Miré hacia atrás por un segundo y vi pasar toda mi vida. El tiempo se congeló y los latidos de mi corazón se aceleraron como el motor de un coche en marcha. Miré hacia atrás, con miedo, pero lo hice. Mi cuerpo estaba estático; no pude caminar entre aquellos escombros que lastimaban mis pies. Descubrí que solo veía a blanco y negro, pues los colores habían desaparecido de mi entorno.

Caminar entre los escombros del pasado por Fabiola Maldonado

Miré hacia atrás, mientras me dolía el pecho… abrí bien los ojos para ver si podía salir de aquel rincón en ruinas, pero no lograba ver más allá. Pude ponerme de pié, me aferré a lo que parecía ser un trozo de madera podrida. Me sujeté y empecé a andar, entre aquel camino escabroso.

La soledad me embargaba en cada paso que daba. El ensordecedor ruido del silencio me dejaba sorda, y mis pies descalzos se llenaban de heridas con cada movimiento. Me sujeté bien a aquel trozo de madera. Mi compañero de camino… El tiempo no corría. No había calendario ni reloj… solo éramos mi trozo de madera y yo.

Emprendí camino. Mirando atrás, seguía mi recorrido incierto. No me explicaba cómo estaba ahí. Entre penumbras me pregunté ¿cómo había llegado hasta ahí? No encontré respuesta en ese momento. Mi trozo de madera podrida seguía conmigo, firme. Me servía de apoyo y de guía. Cuando me cansaba, y dolían las heridas de mis pies me sentaba sobre mi madera.

Aquel lugar en ruinas era desconocido para mí. A lo lejos escuchaba el silbido del viento y mis  pasos sobre los escombros del pasado. Un pasado que dolía, pero que debía dejar. Con calma y sin prisa, seguí mi camino. Las paredes de aquel lugar se venían sobre mí como si de un terremoto se tratara. El suelo se movía y el miedo volvía a embargar mi cuerpo.

Mi trozo de manera se mantenía firme. Iba de mi lado. Caminando a mí paso. Me apoyé en él cada tanto. No sé cuánto tiempo pasé entre aquellos escombros, pero aquel trozo de madera me cubrió de las intensas lluvias, del crudo frío, y me protegió de las fuertes ráfagas de sol que quemaban mi piel.

Caminé mucho tiempo. Mientras mi cuerpo se desmayaba, me aferraba más a aquel trozo de madera. Confiaba en él. Como confía un hijo en su padre. Las heridas de mis pies se hacían más intensas, y aquello parecía un callejón sin salida…

Pero a lo lejos divisé una pequeña casa. Parecía que sobre ella no había pasado huracán alguno, ni lluvias, ni terremoto. Mi corazón se aceleró y corrí junto a mi trozo de madera. La puerta rechinó al abrirla y sin miedo entré en el acogedor lugar. Estaba la chimenea encendida. Reconocía ese lugar. No sé si había estado ahí en sueños o de niña.

Había unos hermosos sillones rosa, en los que me senté a descansar. No había nadie en esa casa. Solo estaba yo y mi trozo de madera. Mientras curaba mis heridas recordé que en aquella casa había vivido de niña. Subí por las escaleras y busqué mi bien más preciado, mi madre… pero no estaba.

En aquella majestuosa casa se escuchaban risas y niños jugando. Miré atrás y me encontré… Esa era yo. Aquella niña que reía. Sentada sobre las piernas de mi padre jugando. Me asusté, pero seguí mirando. Detallé el rostro de ese hombre que tenía tanto tiempo sin ver. Se reía y no parecía ser un monstruo.

Me senté sobre el trozo de madera, mientras observaba esa escena durante un rato… ¿cómo había llegado hasta allí? No podía explicar todo aquello. Escuché más risas. Me puse de pié y miré atrás con recelo, y te vi… Eras tú papá…

Corrí hacia ti, pero caí en la inmensidad de un bosque… Volvía el color a mi vista. Me deslumbre entre aquel prado con árboles inmensos, donde se escuchaban el cantar de los pájaros y el golpeteo de algún pájaro carpintero. Caminé por mucho tiempo buscando ese abrazo que no pude darte.

Pero entre aquella inmensidad, vi a lo lejos una flor de primavera, la más bella que había visto jamás. Deslumbraba. Bailaba al ritmo del viento. No era un girasol ni una rosa. Aquella flor de pétalos rosados era diferente a todas… era perfecta, era mi regalo por haber logrado salir de lo que en algún momento pensé era un laberinto sin salida.

Solté mi tronco de madera, y me aferré a aquella flor brillante que me daba la bienvenida con la música de violines a ese lugar de resplandeciente luz. Solté mi trozo de madera podrido y seguí mi camino entre un pasto suave y fresco. Caminé de la mano de aquella maravillosa flor y solo entonces comprendí que me acompañaste en los momentos más duros de mi vida. Por eso cuando te fuiste me dejaste esta mágica flor, para no dejarme sola en el camino…

Si hubiera sabido todo lo que íbamos a superar juntos, jamás te hubiera abandonado entre la inmensidad de aquel bosque. Pero lo hice. Justo ahí, entre inmensos árboles y la luz que me dejaba ciega, solté mi tr

ozo de madera. Mi soporte… Te solté a ti papá. Si hubiera sospechado que ese trozo de madera eras tú, seguiría jugando sobre tus piernas.

Pero te solté… tuve que caminar entre escombros para comprenderte. Me tocó tener heridas en mis pies, para saber aceptarte. Nunca fuiste un monstruo. Siempre fuiste mi bastón, mi sostén. Ese trozo de madera que me dio firmeza para seguir adelante.

Dejé de mirar atrás, pues el mundo empezaba a girar y el tiempo comenzaba a correr… pero ahora entiendo todo… gracias por la flor. Ese regalo maravilloso que me dejaste, mi bien más preciado. Me abrigo todos los días en ella y la sostengo cuando es necesario. Gracias por la flor. El brillo de ella no la he encontrado en ninguna otra de su naturaleza.

Si hubiera tenido un minuto más a tu lado… te abrazaría papá.

En memoria del cumpleaños de mi padre Francisco Maldonado.

Fabiola Maldonado

Caminar entre los escombros del pasado por Fabiola Maldonado
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Editado en Alicante por Eva María Galán Sempere
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