Poesía estremecedora de Susi Rodríguez

La misma noche que Laura tomó la decisión de marcharse de su casa sucedieron cosas muy extrañas en el edificio en el que tenia fijada su residencia con Carlos desde hacía más de 10 años. A primera hora de la mañana los vecinos más madrugadores se encontraron con la sorpresa de la fachada. Se hallaba totalmente ennegrecida, como si hubiera habido un incendio. No pudieron limpiar lo que parecía hollín incrustado con ningún producto ni máquina de limpieza. 

El Jubilado del primero segunda se pegó un tiro en la cabeza quedando gravemente herido. Sus familiares se preguntaban qué le llevó a perpetrar semejante acción cuando acababa de celebrar sus 65 años rodeado de toda su familia en una fiesta preciosa. No estaba deprimido ni enfermo. Ni tenía deudas ni otros problemas personales. El amo de los Boxers del segundo primera no daba crédito a la desaparición de sus fieles cachorros. Parecía imposible que hubieran podido esfumarse en plena noche sin dejar rastro dos perros amaestrados para atacar a cualquier forastero que intentara una intromisión en su propiedad. La joven pareja del tercero segunda encontró su apartamento absolutamente revuelto, como si hubieran entrado a robar. Las puertas y las ventanas estaban cerradas y no había signos de haber forzado ninguna cerradura. No echaron de menos ninguna pertinencia. Los hijos pequeños del matrimonio del cuarto primera se despertaron de madrugada llorando a pleno pulmón. Unas pesadillas terribles los mantuvieron aterrorizados toda la noche. No hubo forma humana ni inhumana de tranquilizarlos. Ni siquiera reaccionaron a los dardos tranquilizantes que les disparó su padre con la escopeta para la caza de animales menores que guardaba celosamente. La joven y dulce maestra del quinto segunda se despertó con una migraña tan fuerte que le cortó la respiración durante unos segundos. Empezó a vomitar invadida por un ataque de nervios imposible de dominar. No quedó un solo objeto de vidrio entero en el piso de la atenta docente, que perdió el conocimiento en medio de un charco de sangre que brotaba de sus pies descalzos. El carpintero del sexto primera se levantó a orinar y tuvo que ir a buscar sus gafas para descubrir que las sombras de la pared eran unas manchas húmedas y verdosas que recreaban rostros paranormales. Parecían almas en pena a punto de hablarle desde el más allá. La doctora del séptimo segunda llegó a su casa muy tarde pero la llamaron por teléfono al alba desde el hospital donde trabajaba para contarle que todos sus pacientes habían muerto en una especie de infarto colectivo. Un total de ocho personas de edades comprendidas entre los cuarenta y los setenta años sin enfermedades graves sufrieron de repente una parada cardíaca asombrosa. Carlos, el poeta del ático,  se había pasado la noche bebiendo whisky con hielo mientras escribía unos versos tan espeluznantes que cobraban vida propia en el momento en el que nacían de su pluma y se escapaban por la ventana en forma de humo negro, infausto y espeso, oscilando resbaladizos de derecha a izquierda recorriendo las paredes del edificio donde hasta ese día había vivido junto a Laura. Vivir con un poeta paranoico era un trasiego incómodo que la dejaba exhausta. Se marchó de casa con la ropa que llevaba puesta, su bolso de mano y la firme determinación de no volver nunca. En la terraza del ático, mirando hacia al cielo con lágrimas en los ojos, lucía preciosa la flor del ave del paraíso que le habían regalado por su cumpleaños.

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