Cuentacuentos

El cuentacuentos tiene su origen en la tradición oral en la que las historias, leyendas y cuentos se han ido transmitiendo a lo largo de los tiempos y con ellas la figura del narrador oral, que surge por la necesidad del ser humano de comunicarse, de entender aquello que le rodea y de perpetuarse.

En las comunidades primitivas era el sabio, normalmente el más viejo del lugar, el que se encargaba de relatar las historias.

En civilizaciones como la egipcia, griega o romana eran los esclavos los que se encargaban de ello y de recopilar muchas historias populares.

En la Edad Media los juglares iban de pueblo en pueblo explicando historias reales o inventadas, por otra parte los bufones vivían en la corte y con sus historias y cuentos divertían a los reyes y nobles.

A los árabes les fascinaban los cuentos, como muestra la historia de Sherezade.

Con el Renacimiento poco a poco la escritura fue siendo la forma de comunicación oficial, pero la transmisión oral no se perdió porque mucha gente no sabía leer ni escribir; la necesidad de explicar la realidad y la ficción se mantuvo.

También las personas que por su oficio o situación eran nómadas, pastores, mendigos, vendedores pasaban el tiempo recorriendo muchos lugares donde aprendían historias que luego contaban, siendo grandes narradores.

Más tarde, cuando aún no existían los medios de comunicación de masas fueron los abuelos los narradores espontáneos, capaces de hacer una historia de cualquier hecho cotidiano que a los niños les encantaba escuchar.

En la actualidad, el cuentacuentos es un narrador que, dedica su tiempo a la narración de cuentos. Esta práctica ha conocido muchas variantes: el cuentacuentos aficionado y el profesional, los cuentacuentos modernos se distinguen en sus formas y sus técnicas de los de antaño pero comparten la esencia de aquellos: contar como sinónimo de viajar en el tiempo y en el espacio.

Hace alrededor de un siglo era frecuente que en los pueblos españoles alguno asumiera esta función, en ocasiones a cambio de vino y respeto. Este respeto no significaba silencio, porque se podía comer, beber y habalr durante la narración; eran frecuentes las interrupciones, ya que era un intercambio entre público y narrador con aplausos. En la España rural, en la urbana es cada vez más habitual que se halle un narrador para animar la sesión de bares o fiestas infantiles. Eso ha llevado a la potenciación de la profesionalización, de la regulación y de la estandarización de este sector, con la creación de asociaciones, establecimientos de tarifas, etc. Estos movimientos recuerdan los que hubo en España respecto al teatro y los títeres en la década de los 70. En Guadalajara se inició un movimiento en 1992 llamado “narradores de cuentos”.

En Sudamérica, la narrativa oral es más fuerte que en España; los narradores, más popularmente conocidos como cuenteros, trabajan como transmisores de las tradiciones populares donde se mezclaron tres sociedades históricamente orales, la indígena, la africana y en menor medida la criolla.

En la era de la tecnología , la palabra y la lectura se pierden a favor de pantallas y lecturas electrónicas, el ritmo de vida moderna en el que los padres no tienen tiempo para dedicar a sus hijos ha hecho que la televisión y el ordenador sean sustituidos a la fuerza para entretenerlos.

Pero los niños siguen prefiriendo el cuento por la calidez, cercanía y autenticidad del momento; se vive en primera persona, no se tiene la sensación de ser un mero espectador sino una parte activa de él.

Por otra parte fomentar la lectura entre los más pequeños y no tan pequeños no es tarea sencilla y aquí el cuentacuentos se convierte así en incitador y potenciador de la imaginación, la creatividad y la inteligencia, son una herramienta ideal para transmitir buenos valores, alegría y diversión, favoreciendo la inquietud de buscar aquellas historias y cuentos con los que tanto disfrutaron, sin olvidar que a los mayores también nos gusta que nos cuenten historias.

El arte de contar cuentos es el arte de la comunicación y afortunadamente las fiestas populares recuperan en las plazas y lugares públicos esta tradición, un fenómeno en auge en el que los niños son los protagonistas de las historias.

(Fuente. Revista Cejillas y Tejuelos. Artículo escrito por Inmaculada Egío Pertusa)

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