Reseña literaria de Una pistola como la de Larra, novela de Ángel Lara, por Eduardo S. Aznar

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Una pistola como la de Larra

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LA LUCIDEZ DA EN EL BLANCO por Eduardo Sánchez Aznar

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Reseña de Una pistola como la de Larra, de Ángel Lara, Ed. Playa de Ákaba, 2016.

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Siempre he pensado que Mariano José de Larra, además de enseña del romanticismo, es el precursor del noventa y ocho. Una suerte de profeta de los Ganivet, Baroja, Azorín, Maeztu, Valle-Inclán, Machado, Unamuno, Ramón y Cajal…  Acaso todos ellos fueran, con Larra a la cabeza y a despecho de las etiquetas, la misma generación, con idénticos ideales. Pues nada hay más romántico que pretender la regeneración de España combatiendo sus males con las letras, ya fuera en la prensa, el ensayo, la narrativa, el teatro o la poesía. Nuestra historia no puede explicarse sin esa nómina que encabeza Larra con pleno merecimiento.

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Hoy,  pese  a  los  incuestionables  avances  —más  económicos  que  sociales,  más normativos que políticos— aquellos males siguen creciendo entre nosotros, gracias a nuestra pereza, nuestra  indolencia nacional. El más grave de nuestros defectos, como una muralla, una resbaladiza cucaña que devuelve una y otra vez al redil a las voces que intentan alzarse en medio de la abulia general. Por eso la tarea de los románticos sigue siendo tan urgente como entonces. Por eso, Ángel Lara toma la pluma y la pistola de Larra.

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El  autor  pone  la  lupa  sobre  los  bares,  los  parques,  la  oficina,  los  medios  de comunicación o la política. Sintetiza con maestría toda nuestra cotidianeidad y añade a la fotografía su tono irónico y desengañadamente lúcido. Partiendo de las crónicas de Fígaro, va desgranando la historia de un narrador en modo alguno inocente, quizá porque solo puede describirse el fango cuando uno está metido hasta la cintura. Lara ha sido muy hábil creando un protagonista sin nombre, pero los espacios y las situaciones son, como hiciera Larra, tan reconocibles, tan nuestros, que el personaje de Una pistola como la de Larra podemos ser cualquiera.

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Desde el principio sabemos que el protagonista tiene una historia secreta y terrible, un misterio al que poco a poco se añaden pistas, mientras retrata el tiempo que vivimos. Pero no es hasta el final cuando, en un gesto de sinceridad inapelable, el autor desnuda a su personaje. Desde las últimas líneas de la novela nos mira a los ojos, sin implorar compasión, sino algo infinitamente más difícil: reflexión. Porque Ángel Lara no nos engaña y su prosa cercana, pero implacable, nos pone entre la pared y la espada; o la pistola.

La narración mantiene con vigor el ritmo de la historia en los once capítulos, cada uno de los cuales es un disparo directo a nuestra conciencia. Pero Lara consigue que no perdamos de vista tampoco al protagonista y su conflicto interior. Ambas tramas confluyen en la voz del narrador, que emplea un lenguaje preciso y cuyo tono, desencantado y sarcástico, no llega a resultar cínico, pues el protagonista no ridiculiza lo que ve: sufre con ello, tanto como con su propio drama.

Y así es como Larra se hace carne entre las páginas de esta novela. Este es el mayor logro de una idea genialmente inspirada, de un texto muy trabajado. Aquí escuchamos a Fígaro, pero también los quejidos del alma dolida de un hombre desarmado por el hastío de la sociedad y su trágico destino.

Desarmado, sí, pero no vencido. No para siempre. Pues en nuestra mano está —en tus manos, lector— compartir su lucidez o su final.

 

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