Tan cerca y tan lejos por Héctor Plácido

Tan cerca y tan lejos por Héctor Plácido

Cuenta la leyenda que Franz Schubert portó el féretro que contenía los restos mortales de Ludwig Van Beethoven. Es hermoso imaginar la escena, ¿no creéis? Alguien casi anónimo para la muchedumbre que llenaba las calles, alguien que no conoció la fama ni el reconocimiento en vida, tal sólo un selecto grupo de amigos que le adoraba en la intimidad y que escuchaban su obras con fervor en lo que popularmente se conoció como “Schubertiadas”. ¿Os lo imagináis?

Tan cerca y tan lejos por Héctor Plácido

Viena, 29 de marzo de 1827.

Un gran gentío llena las calles de la ciudad para despedir al grande entre los grandes. Se estima que pudo haber más de 30.000 personas allí. Una de ellas era Franz Schubert. Un pequeño gran hombre, de apariencia rechoncha y descuidada, con unas minúsculas gafas que ocultaban su gran timidez y una melancolía casi crónica. Un hombre portando un féretro presagiando tal vez su propio fin tan solo un año después tras una larga enfermedad. En 1828 moría nuestro protagonista, y bajo su propio deseo, pidió ser enterrado junto a Beethoven. Años más tarde, en 1888, los restos mortales de ambos fueron trasladados al cementerio central de Viena (Zentralfriedhof), campo santo que tuve oportunidad de visitar la primavera pasada, como más tarde os contaré.

Ambos compositores vivieron en la misma ciudad (Viena) y época. No existía una gran distancia entre el hogar de uno y del otro y, sin embargo, según se cuenta, tal vez nunca llegaron a tener contacto. Al menos, no el suficiente como para estrechar lazos de amistad personal. Aun siendo así, ambos sintieron por el otro una gran admiración, sobretodo Schubert, quien veía en Beethoven a un “titán” inaccesible. Se cuenta que Schubert decía de Beethoven: “Secretamente tengo esperanzas de conseguir algo por mí mismo, pero, ¿Qué nos queda por hacer más allá de Beethoven?”.

La historia de estos dos grandes hombres es una viva parábola de la existencia. Un ejemplo de lo irónica que puede llegar a resultar ésta vida. Personajes que posiblemente no cruzaron una palabra a pesar de vivir en la misma ciudad y, sin embargo, hoy reposan a escasos metros. “Tan cerca y tan lejos…”.

Si tengo una “manía” (si puedo llamarlo así) cuando viajo, es la de visitar a los personajes ilustres en su reposo eterno. Es mi pequeño y preciado ritual, que reservo para el final del viaje, en ocasiones casi unas horas antes de coger el vuelo. Un taxi me llevó a las afueras de la ciudad. Un gigantesco cementerio se alzaba ante mí.

Recuerdo que había varias puertas de acceso, todas ellas separadas por una buena “caminata”. Al taxista no supe concretarle a cual quería ir. ¿Quién sabe? Me bajé en la puerta número 3 y, a pesar de no acertar con la que accedería de forma más rápida hacia la zona de los “músicos”, ocurrió algo fantástico. ¿Casualidad? Lo dudo.

Situado en la puerta encontré a mano derecha a una señora vendiendo flores. Me acerqué a ella y en un inglés de supervivencia intenté comunicarme con ella. Pronto comprobé que aquella señora sólo hablaba alemán. Le conté que era un pianista español y que tenía una gran ilusión de visitar donde se hallaban los restos mortales de Beethoven, Schubert… ¡Ohhh!, -exclamó. Ya no tuve que mediar más palabra. Esas palabras eran universales. Había encontrado la clave para comunicarme con ella. Algo tuvo que ver en mis palabras y en cómo las expresé porque amablemente me explicó, aunque en alemán, hacia dónde dirigirme. No obstante tuve suerte de nuevo. Una señora que prestaba atención a la escena se ofreció a hacer de traductora en inglés.

Le pedí a esta señora tan amable un ramo grande para poder repartir algunas flores entre todos. Cuando quise pagarle, aquella buena mujer del puesto de flores no aceptó mi dinero. Me regaló algo, incluso de más valor que unos ramilletes, una sonrisa cómplice, unos ojos ligeramente emocionados y una frase (nunca mejor dicho) lapidaria. Me aseguraba que “estaba muy cerca y, que disfrutara del camino…”.

Ese tipo de frases, en esos lugares y con un grado de conciencia determinado pueden ser interpretadas de muchas formas. Aún hoy recuerdo a aquella señora con cariño, alguien que vive muy lejos de mí, con un idioma tan diferente y con una trayectoria vital tal vez muy distinta a la mía y qué cerca me sentí de ella. En este caso: Tan lejos y tan cerca…

Aquel lugar me parecía muy hermoso, lucía un día espléndido, soleado. Una bella jornada de primavera donde las flores parecen más sublimes aún si cabe. Tras mi recorrido por aquella estancia iba fijando mi atención y mis sentidos en aquellos mármoles. No acostumbro a hablar en esos momentos, tengo mi propio ritual.

Según me situaba en cada uno, comencé a reproducir en mi cabeza una pieza de cada autor y esta, sería la forma de “comunicarme” con él. Ante la tumba de Franz Schubert, a escasos metros de la de Beethoven, recordé la escena de la que hablaba al principio. “…Alguien casi anónimo para la muchedumbre que llenaba las calles, alguien que no conoció la fama ni el reconocimiento en vida, tal sólo un selecto grupo de amigos que le adoraba en la intimidad y que escuchaba su obras con fervor. Un hombre portando un féretro presagiando tal vez su propio fin tan solo un año después tras una larga enfermedad…”

Más allá de las luces y los éxitos pasajeros, está nuestro ser más íntimo, a quien no puedes engañar, con quien conversas y recorres el camino de la vida. Como a Schubert, no hay mayor gloria que transitar ese viaje sin esperar el éxito y la recompensa. Cada vida es una e intransferible. Y es que la vida es siempre un eterno presente, disfrutémosla, experimentémosla. Martin Luther King decía: “Si supiera que el mundo se acaba mañana, yo, hoy todavía, plantaría un árbol”.

Amigos, si supiera que mañana se acaba el mundo, yo, hoy todavía, seguiría luchando por sentirme vivo haciendo lo que más amo, tocar el piano. El resto, vendrá por añadidura. Como me dijo la amable señora del puesto de flores a la entrada del cementerio: “Camina, estás muy cerca. Disfruta del camino…”. Qué importa lo que vendrá, vivo lo que tengo en este momento y este momento es camino. Con ello, es más que suficiente.

Héctor Plácido.

 

 

 

 

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