Aquel día parecía ser como cualquier otro. El sol se reflejaba entre los cristales de los edificios. Eran las 9 de la mañana y la gente salía de sus casas camino al trabajo. Los niños iban a sus escuelas; y ahí estaba yo, justo en el medio de toda la algarabía de la ciudad. Me encontraba rodeado de aquel mundo que se me venía encima. Ese día de junio perdí la esperanza. Dejé de soñar. Me sumergí en una tristeza infinita, de la que no quería salir.

Y perdí la esperanza… por Fabiola Maldonado

El reloj seguía girando, pero yo seguía en mi interior. Mientras todos continuaban con sus vidas, mi mundo se paralizó. Sentí que pasaron años, pero quizá solo fueron unos pocos minutos. Ese día de junio el despertador me avisaba que era momento de marcharme para el trabajo; sin embargo me llamaste cuando bajaba por las escaleras del edificio, y con tu voz ronca dijiste “ayer fue tu último día de trabajo, no me vales más”.

Me costó tiempo procesar aquellas palabras que retumbaron en mi cabeza, como tambores. Después de haber luchado tanto para salir de mi tierra; dejando mi familia atrás… luego de dos años de empeño, rectitud, puntualidad y trabajo duro, me llamaba para despedirme de mi único sustento. No me quitó el empleo, me robó mis sueños, mis fuerzas y la esperanza; tan necesaria para seguir adelante en el mundo del emigrante.

Aún tenía el móvil en mi oído, cuando escuché un sonido sordo, que dio fin a su llamada. Caminé sin rumbo fijo. Y mientras el sol brillaba, y la ciudad seguía más viva que nunca, mi corazón se hacía añicos. No busqué razones, ni pedí explicaciones. Había trabajado duro, sin vacaciones y con un salario injusto por 24 meses. Tenía la esperanza de traer a mi esposa e hijos, para ofrecerles una mejor vida… pero ya no tenía nada para brindarles.

El tiempo corría sin piedad. Y aún no daba crédito de lo que me había dicho Daniel, mi jefe. No quise juzgarlo, pero me hubiera gustado pedirle una explicación por aquel despido injusto de ese día de junio. Llegué a la plaza más grande del pueblo. Recuerdo más de una vez haber llamado a mi mujer desde una banca de ese lugar… me perdía en su hermosa sonrisa, y sentía que podía acariciar su dulce rostro a través de la dura pantalla de mi móvil.

Grandes árboles rodeaban la plaza. Con los ojos llenos de lágrimas y derrotado, me senté en una de las bancas… reconocí lo incómodas que eran. Ese día descubrí que el mundo no era como yo pensaba. Recordé los grandes momentos vividos en mi país, Venezuela. Aquella hermosa tierra, de grandes colores. De diferentes sabores. De parranda y música. De alegría y trabajo honrado. Se me apretó el pecho de ver como moría en la orilla.

Muchas cosas pasaron por mi mente en ese momento. ¿Debo regresar a Venezuela?, me pregunté. ¿Tomar los ahorros que tenía, para comprar un vuelo a mi país sin retorno al primer mundo? Mi esperanza volaba por los aires, como una pluma blanca que se deja llevar por el viento primaveral. Me permití llorar. Mientras las personas me miraban, dejé que las lágrimas brotaran por mis ojos cansados. No tenía nada que perder.

No recuerdo el tiempo que pasé ahí, pero fue lo suficiente para sentir como se destruía mi mundo. ¿Cómo le diría a mí chica, que nuestros sueños se habían truncado? Tantos planes que teníamos para hacer cuando llegaras junto a los niños. Lo primero, sin duda, hubiera sido llevarlos al pediatra, pues están muy delgados y nos preocupaba mucho su salud. También había buscado una escuela bonita y cerca de la habitación que tenía alquilada en Pontevedra.

No sería capaz de llamarle para darle tan triste noticia. ¿Habría hecho algo mal en mi trabajo? Buscaba cualquier motivo para que Daniel hubiera pronunciado aquellas palabras sacadas de una película de terror… Las palomas volaban a mí alrededor. Me sentía conforme. Empezaba a aceptar mi retorno a Venezuela. Mi mente no paraba; fui creando estrategias para verle el lado positivo a volver al mismo punto de partida.

¿Es que no soy válido? ¿Mi nacionalidad me hace incapaz? Esas preguntas rondaron horas en mi cabeza. Sonaban como una música fúnebre. Me sentí derrotado. Me levanté de aquel banco duro, de cemento, tan incómodo como el mismo suelo. Me sacudí un poco las piernas y sequé mis lágrimas. “Ya está bien de lamentos”, me dije. Caminé sin ganas hasta mi habitación, triste y desolada, de una cama estrecha, blanca como la de un hospital. Me tumbé y me perdí entre las sábanas sucias del lugar.

Para mí, ese día de junio, era el solsticio de verano, pues se me hacía eterno. El reloj parecía que estaba frenado. Y mientras miraba al techo…llamaron a mi puerta. Frente a mí, estaba la Señora Carmen, la dueña de la habitación donde dormía. Claro, como para completar, me recordaba que estábamos a inicios del mes, venía a asegurarse que haría el pago del alquiler. Es que aquello parecía una película de terror. “No se preocupe señora Carmen, mañana le pago”, le dije, mientras cerraba la puerta con desdén.

¿Qué más me podía pasar aquel día de junio?

Por supuesto, supongo que lo han acertado… sonó mi móvil, y tras la pantalla vi los grandes ojos de mi hija más pequeña, Valeria, de cabellos rubios y largos, de mirada valiente, tan delgada como un pequeño bambú, me saludó con su típico “hola papito”. Su sonrisa me alegró aquel momento. No pronuncié palabra alguna, cuando vi a mi esposa… La mujer más hermosa. La que veía solo en mis sueños. Ahí estaba para preguntarme ¿cómo había ido mi día?

Le miré perdido. Suspiré… dos años suenan cortos, pero son muy duros cuando te alejas de las personas que más amas. Su rostro triste, delgado y demacrado me preocupó. ¿Te ha pasado algo mi amor?, me atreví a preguntarle. Abrió los ojos como lo haría una lechuza y me dijo “te extraño cariño, no tenemos agua desde hace meses. Cocinamos con agua de lluvia, como siempre. El techo de la casa tiene grandes goteras, pero siempre nos apañamos, pero ¿tú cómo estás?”, completó mi mujer con la frase que me partió el alma esa tarde.

Esquivé sus preguntas. No era momento de arruinarle su tarde de junio. Ese día la señal en Venezuela era muy buena, y me contó todo lo que habían hecho durante la semana. “Aunque la comida no se puede comprar, al menos hay algo en el mercado. Racionamos los alimentos, como siempre. Y ya sabes los vecinos, Eudis y Jenny, siempre me ayudan con los niños”… no tuve corazón para decirle que se rompían nuestros sueños como un puzle.

“No hay gas, pero hemos creado cocinas a leña, donde los vecinos cocinamos todos juntos. Aportamos algo para la sopa y al menos comemos completo una vez al día”… su sonrisa no se apagaba ni por un segundo. Mientras yo no podía evitar mirar sus brazos convertidos en huesos. Se despidió con un “no te preocupes por nosotros, estamos muy bien, ya falta menos para vernos, te quiero”. Lloré como un niño pequeño. Me envolví como un caracol, mientras mi cabeza corría por las calles de Venezuela para rescatarles y traerlos junto a mí.

Y cuando había perdido toda esperanza… escuché que la señora Carmen me llamaba. Salí de mi habitación, dando tumbos, mientras la oí decir, “querido, baja, quiero presentarte a un amigo mío que necesita a una persona de confianza para cuidar su finca”. Mi corazón latía con la fuerza de una tormenta, aquello tendría que ser una broma de mal gusto, pero Carmen continuó, “le he explicado a José que eres de mi entera confianza, hemos hablado del tema de tu familia y me ha dicho que te ayudará a traerlos lo más pronto posible”.

Me quedé sin palabras. Abracé a la señora Carmen tan fuerte que le crujieron sus huesos. Aquel día de junio en el que había perdido toda esperanza, se había convertido en el mejor de mi vida. El señor José me explicó que me quedaría encargado de cuidar su finca de ganado a las afueras, en un pueblo de Pontevedra. Y que ahí podría vivir sin problema junto a mi familia. Jamás olvidaré la mirada de mi esposa cuando la llamé por la noche…

Como si hubiera sido un presagio, horas antes, mi esposa se despidió de mí con un “falta menos para vernos”… Así fue. Cuánta falta nos hace una señora Carmen y un señor José, a quienes emigramos. Llegamos sin nada, pero con ganas de luchar y trabajar con fuerza y voluntad para sacar a los nuestros de la tortura que es vivir en un país en “guerra”. Una tierra de tiranos que se alegran del sufrimiento de la población.

Aquel día de junio, cuando pensé que lo había perdido todo… entendí aquel refrán que tanto había escuchado, “la esperanza es lo último que se pierde”.

Dedicado a todas las señoras Carmen y a todos los José, que no discriminan a nadie por su nacionalidad, por su raza o color de piel. Para todos los emigrantes, en pro de que no pierdan la esperanza. A quienes se ven perdidos por ser despedidos de sus empleos… para todos ellos. “Que nadie apague la llama de la esperanza que vive en ti”.

Fabiola Maldonado

 

Y perdí la esperanza… por Fabiola Maldonado
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Editado en Alicante por Eva María Galán Sempere
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