Con frecuencia, la historia ha puesto demasiado el acento en los logros de los astrónomos griegos y ha dejado de lado las aportaciones de los babilonios, quienes desarrollaron una cultura de contemplación del cielo de la que bebieron los grandes nombres del periodo clásico. Porque los caldeos, como llamaron los romanos a los hombres de ciencia de Mesopotamia, se propusieron sistematizar el movimiento cíclico de los cuerpos celestes desde mediados del siglo VIII a.C.

Kidinnu (siglo IV a.C.), estrella de Mesopotamia

Fue en aquel tiempo, durante el reinado de Nabonasar, cuando la astronomía alcanzó una nueva dimensión, con observaciones cada vez más precisas y sistemáticas. Esta labor cristalizó en la redacción de los primeros almanaques astronómicos de los que tenemos noticia, dotándose de los instrumentos y cálculos necesarios para predecir fenómenos con poco margen de error.  Entre todos ellos, el más importante fue el ciclo de saros, un periodo de 223 meses sinódicos, o lo que es lo mismo, dieciocho años y once días. Después de ese tiempo exacto, la Tierra, el Sol y la Luna vuelven a ocupar las mismas posiciones relativas por lo que se repiten los eclipses del mismo tipo.

Igualmente fueron capaces de detectar la correspondencia entre 235 meses lunares y diecinueve años solares. Y del nutrido grupo de sabio que obraron esta revolución científica, brilla con luz propia la figura de Kidinnu, conocido en el mundo grecolatino como Kidenas o Cidenas. Según algunos autores, era oriundo de Sippar, lugar donde se ubicaban una de las cuatro grandes escuelas astronómicas de Mesopotamia; las otras eran Borsippa, Uruk y la propia Babilonia. Sin embargo, no tenemos datos suficientes para situarlo con precisión ni en el tiempo ni en el espacio, más allá de saber que desarrolló su actividad durante el siglo IV a.C.

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Se le atribuye a Kidinnu el llamado sistema B, que precedía el movimiento de la Luna y reparaba por primera vez en la forma elíptica de su órbita y en las variaciones de la velocidad a la que se desplaza el satélite según su proximidad a la Tierra.  Las tablillas cuneiformes relativas a observaciones realizadas con esa técnica son el único recurso del que disponemos para seguir la pista a Kidinnu. Dado que la mayoría de estos documentos se han localizado en Uruk, las dudas acerca de su lugar de nacimiento se multiplican.

 

Por Roberto Piorno (con información de Pablo Colado)

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