Dentro de la llamada estética realista, el inmenso caudal de la obra galdosiana se alza como una de las cimas de la narrativa en español. Galdós puso su vocación literaria y un talento inusitado al servicio de una época que parecía requerir notarios de la realidad. Su producción, sin embargo, no solo revela a un conscpicuo observador de cuanto existe y sucede, sino a un escritor progresista y comprometido, social y políticamente. Nacido en Las Palmas de Gran Canaria, a los veinte años se instaló ya en la que sería su ciudad literaria, Madrid, para estudiar derecho. Poco después, fruto de varios viajes a París, leyó con provecho a los novelistas franceses con especial devoción por Balzac. Aunque colaboró en varios periódicos y fue miembro de la Academia de la Lengua, se consagró a la literatura como un verdadero escritor-profesional, tarea que durante cuatro años compaginó con la política, como diputado del partido de Sagasta. Tras una década, los ochenta, de creación febril e ingente, a partir de 1898 volvió a renovar su interés por la política, ahora cerca de los republicanos. Los últimos años de la vida de Galdós fueron en verdad difíciles: tuvo problemas económicos, perdió la vista y sufrió críticas injustas y desmedidas sobre el control de su obra.

Frente a otros compañeros de escuela como Leopoldo Alas Clarín, Juan Valera y Emilia Pardo Bazán, el realismo de Galdós concentra todos los elementos que enriquecen y definen el género: introspección psicológica, documentalismo, creación de ambientes, observación minuciosa de la realidad cotidiana y un estilo espontáneo no exento de ironía. Desde su primera novela, La fontana de oro (1870), desarrolló además un vivísimo interés por el lenguaje, por la reproducción de los géneros y expresiones coloquiales. Así, en títulos como Torquemada plasmaría la evolución del habla de un usurero a medida que va a ascendiendo en la escala social.

La clasificación de las obras de Galdós la determinó tardíamente el propio escritor: episodios nacionales, primeras novelas y novelas españolas contemporáneas.  El primer grupo integra uno de los conjuntos narrativos más ambiciosos de la época, por cuanto tratan de componer la historia novelada de buena parte del siglo XIX: de la batalla de Trafalgar en 1805 hasta la Restauración Borbónica de 1875. Configuran los episodios un total de 46 novelas de extensión mediana, divididas en cinco series. Profundamente documentadas, como es costumbre en su autor, las diferentes narraciones combinan los personajes de ficción con figuras históricas; sucesos políticos y militares con hechos cotidianos y del ámbito privado. Frente a los modelos ya periclitados de novela histórica, los episodios nacionales incorporaban como novedad una narración ágil, un estilo vivo que logra recrear, con un acento personal, capítulos del pasado reciente, no solo en la descripción de los combates sino en la propia vida doméstica de los soldados.

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Las llamadas primeras novelas se aproximan a la tesis. Al objeto de defender una ideología determinada, Galdós construye modelos tipo que se acomoden a la realidad que quiere denunciar, basada en el fanatismo y la intolerancia política y religiosa. Obras como Doña perfecta (1876) y Gloria (1877) dibujan, personajes de mentalidad tradicionalista y en exceso maniqueos, que a menudo convierten el conflicto en una oposición entre buenos y malos.

Será el grupo de novelas españolas contemporáneas, como su autor las dio en llamar, el que acabe integrando los títulos señeros de Galdós. Al dar por acabada la etapa de las obras de tesis, se dispuso a encerrar el conjunto de la realidad española que le circundaba. El conjunto lo formará un total de 24 novelas, publicadas desde 1881, que radiografía un universo complejo y contradictorio, el de un Madrid habitado por seres dispares. Los personajes ya no serán tipos, sino estudios individualizados del comportamiento y el obrar humanos. La creación de ambientes, la pintura de una época y de sus contradicciones e hipocresías urbanas, religiosas y políticas permite de este modo un análisis detallado no solo de cierta psique colectiva, sino de un tiempo y un espacio caracterizados por un verdadero geógrafo de ficción. Por Galdós desfilan las tertulias de café, las calles, los comercios, los hospicios, los barrios pobres, las grandes casas…

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Aplaudida como una de sus obras maestras, las más de mil páginas de este retablo amplísimo y colosal tienen por protagonistas a dos mujeres que encarnan las dos caras del Madrid de la época, la rica y la pobre. Jacinta representa la esposa abnegada y virtuosa, ejemplo de una clase media vanidosa y pasiva; Fortunata, en cambio, mujer de clase baja, se revela natural, espontánea y apasionada. El conflicto mayor se llama Juanito Santa Cruz, burgués, egocéntrico y despreocupado, que resulta ser el marido de Jacinta y el amante de Fortunata.

(Breve historia del leer. Charles Van Doren. Ariel, 2009)

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