Desarrollo de la lectura en la familia

Algunos padres tienen la impresión de que sus hijos no leen jamás. Les parece que cualquier afición, dinámica o sedentaria, resulta más atractiva para los chicos o chicas que coger un libro. En consecuencia, nace en ellos el deseo de ver a los niños o niñas aficionados/as a la lectura.

Desarrollo de la lectura en la familia

Nos estamos refiriendo, claro, a una lectura libre, no concebida específicamente como un aprendizaje, sino como un gusto o una afición. Eveline Charmeux, en su obra “Cómo fomentar los hábitos de lectura”, distingue dos clases de lectura: la lectura funcional y la lectura de placer. Mediante la primera, “los lectores obtienen información, solventan situaciones. “Es la lectura necesaria para resolver un problema, para conocer las reglas de un juego o un deporte, para saber cómo se monta una máquina”. Mediante la segunda, “se lee para divertirse, para pasar el rato, para explorar nuevos mundos. Es el tipo de lectura en la que el lector se deja llevar por las palabras, sin ningún tipo de propósito concreto que no sea el puro placer de sumergirse en un libro” (Charmeux, 2002).

Entre los ocho y los doce años se generan muchos hábitos y aficiones. Los niños están abriéndose al mundo, conociendo posibilidades y adquiriendo autonomía de movimientos. Es pues una edad propicia para desarrollar un hábito lector que pueda consolidarse después en la adolescencia, aunque no quiere decir que los hijos y las hijas no puedan empezar a leer antes. Sólo se está afirmando que se trata de una edad óptima en la que el desarrollo se materializará de una manera más rápida. Los padres tienen un papel que jugar en la creación y consolidación de este hábito. Pero hay que tener claro que las estrategias para conseguir un hábito lector presentan unas peculiaridades diferentes a las que se suelen emplear para conseguir otros propósitos. Es ineficaz plantearlo como una actividad de estudio, como plantearíamos, por ejemplo, la hora de los deberes. El famoso pedagogo y escritor italiano Gianni Rodari creó, con mucha ironía, unos consejos para conseguir que los niños “odiaran la literatura”. Repasándolos se ven muchas de las actitudes equivocadas que se emplean a veces por los adultos para conseguir que los hijos y las hijas lean. Por ejemplo, solemos presentar el libro como una alternativa (buena) a la televisión (mala) o a los cómics (malos). O se les riñe porque tienen demasiadas distracciones y diversiones. O se les obliga a leer un libro concreto sobre el que después tendrán que contestar unas preguntas. De esta manera el niño ve el libro como algo alejado de las “distracciones” que realmente le gustan y, en cambio, lo identifica como algo muy próximo a los deberes escolares.

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La animación a la lectura difícilmente se consigue por imposición. Se obtiene a través de un tratamiento positivo, obrando indirectamente para que se cree un clima favorable a la lectura. Hay quien dice que la afición de leer actúa por contagio: por contagio de unas actitudes, de un ambiente o de una oferta creada en su entorno para que se desarrolle este beneficioso “virus”. Muchas veces las aficiones y los gustos están más ligados a la afectividad que a la efectividad. Más próximo a la persuasión que a la obligación. “Se trata de conseguir que el hábito nazca de los propios niños, de crear las condiciones favorables para que surja de ellos el deseo de leer, y de seguir leyendo” (Charmeux, 2002).

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Las familias tienen una influencia determinante en el éxito educativo de sus hijas e hijos, no obstante, los educadores y tomadores de decisiones no siempre consideran esta influencia en toda su complejidad. Se suele dar por hecho que todos los niños y niñas entran a la escuela provistos de igual manera para aprender. Pero, ¿qué pasa cuando esto no ocurre?, ¿qué sucede cuando existen diferencias importantes entre las expectativas que las familias tienen en relación con el éxito escolar de sus hijas e hijos y su capacidad para apoyar su desarrollo?, ¿cuál es el ambiente lingüístico y de lectura en el que crecen las niñas y los niños que provienen de familias de escasos recursos?, ¿qué nos dice este ambiente sobre su preparación para aprender en los primeros años de la escuela?, ¿de qué manera pueden los educadores usar esta información para mejorar las oportunidades de aprendizaje de los niños y las niñas?

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