La historia de la vida de Austin Tappan Wright es en sí misma una novela de fantasía. Nació en 1883, en Nuevo Hampshire y allí, cuando todavía era un niño, comenzó a crear su propio país imaginario, Islandia, que ocupaba la parte meridional del subcontinente de Karain, que se encuentra en el Hemisferio Sur. Para cuando murió Wright, en un accidente de tráfico, en 1931, había un manuscrito de 2.300 páginas y letra apretada que incluía un prolongado discurso sobre la geografía y la geología de este país que nunca existió y un relato de 135.000 palabras sobre la historia de sus comienzos imaginarios en el siglo IX. Todos los miembros de la familia de Austin conocían la existencia de Islandia casi desde que nacieron pero tuvieron que pasar unos once años desde la muerte de Austin antes de que su novela Islandia se publicara. Apareció en 1942, muy reducida y corregida respecto al enorme manuscrito original por parte de uno de sus hijos. Inmediatamente atrajo a un número de seguidores pequeño pero creciente, hasta que, durante los años sesenta, se convirtió en una de las grandes novelas underground del siglo XX. Y así tenía ser, puesto que Islandia es una obra maestra; menor, pero obra maestra.

Geográficamente, Islandia no es un país muy extenso y está escasamente poblado por tres millones de habitantes que viven en su mayor parte en granjas y pueblos muy pequeños. Hay un solo pueblo grande llamado “la ciudad”. Los islandianos son avanzados en aspectos aspectos; por ejemplo, son excelentes constructores: sus casas y edificios públicos no solo son hermosos sino que además están construidos para durar siglos, no décadas. Sus tejidos son exquisitos, suaves y resistentes y de colores sutiles. Tienen médicos excelentes y prácticamente no se dan entre ellos las enfermedades mentales. En otros aspectos son muy atrasados: no les gusta mucho la vida urbana y no tienen trenes, aviones ni automóviles, ni tampoco bancos ni tarjetas de crédito, ni periódicos, revistas, radio, televisión, cine, ni instrumentos musicales o juegos electrónicos, ni ordenador, ni formas de arte muy refinadas. El arte de Islandia es el mismo vivir. Todos los islandianos son artistas de la vida y prestan mucha atención a cómo viven y para qué. Y lo peor de todo es que se han negado a aceptar la civilización occidental y a unirse al mundo moderno. Desean ser lo que siempre han sido, es decir, felices, y lucharán hasta la muerte para seguir siéndolo.

El héroe de esta extraordinaria y tal vez única fantasía utópica es John Lang, miembro de la promoción de 1905 de Harvard. Durante su primer año en la universidad, Lang conoce a cierto Dorn, con el que entabla amistad. Es uno de los pocos islandianos residentes en Estados Unidos, que ha sido enviado a Harvard para estudiar el mundo occidental que tanto se está esforzando por absorber Islandia y explorar su vasta riqueza mineral. Lang aprende islandiano, lo que le ayuda a obtener el puesto de cónsul estadounidense en Islandia; pero todavía es más importante la presión ejercida sobre el Departamento de Estado por parte de su tío, un empresario de Nueva York muy influyente que quiere abrir Islandia. Lang emprende el largo y difícil viaje oceánico hacia Islandia y trata de ser un buen cónsul, lo que significa, sobre todo, subvertir el país que es su generoso y acogedor anfitrión. Pero desde el principio Lang tiene sentimientos encontrados, en gran parte debido a su amistad con Dorn y al final el cónsul de Estados Unidos acaba absorbido por Islandia y todo lo que esta representa de rebelión contra el mundo que todos conocemos tan bien.

Si el lector tiene una opinión claramente positiva sobre cómo va el mundo; si no se imagina viviendo en una granja y rodeado de un silencio que durante los primeros meses casi hace enloquecer a Lang; si cree que sería una auténtica locura volver a montar a caballo en lugar de sentarse frente al volante del coche; si piensa que no sería capaz de resistir una noche y no digamos un mes o un año o diez años, sin entretenerse con algún milagro de la electrónica; pero sobre todo, si no está dispuesto a plantearse la gran pregunta sobre si debería vivir de la manera en que vive,  y en caso de concluir que no, reflexionar sobre cómo debería vivir… Si todas estas suposiciones son ciertas, no le recomiendo que lea Islandia. Pero si no lo son, o si alguna de ellas no lo son, puede decirse que el lector es ya un poquito islandiano y sin duda le gustará Islandia.

Austin Tappan Wright era un hombre encantador y divertido. Le encantaban los juegos de palabras. También adoraba a su esposa. Era un aficionado de las letras: un abogado y profesor de derecho que escribió un solo libro y lo hizo únicamente por su propio placer y diversión. Pero en Islandia todos los artistas son aficionados y ninguna obra de arte se vende. Esta es otra de las cosas a las que habrá de acostumbrarse el lector cuando viaje allí.

(Breve historia del leer. Charles Van Doren. Ariel, 2009)