Larra, novelista histórico

El día 1 de noviembre de 2005 salió a la luz la noticia del compromiso entre el Príncipe de Asturias, Don Felipe de Borbón y Grecia heredero de la Corona de Alicante, y doña Leticia Ortiz Rocasolano, periodista de TVE.

Larra, novelista histórico

Esta nueva tuvo su relevancia literaria, al declarar la futura princesa en la petición de mano celebrada en el Patio de los Austrias del Real Palacio del Pardo, que el regalo que hacía a su amado era una joya literaria, una edición para bibliófilos de 1850 de El doncel de Don Enrique el Doliente, única novela del conocido escritor decimonónico Mariano José de Larra, y obra que cuenta la historia de un amor imposible que rompía con todas las dificultades existentes para acabar triunfando.

A partir de este instante el olvidado Doncel reapareció en las estanterías de las librerías españolas convirtiéndose en un auténtico éxito comercial.

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Desde los primeros conatos literarios, la historia ha sido utilizada como tema central para todo tipo de géneros, empezando por la tragedia y acabando por la epopeya hasta alcanzar a la novela. No es de extrañar esta situación, si se tiene en cuenta que aporta al contenido una gran verosimilitud. La denominación de novela es un término originario del italiano que no se utilizó en España hasta la aparición de las Novelas Ejemplares de Cervantes.

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En 1672 surge en Francia el primer libro cuyo subtítulo es “novela histórica”, puesto que hasta ese momento las que se pueden considerar como obras de este género se encuentran a mitad de camino entre la crónica y la mera novela, y sólo el sentido recreativo o didáctico que poseen, permiten clasificarlas como tales, como es el caso de la que es considerada como primera novela histórica de España, escrita en el siglo XV por Pedro del Corral, La Crónica del Rey Rodrigo y la destrucción de España, que cuenta con la caída del reino visigodo peninsular, la posterior invasión árabe, y los inicios de la Reconquista. Con el humanismo la historia ofrece ciertos eventos que pueden hacer meditar sobre el origen y destino del ser humano, se teoriza sobre el perfecto caballero y de estas ideas emanan novelas como la anónima Historia del Abencerraje y de la hermosa Jarifa, que forma parte de la edición de La Diana, de 1561, o Las Guerras de Granada, de Ginés Pérez de Hita, que vio la luz entre 1595 y 1619.

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Los efectos de la Contrarreforma no llegan a vislumbrarse en todo su apogeo hasta bien entrado el siglo XVII, ya fuera en el teatro o en la novela donde los autos sacramentales o la vida de los santos se convierten en auténticos éxitos. La obra más sobresaliente en este terreno es el conjunto de textos de Tirso de Molina que forma parte de la trilogía Deleytar aprovechando, donde cuenta las vidas de Santa Tecla, San Clemente y San Pedro Armengol. A pesar de todo ello, no se volverá a hablar de este género novelesco en Europa hasta principios del siglo XIX, con el éxito de títulos como Robin Hood o Ivahoe del escritor escocés Walter Scott, al que no tardan en imitar los grandes literatos del momento como Tieck y Arnim en Alemania; Balzac y Víctor Hugo en Francia o Fenimore Cooper en EE.UU.

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Estas obras llegan a las estanterías en un momento de la historia de Europa cuando el Nacionalismo hace presa del pueblo ya que no lucha por el rey, sino por su patria, fenómeno que se unió a la aparición del Romanticismo, cuya base se halla en encontrar las raíces propias y los orígenes de las naciones. En España esta corriente literaria llega de forma muy tardía a causa de aislamiento que sufre nuestro país a principios del siglo XIX por diferentes causas políticas, sobre todo a partir del reinado de Fernando VII.

Es en este momento de la convulsa historia de España, cuando Mariano José de Larra, buen conocedor de la realidad cotidiana que le rodeaba gracias a sus trabajos periodísticos recibe del editor Repullés el ofrecimiento de participar en su Colección de Novelas Históricas Originales Españolas, comenzadas en 1832, en la que también colaboran autores de prestigio como Escosura, López Soler, Espronceda, o Vayo, y aquí se encuentra el origen de El Doncel de Don Enrique el Doliente. La rapidez con la que se cumple el encargo aduce a razones puramente económicas, y cabe añadir en este sentido que esta obra tiene claras reminiscencias del drama teatral Macías que el mismo autor publicó en 1833. El primer tomo del Doncel se publicó en enero de 1834 y el cuarto y último en marzo de ese mismo año. Respecto a las ediciones son numerosas durante el siglo XIX, ya que la segunda ve la luz en 1838, siendo otras destacadas las aparecidas en París de manos de Baudry en 1848 con prólogo de C. Cortés y la publicada en Barcelona en 1886, que cuenta con un prólogo del mismo autor que la mencionada anteriormente, mientras que en el pasado siglo XX destacaron tres: la incluida en las Obras Completas, editada por Carlos Seco Serrano (1961); la que forma parte de la Antología de la novela histórica de Felicidad Buendía (1963), y por último la de José Luis Varela (1978), única de las mencionadas que sigue todavía en el mercado.

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La principal razón por la que esta novela cae en el olvido puede ser achacada a la actitud mostrada por la crítica durante siglo y medio que se ha obstindo en ver en ella una autobiografía de los amoríos del atormentado Larra, sufridor al igual que los personajes del Doncel por cuestiones de honor y de amores imposibles con mujeres casadas, que le llevó como es sabido al suicidio por desengaño. Ya que si los vaivenes de la moda arrinconan a la novela histórica a favor del teatro del mismo apellido, no es descabellado opinar de su importancia dentro del romanticismo español si la comparamos con otras obras, por ejemplo de la talla del Don Juan Tenorio de José Zorrilla a la que nunca le faltaron ediciones.

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Por tanto es hora de hacer un lugar a esta obra entre las novelas más relevantes de la España romántica y alejarla definitivamente del ostracismo al que fue condenada por la crítica pese a ser uno de los principales ejemplos de un tipo de literatura que inundó Europa en aquella época.

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(Fuente. Revista Cejillas y Tejuelos. Artículo escrito por José García Díez, Juan Ramón Such Moya)

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