Mis padres no me enseñaron a volar. Siempre supe que era mejor caminar, ir despacio y con precaución. No nací con alas, pero sí con grandes ideas. Podía crear grandes cosas, de solo imaginarlas. Llegué a creer en mi potencial; debía ser precavida y hacer todo con calma y sin prisas, pues corría el riesgo de perderlo todo. Mi familia me enseñó a ser correcta, a medir mis ideas y a no soñar demasiado.

Aun así, mi mente creaba millones de cosas. Mientras comíamos, sentados a la mesa todos juntos, mi subconsciente corría por los hermosos jardines de alguna mansión. Mis ojos se perdían rápidamente entre los platos e imaginaba que llegaba hasta el Palacio Real. Podía ver mi reflejo, llevaba un hermoso vestido rosa, con un gran lazo banco que adornaba la espalda. Aquello era pesadísimo, pues llevaba un armador de metal que no me permitía caminar bien.

De la nada volvía a casa. Ahí estaba, entre cuatro paredes, miraba a mi padre mientras me decía que me terminara toda la comida. Yo veía el cubierto y volvía a aquel sueño, sacado de una película de princesas. “Deja de imaginarte cosas y come, vamos que tú no eres una princesa”, me dijo en ese momento mi hermana mayor, a quién le contaba mis experiencias.

No sabía volar, pero mi mente sabía crear mundos increíbles. Terminé mi comida, me levanté de la mesa y limpié el plato. Corrí hasta mi habitación, era pequeña y toda rosa, mi color favorito. Abrí mi armario y descubrí un vestido que sería perfecto para seguir soñando con el baile en el Palacio Real. Me vestí, me peiné y me miré al espejo, “soy una princesa”, pensé.

Aquella tarde bailé con el chico más guapo de la fiesta. Me había pedido una de mis zapatillas, para buscarme luego, cuando nos hiciéramos mayores y poder casarnos. Él era de cabellos rubios como el oro y de ojos tan azules como el cielo. Sonreí mientras me quitaba la zapatilla. Se la dejé y me alejé, pues se hacía tarde y debía volver a mis cuatro paredes.

-¿A qué juegas? – me preguntó mi hermana.

-Yo… – empecé, cuando me interrumpió.

-Ya sé, a las princesas… Mira deja de soñar, que no eres una princesa ni de alcantarillas, mírate al espejo, con ese cabello despeinado, y esos ojos marrones, ninguna princesa es tan fea.

Lloré amargamente, fui al cuarto de baño y me lavé la cara. Me miré de nuevo en el espejo y descubrí que mi hermana tenía razón, no existían princesas feas en los cuentos. Así que me quité el vestido que llevaba y lo eché a la basura. Dejé de soñar despierta. Ahora era una niña más. Mis ojos perdieron el brillo y mi corazón se hizo pequeñito.

No recuerdo cuánto tiempo pasó de aquel día, pero mi hermana ya se había casado y yo seguía viviendo con mis padres. Había estudiado para educar en una escuela del pueblo donde vivíamos, pues era suficiente para una jovencita como yo, como decía mi padre. Tenía mi cabello bastante largo, utilizaba gafas y vaqueros de todo tipo. Sonreía poco. No tenía novio, ni había bailado jamás.

Una tarde, mientras ayudaba a mi madre a preparar la comida, me perdí entre las ollas. Viajé como nunca. Sentí el viento golpearme el rostro. Andaba sin zapatillas, mis gafas se habían caído, pues sin darme cuenta había empezado a volar. No podía creer aquello. Traté de volver a la cocina, pero no sabía cómo hacerlo. Desconocía que podía volar. Nadie mi había dicho que se podía viajar entre las nubes, sin paracaídas, sin alas y mucho menos descalza.

Pensé que estaba soñando, pero de pronto me vi en el tejado de la casa de mi hermana. Me posé en su ventana, se miraba al espejo… tenía puesto ese vestido que años atrás yo había dejado tirado en la basura. Bailaba con los ojos cerrados y se perdía entre las paredes de su habitación. No me vio, pero me mantuve unos minutos ahí, hasta que bajé de su ventana y llamé a su puerta.

Minutos más tarde, estaba ella, de cabellos largos y rubios. Era una chica hermosa. ¿Qué haces? Le pregunté con cariño. Ya no llevaba puesto mi vestido. Tenía una bata azul, que parecía haber salido del cubo de la ropa sucia. Se veía triste, despeinada y maloliente. Vi como sus ojos se llenaron de lágrimas, y me abrazó.

Yo también quería ser una princesa – me dijo – pero papá siempre me dijo que yo solo podría ser ama de casa, que me dedicaría a ser madre, a criar de mis hijos y a cuidar de mi marido.

No entendía nada de lo que me decía, pero la escuché con atención. Se veía que no tenía con quién hablar. Estaba sola y comprendí que era un buen momento para acompañarla en su dolor. Nos sentamos en la entrada de su casa y mientras se secaba las lágrimas y tragaba grueso me dijo, “no dejes de soñar, vuela si quieres volar, que nadie te diga que no eres una princesa, porque lo eres y además, eres la más hermosa de todas”.

No podía creer lo que estaba escuchando. Me quedé paralizada. Y de pronto mi hermana se levantó, corrió escaleras arriba, y bajó con el vestido rosa que yo había dejado en la basura aquel día.

Yo no he podido ser madre, ni ser la ama de casa que papá quería que fuera, pero tú puedes ser la princesa que quieras. Siempre lo fuiste. Sueña en grande, como lo hacías de niña. No dejes pasar más el tiempo, pues luego te verás como yo, triste y decepcionada de mi reflejo – me dijo emocionada.

Bueno es que yo ahora soy maestra en la escuela y me dedico a los niños – le dije con calma.

Recuerdo tus historias, sabías volar ¿A qué esperas para hacerlo? – me entregó el vestido, me tomó de la mano y siguió – vuela ahora, vuela tan alto como puedas y busca tú felicidad.

La abracé tan fuerte como pude. Me despedí de ella y con el vestido rosa en mi mano, volé hasta las nubes. Bailé entre el viento, que dejaba una hermosa melodía al pasar por mi rostro. Llegué a casa. Entré sigilosamente, llené mi mochila de sueños y guardé la zapatilla que me quedaba de cuando había bailado en aquella fiesta en el Palacio Real. Miré a la puerta y vi a mi padre… “Te prohíbo…”

Y salí volando por la ventana. Ese día me quité las cadenas. Soñé en grande y volé sin paracaídas. Nadie me enseñó a volar, pero al rescatar a mi pequeña herida, por una infancia reprimida, no tuve miedo a tocar el cielo con mis dedos de inmortal. Y sí, ahí estaba, posada con mi hermoso vestido rosa, con la zapatilla en mi mano, esperando que iniciara el baile en el Palacio Real. Y entre la multitud te vi… no tuve ojos para otra persona más que para ti.

-¿Bailamos princesa? – me dijo al verme llegar con la zapatilla en la mano.

-Por favor – le respondí mientras le tomaba de la mano.

-Ya era hora…

Ese día volé tan alto como pude. Y me prometí que nadie volvería a cortarme las alas para seguir soñando. Así me enamoré y ahí empezó mi historia de amor. Jamás fui como las princesas de las películas, pero tuve un final de cuento de hadas. Cuando crees en la magia, te crecen alas para volar y ocurren cosas maravillosas. Aquí estoy, bailando con el hombre más guapo de la fiesta, quizá no sea perfecta para todo el mundo, pero soy la indicada para él.

Si se lo preguntan, no dejé de soñar ni de volar, porque comprendí que quien me quisiera, soñaría conmigo y me tomaría de su mano para volar juntos. Así que, aunque jamás me convertí en princesa, me casé con el hombre más guapo de la fiesta y ahora volamos juntos por el mundo, conociendo lugares mágicos, sonriendo, y creando nuevas aventuras.

Que nadie te diga que soñar es de tontos; los tontos son los que no saben soñar.

 

Fabiola Maldonado

Cuando volé sin paracaídas por Fabiola Maldonado Mastrojeni
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Editado en Alicante por Eva María Galán Sempere
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