema épico El Pelayo (que arrastró sin concluir durante toda su vida). Luego de una década de existencia aventurera, que incluyó acciones militares y sus amores con Teresa Mancha, se instaló en Madrid, en 1834, de cuya vida literaria participó intesamente. Después de dar a conocer varias obras menores, la publicación de sus Poesías (1840) y de algunas entregas de su ambicioso poema “fáustico”. El diablo mundo, lo convirtieron en una de las figuras centrales de la literatura española, situación de la que su prematura muerte no le permitió disfrutar, pero que no haría más que acrecentarse con la aparición de sus obras póstumas.

Larra, el otro arquetipo romántico español, abandonó sucesivamente dos carreras universitarias interesado por el teatro y la política, lo que le llevó al ejercicio del periodismo, en principio por cuenta propia (El duende satírico del día, El pobrecito hablador). Ya con el seudónimo que lo haría famoso, colaboró a partir de 1833, en las principales publicaciones españolas, creando un género y un estilo en el que no tendría competidores, ni siquiera consigo mismo, ya que sus poemas y narraciones son muy inferiores a sus artículos. José Zorrilla, por su parte, saltó a la fama precisamente por el poema que leyó en el sepelio de Larra cuyo puesto ocupó en la redacción de “El Español”. Escribió a continuación varias recopilaciones de poemas, numerosas leyendas, entre las que destacan “A buen juez mejor testigo” y “El capitán Montoya”, y comenzó su producción teatral en 1837, con Vivir loco y morir más, acumulando éxito tras éxito hasta el estreno de Don Juan Tenorio (1844), que supuso su consagración definitiva y se convirtió en la obra más representativa de toda la historia del teatro hispánico. La abundante dramaturgia romántica se completa con nombres como los de Antonio García Gutiérrez, J.E. Hartzenbusch, Manuel Tamayo y Baus, Manuel Bretón de los Herreros, hasta el denodado autor de “tragedias históricas en verso” que fue José Echegaray.

Entre los poetas postrománticos sobresalen Ramón de Campoamor (1817-1901), Gaspar Núñez de Arce (1834-1903) y por encima de todos sus contemporáneos, Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870), sin duda uno de los líricos mejor dotados del siglo. Bécquer fue autor de obra escasa (ademas de las Rimas y de las Leyendas, sólo se conocen algunos epistolarios) y en su mayoría publicada póstumamente, pero este destino personal no fue óbice para que su influencia se hiciera sentir progresivamente en la cultura española, desde su redescubrimiento por Juan Ramón Jiménez, hasta el sitio de honor en el que merecidamente lo colocó la “generación del 27”.

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