La cueva de los sueños por Héctor Plácido

La cueva de los sueños por Héctor Plácido

No era una cueva cualquiera. Era un lugar al que fui de excursión con los compañeros de escuela cuando era niño. Aquella cueva sin duda dejaría en mí una profunda huella, ya que volví por segunda vez apenas hace 2 meses y una fuerte energía me sacudió por dentro. ¡Cuánta belleza ante mis ojos! Y todas esas construcciones, ensayos de figuras y demás objetos, que quiera ver la imaginación humana en ellos, fueron creados “gota a gota”, con infinita paciencia y abnegación. La cueva de los sueños es las “Coves del Canelobre” de Busot, (Alicante).

La cueva de los sueños por Héctor Plácido

Pensar en las “Coves del Canelobre” es pensar en luz. Qué contrariedad, ¿verdad? Un lugar que se adentra en las profundidades de la tierra y sus misterios y en el que la luz es artificial y colocada por el hombre. Un sitio para soñar, imaginar y dar rienda suelta a la creatividad viendo en esas extrañas construcciones una suerte de rostros, animales y siluetas humanas. Sin embargo un candelabro, que se erige con solemnidad desde las simas y da nombre simbólico a las cuevas, ha sido realmente trascendente para mí. No se trata de una mera construcción fruto del azar y el capricho de la naturaleza, es mucho más. Es todo un emblema de lo que experimenté el pasado 25 de febrero de 2017 allí.

No fue un día cualquiera. Fue un día tan esperado y preparado como una boda, un bautizo. Fue un día lleno de emociones, también de nervios y de muchas más esperanzas. Allí presenté por primera vez mi espectáculo “Álbum de un viajero”. Un recital de piano donde, siendo tan difícil escoger entre mis más preciadas páginas pianísticas, realicé un recorrido por aquellas que tuvieran una relación muy cercana con mis más íntimos sentimientos. Páginas de Chopin, Beethoven, Schubert, Liszt e incluso mis propias composiciones salieron de mis dedos aquella noche para convertirse en música que envolvió a los asistentes.
Imaginad el escenario: un gran piano de cola en el centro, unas hermosas flores amarillas a su lado y cientos de sillas por doquier. Esas flores, que guardo aún a mi lado mientras escribo estas líneas en el ordenador, me recuerdan el valor de la amistad y el cariño sincero de quienes hicieron posible aquel acontecimiento. Todos y cada uno de ellos ocupan un lugar privilegiado en mi corazón.

Anuncios

Cientos de amigos y desconocidos aguardaban en la entrada, impacientes, expectantes y emocionados, como quien sabe que será testigo de un mágico espectáculo, el comienzo del evento. Y es, que así, he soñado desde niño mis conciertos. Una suerte de encuentros a modo de peregrinaje donde la música sea el vehículo para conectar con lo trascendente que hay en cada uno de nosotros y nos una. El piano, y nunca mejor dicho, es el instrumento que utilizo para ello.

Anuncios

Unos metros más abajo del hall principal donde toqué, me encontraba aguardando el momento de salir. Una pequeña “puerta” natural daba entrada a mano izquierda a unas escalinatas de madera, húmedas, donde a izquierda y derecha se asomaban diferentes y variados diamantes de roca y agua. Siguiendo la escalinata y a mano derecham me encontré con el siguiente nivel de las cuevas. Otro emplazamiento, muchísimo más pequeño que el de arriba, que utilicé para dejar mis cosas e improvisar una especie de camerino y lugar de espera para concentrarme previamente al concierto. Desde allí escuchaba la entrada del público, sus murmullos y corrillos a la vez que sus improvisadas excursiones por la cueva.

Anuncios

Oía los choques de las copas con el que brindaban con vino y mi cabeza imaginaba decenas de escenas similares desde las profundidades de la cueva. Desde allí emergía el famoso candelabro que da nombre al lugar y fue a él a quien recité una peculiar oración previa a los conciertos. Ese día cobró más sentido que nunca porque esas palabras, en primer lugar, estaban cargadas de gratitud por sentir el milagro de estar vivo y poder compartir mis sentimientos al piano con los demás; por estar rodeado de belleza por doquier; cercado de decenas de buenos amigos y familia y de mi pareja y compañera de viaje, quien cree en mí y logra mantener el candelabro de mis sueños encendido día a día.

Anuncios

Candelabro al que le pedí que simbólicamente me diera fuerzas, inspiración y lograra encender el corazón de aquellos a los que ese día ofrecí mi música. Candelabro que me mostró que, aún pudiendo estar el hombre en ocasiones bajo el influjo de la oscuridad, siempre brillará en su interior el anhelo de perseguir sus sueños, de no desfallecer jamás, de no sucumbir ante la adversidad en este mundo lleno de intereses, engaños y farsantes. Candelabro que me susurró al oído que nadie puede ni debe recorrer el camino que tu peculiar destino ha elegido para ti, nadie más que tú.

Sin mediar palabra me senté al piano y comencé tocando mi adorado “Andante Spianatto” de Chopin. Fue realmente emocionante (ya lo había imaginado antes) comprobar cómo se fundían con la acústica de la cueva los primeros arpegios de la mano izquierda y que eran perfectos para dar comienzo a aquella velada y entrar en otro estado de conciencia. Un silencio sepulcral reinaba bajo aquella bóveda. Cientos de ojillos vidriosos pendientes de mis palabras y gestos. Cientos de corazones que soñaban junto a mí a la luz del candelabro… El peregrinaje había empezado.

Anuncios

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: