Y entonces esta frase empezó a cobrar mucho sentido, cuando dejé atrás todo lo que conocía, mi realidad, mi tierra, mi gente. Cuando sales de tu País, a empezar una nueva vida, llevas una maleta a cuestas. Una mochila llena de ilusiones  y un montón de sueños por cumplir.

No es difícil encontrar la primera pared para chocar de frente y sin aviso, que te hace despertar de esta vida de “ensueño” que imaginabas, justo cuando te golpeas con la realidad de que tú país, no era tan diferente a  los demás. Y es que cuando uno sale de Venezuela, o de su país de origen, desconoce por completo la situación real del lugar que te da la bienvenida. El choque de una realidad a otra es muy fuerte. Y doy fe de que afecta cada día, cada momento de la semana y durante cada respiro.

“…Se hace camino al andar” por Fabiola Maldonado Mastrojeni

En ese recorrido que apenas empiezas, van pasando los meses y aún no entiendes bien lo que ha ocurrido; aún te sientes en casa y hablas como siempre; la gente te mira raro… Pero es que los venezolanos somos así un poco “dicharacheros”… Nos reímos de nuestras propias desgracias, porque ya es suficiente con los que se quejan en el resto del mundo por cosas que no valen la pena.

Cuando sales, valoras cada cosa, cada detalle, cada cielo azul, cada atardecer; valoras locamente el agua, la luz, la comida, pero sobre todo ese colchón para descansar y seguir con la faena del siguiente día. Que difícil se hace no poder tomar el coche y en menos de 30 minutos estar en Macuto (una playa venezolana), disfrutando de un día de sol y arena.

Y es que no puedo dejar pasar la realidad de las “cuatro estaciones”, compatriotas son complicadísimas, para no decir que son jodidí… Y es que no sólo va que en invierno debes ir bien abrigado; no, es que cada temporada del año tiene un color distinto para vestir. Si es invierno no puedes ir por la plaza con un chándal de flores, si es invierno debes ir de colores oscuros, para evitar el frío (usar blanco ni se te ocurra, podría usted morir de hipotermia).

La primavera aún no la entiendo; el frío es muchísimo, parece un alargado de invierno; pero de pronto llega el verano, sí el verano… (que acá en Galicia dura unos quince días, para no decir que solo son dos y eso si tiene usted suerte). El otoño debo decir que me ha sorprendido, por sus particulares colores, sus rojos en los árboles, sus amarillos en las hojas  y el peculiar sonido de las mismas al pisarlas cuando caen al suelo.

Desde niña quise conocer la nieve, ahora solo quisiera tomarme un “raspaito” (helado de hielo, típico de Venezuela) en alguna caminata. Y es que no va del frío o del calor, va de que muchos no logramos encajar en algunas culturas; quizá por ser tan peculiarmente “engreídos”, o por ser demasiados cercanos, no lo sé.

Por ello la célebre frase de Antonio Machado, “Caminante no hay camino, se hace camino al andar…”, y aunque no regrese por el mismo sendero por el que pasé aquella vez, pues  a veces está bien caer, tropezar  y volver a empezar. El que no salió, jamás supo lo que se sufrió… Que seguiremos caminando, no por el mismo camino, pero nos sacudimos las rodillas y continuamos, a ver que nos depara nuestro destino, o nuestro propio andar.

Este caminante no se cansó de caminar, sólo se agotó de hacer siempre lo mismo, pues jamás iba a encontrar un sendero diferente; este caminante agradeció a cada país que le tendió la mano; que hicieron un gran espacio en su corazón. Agradece a aquellos ángeles que Dios le puso en su andar, para levantarse de la caída. A aquellos rincones que me vieron llorar, no solo de tristeza, sino de alegría, y es que a veces no es tan malo llorar, “sobre todo si encuentras salida”.

El caminante seguirá su sendero, buscando donde regar sus plantas de sueños y ver crecer sus éxitos. Cosechará en el camino sus mayores alegrías, y desechará las penas que le hicieron alejarse de aquella vida.

“…Se hace camino al andar” por Fabiola Maldonado Mastrojeni
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Editado en Alicante por Eva María Galán Sempere
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