La literatura chilena, provincia de la rama iberoamericana en la literatura de lengua española, comienza con las Cartas al emperador Carlos V que escribe al conquistador de Chile Pedro de Valdivia. Dos géneros dominan el desarrollo literario de Chile durante la época hispánica: la crónica y el poema épico. Uno y otro extienden sus manifestaciones durante tres siglos, con gran continuidad y experimentando las variaciones que el Renacimiento y el barroco imponen a la  historiografía y a la poética en todo el orbe español. La poesía lírica tiene una expresión escasa y la literatura dramática es inexistente.

La obra más notable de esta época y la mejor pieza de la poesía épica española del Renacimiento es La Araucana (1569), de Alonso de Ercilla, poema que inició un ciclo que tendría como asunto común las guerras de Chile y suscitó una serie de imitaciones en Iberoamérica. Pedro de Oña es el más importante de los seguidores de Ercilla, autor de Arauco domado (1596).

La crónica chilena tiene una continuidad excepcional en el marco iberoamericano a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII. Los hitos más importantes los señalan: Alonso Góngora Marmolejo, cuya Historia de Chile desde el Descubrimiento es notable por el retrato de los gobernadores.  Alquiblaweb

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La época moderna y nacional comienza en el siglo XIX. Pueden distinguirse tres periodos: neoclasicismo (1800-44), romanticismo (1845-89) y naturalismo (1890-1934). En el primer periodo, luego de las expresiones tempranas de Juan Egaña y Fray Camilo Henríquez, correspondió al gran humanista Andrés Bello orientar la literatura chilena y americana. Su Alocución a la Poesía (1823) trazaba el programa de un nacionalismo literario basado en el contenido. El paisaje americano, el pasado indígena y las costumbres autóctonas determinarían por sí solos una literatura nacional. En su extensa gestión, Bello fue el escritor más importante y el rector de la vida literaria y cultural del país. Como poeta, es la máxima expresión del neoclasicismo americano y uno de las más altas del neoclasicismo de lengua española. Su obra comprende la notable Gramática de la lengua castellana para el uso de los hispanoamericanos (1847) y variadas contribuciones a la filología, crítica literaria, Derecho, ciencias naturales y divulgación americana.

En el periodo romántico se distinguen tres generaciones bien diferenciadas. En la primera importan el costumbrista José Joaquín Vallejo – el Larra chileno – y el memorialista Vicente Pérez Rosales, autor de Recuerdos del pasado. A esta generación se adscriben los proscritos argentinos de la tiranía de Rosas. La segunda generación romántica se apropió del romanticismo de escuela en su tendencia romántico-social o progresivista. En la generación joven se anima el movimiento de 1842 con su creación literaria.  La tercera generación representa la madurez del periodo y la plenitud del realismo romántico con Alberto Blest Gana, máxima figura de la novelística chilena decimonónica y creador de una representación cíclica de la sociedad chilena que abarca aproximadamente todo el siglo XIX.

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Con el naturalismo, la literatura chilena entra en una etapa de madurez. La primera generación de este periodo incorporó el cuarto estado en la representación seria de la realidad conforme a las normas naturalistas. El cuento moderno se inicia con Daniel Riquelme, que dignifica literariamente la imagen del “roto”. La segunda generación es la modernista, la que acoge a Rubén Darío y se inicia con Azul (1888). La tercera generación es la mundonovista, la que hace de la literatura nacional un programa renovador por la concepción naturalista. La figura más representativa es Mariano Latorre considerado el padre del criollismo literario.

La poesía lírica alcanzó un carácter personal, sencillo e íntimo en clara oposición al experimentalismo modernista. Los motivos son criollos y se someten a los límites del país y la provincia, el barrio y la vida doméstica y en el cuarto más interior, a la confesión sentimental. En algunos casos alcanza notas de popularismo pintoresco, humorístico o combativo.

El teatro alcanzó un desarrollo considerable en esta generación y tuvo en Antonio Acevedo Hernández al dramaturgo naturalista más importante del periodo y la primera figura del relieve en la literatura dramática nacional. Una de sus obras El árbol viejo destaca por su profundo carácter popular, su sentido social y el patetismo de la violencia y de las aspiraciones, que proporcionan dimensiones trágicas a un mundo de explotados.

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La época contemporánea, de 1935 a la actualidad, se caracteriza por la ruptura de las formas tradicionales; la ausencia de trabazón sistemática en la representación de la realidad; la yuxtaposición como modalidad estilística, de momentos aislados en los cuales reside, sin embargo, la plenitud del mundo y de la vida y la presencia de nuevas esferas de realidad y repertorios de formas.

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La figura de máximo relieve en la literatura chilena contemporánea es Gabriela Mistral. Su libro Desolación (1922) dio ancho cauce a la sensibilidad intimista y personal de los poetas del mundonovismo, que la Mistral conservó hasta el final de su obra. Pero ya en este libro revela la asunción de las estructuras de la lírica contemporánea. Le dio renombre la sección “Dolor”, que se ordena en la forma de un ciclo amoroso de temple intensamente apasionado y trágico.

Pablo Neruda ha sido junto a la Mistral y Huidobro, una de las figuras de mayor significación en la poesía chilena y de la lengua española contemporánea. Más joven que los anteriores, sus primeros libros Crepusculario, Veinte poemas de amor y una canción desesperada, muestran una gradual adecuación a las estructuras de la lírica contemporánea. Pero es a partir de Residencia en la tierra (1933) desde cuando se conoce en Neruda un poeta plenamente personal y provisto de un ascendiente poderoso sobre los poetas contemporáneos. Neruda rompe la forma exterior del poema, expresa un temple confuso y angustiado y contempla una esfera objetiva de destrucciones, ausencias o privaciones y de aciagas presencias imposibles de asir; crea un mundo de imágenes visionarias y visiones que concitan todos los niveles de la realidad.

El teatro carece de rasgos innovadores y permanece apegado al naturalismo y a un simbolismo débil. Armando Moock es la figura de más relieve. En un plano secundario, Germán Luco Cruchaga.

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