Cuatro notas transformaron mi vida por Héctor Plácido

Cuatro notas transformaron mi vida por Héctor Plácido

Un día topé con una obra que iba a ser decisiva en mi vida. Una composición musical que zarandearía y removería mis emociones más profundas, y que jamás ha dejado de conmoverme hasta el infinito. Una pieza que sentó las bases de mi pasión por el piano. ¿Os imagináis cuál es? ¿Quién es su compositor?

Cuatro notas transformaron mi vida por Héctor Plácido

Desde niño, ya tuve conocimiento de la música de este autor que tanto me ha influenciado gracias a un querido amigo de la familia, que durante sus visitas a Alicante me iniciaba en la música de este gran compositor. Este amigo era más que eso, era el “Tio de Mallorca”, aquel de quien aprendí las primeras lecciones de técnica pianística.

Os hablo de Ramón Ramis, un gran pianista mallorquín con quien siendo yo muy joven pude visitar, junto a él y mi familia, la famosa Cartuja de Valldemossa, lugar, sin duda, enigmático y muy inspirador para un romántico como yo. Allí presencié el recital de un pianista, cuyo nombre no logro recordar, donde sonaron una balada, unos nocturnos… Aquella música no parecía ser de este mundo.

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Unos años más tarde, me enteré por un vecino de que (en plena transición de la cinta casete al CD) con la compra de un periódico ofrecían una colección de CDs con doble función: Ver en la pantalla del ordenador la vida y obra de los compositores y, a la vez, escuchar en el equipo de música las piezas más representativas de cada uno de ellos.

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Aún recuerdo: Mozart, Beethoven, Bach, Bizet, Mähler, Haydn, Gershwin, Ravel, Liszt y un largo etc. Fue cuando abrí y descubrí la música de Chopin y su Concierto Nº 1 en Mi m, en especial su primer movimiento, que me afectó y transformó por dentro de tal forma que, desde ese momento, el piano se unió a mí en cuerpo y alma para siempre.

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Mallorca, Chopin, mi niñez visitando junto a Ramón los silenciosos y enigmáticos claustros del monasterio mallorquín, aquella música… Allí, tras su estancia en Valldemossa junto a la escritora George Sand, Chopin compuso los fantásticos Preludios entre otras obras. Y aquello no fue otra cosa que el preludio de mi trayecto vital y mi relación con el piano. El principio de un amor, para mi fortuna, correspondido.

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Abrí la caratula del CD, lo introduje en la pletina de la cadena y pulsé el play. Comenzó a resonar en la habitación una larga introducción orquestal con un comienzo severo y, a continuación, cierto aire de melancolía dio paso a una entrada del piano vigorosa, decidida y apasionada. La tonalidad: Mi m. Empezó a sonar el primer y famoso tema de esta composición: unos sencillos y, en apariencia, endebles acordes en la mano izquierda; pero firmes cual raíz sobre la tierra, daban sustento a una melodía que surgía como de la nada. “Si, Sol, La, Si…” Aquella música no parecía ser de este mundo.

Esas notas que me parecían mágicas se deslizaban por el teclado como cientos de gotas de lluvia fina. Caían aquí y allí, sin claro asiento, pero con destino y sentido musical. Era una frase cual frondoso ramaje, impenetrable, de apariencia templada, estática y a la vez flexible.

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Cuatro notas transformaron mi vida. Creo que puedo decir que fue esta obra la “culpable” y Chopin el “responsable” de que a día de hoy esté tocando el piano. Desde ese momento, cuatro notas transformaron mi vida. Pronunciar Chopin me resulta poético, su música es poesía en estado puro. No obstante, su música no necesita de palabras. Su música es poesía con sonidos.

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Hace año y medio viví un momento muy especial en París, donde Chopin vivió y murió en 1849. Cumplí una promesa que desde niño soñé con hacer realidad: Visitar su tumba en el Cementerio de Père-Lachaise, llevar flores y escribirle una breve carta contándole parte de lo que aquí os he contado.En aquella carta, que deposité sobre su tumba y que espero haya leído, le contaba que su música y, en especial, cuatro notas han transformado mi vida por completo.

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Héctor Plácido

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