Ana Ramos, escritora, artista y exploradora emocional, nos invita a mirar nuestra vida con nuevos ojos —o más bien, con nuevos colores— en su libro Una vida, 10 colores. En esta entrevista exclusiva para Alquibla, Ana desgrana el origen y sentido profundo de una obra íntima y transformadora que mezcla memorias, simbolismo cromático y ejercicios de introspección. A través de un viaje personal narrado con delicadeza, nos demuestra que cada emoción tiene un matiz, que el color puede ser brújula emocional, y que compartir vulnerabilidad, lejos de debilitarnos, puede ser una poderosa forma de conexión. Una conversación que respira arte, valentía y belleza.
¿Qué te llevó a escribir Una vida, 10 colores y cómo nació la idea del libro? Desde niña he sentido que los colores hablan un lenguaje propio—un idioma sin palabras, capaz de abrazarnos, empujarnos o sanarnos según el momento. Con el tiempo descubrí que no era solo una percepción estética: los colores podían convertirse en una brújula emocional. Quise compartir esa certeza y mostrar, de forma práctica, cómo cada tonalidad puede servirnos para comunicarnos, acompañarnos o incluso actuar como terapia cotidiana.
El punto de partida fue muy personal: revisé mi propia historia y me di cuenta de que algunos pasajes importantes estaban teñidos—casi literalmente—por un color dominante. El rojo intenso que marcó el nacimiento de mi hijo y me transformó, el verde sereno de una etapa de calma interior, el blanco profundo de un momento de duelo y aprendizaje… Así nació la estructura del libro: diez capítulos, cada uno dedicado a un color, donde relato una vivencia significativa y explico el simbolismo y la energía que esa tonalidad aporta.
Pero no quería que el libro se quedara solo en mi testimonio; mi verdadera intención era poner una herramienta en manos del lector. Por eso, después de cada relato incluyo ejercicios y preguntas-guía para que cada persona se pregunte: “¿Qué color describe mi propia historia en este instante? ¿Cómo puedo usarlo para expresarme, para sanar, para acompañar a otros?” En definitiva, la obra invita a mirar el pasado y el presente a través de un prisma cromático y descubrir el poder transformador que tienen los colores cuando los hacemos conscientes.
¿Cómo elegiste los diez colores que estructuran el libro? ¿Tienen un significado personal para ti? Elegí esos diez colores porque, al hacer memoria, descubrí que mis recuerdos no estaban ordenados por fechas sino por tonalidades: cada etapa vital tenía un matiz dominante que teñía la escena y mi estado de ánimo. Empecé a “revisitar” los álbumes mentales de mi vida y, sin quererlo, apareció una paleta coherente que cubría prácticamente todo el espectro cromático.
No son colores escogidos desde la teoría artística ni desde una guía de cromoterapia, sino desde la experiencia: son los pigmentos con los que la vida me fue pintando. Cada uno guarda una carga afectiva tan fuerte que se convirtió en una llave para abrir la puerta de un recuerdo muy concreto. Cuando reuní diez de esas llaves—ni una más ni una menos—sentí que tenía entre manos un arcoíris completo de emociones humanas: miedo, euforia, ternura, duelo, renacimiento…
Por eso digo que son colores universales, sí, pero filtrados por mi propia historia; y esa mezcla de intimidad y simbolismo es lo que, creo, conecta con el lector.
¿Qué representa para ti cada color y cómo lo relacionas con las distintas etapas de la vida?
| Color | Etapa de mi vida | Lo que simboliza hoy para mí |
| Azul | Accidente en la lancha, adolescencia | Calma en mitad del caos. Me recuerda que incluso cuando el horizonte se oscurece, puedo respirar hondo y sostenerme en la serenidad. |
| Naranja | Examen de ingreso en
Bellas Artes |
Entusiasmo y complicidad creativa. El chispazo que hace que los nervios se conviertan en energía positiva y nuevos vínculos. |
| Rosa | Infancia con hepatitis
y aislamiento familiar |
Vulnerabilidad y cuidado. El lado suave de la resiliencia: aprender a quererse cuando todo lo que quieres es un abrazo. |
| Marrón | Trabajo en un café‑jazz mientras estudiaba | Raíces y laboriosidad. El olor a café y a madera que me enseñó a ganarme cada pincelada de libertad. |
| Gris | Primer empleo en
informática |
Realismo y adaptación. El choque con la adultez que, aun siendo plomizo, me forjó herramientas para moverme en cualquier entorno.
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| Rojo | Parto complicado de
mi hijo Daniel |
Vida y fragilidad al límite. El rojo arterial que recuerda que cada comienzo implica atravesar el umbral del miedo. |
| Amarillo | Petición (y logro) de
aumento salarial |
Valentía y merecimiento. La luz que, cuando uno se planta, ilumina también a los demás para que hagan lo mismo. |
| Blanco | Fallecimiento de mi
madre |
Silencio y trascendencia. Un lienzo vacío que duele, pero donde empiezas a pintar una nueva relación con su ausencia. |
| Verde | Mudanza al pueblo y
contacto con la naturaleza |
Renacimiento y equilibrio. El color de la clorofila que me recuerda que crecer también es podar lo superfluo. |
| Negro | Pesadilla recurrente a
las 4:00 a.m. |
Inconsciente y transformación. La sombra que solo desaparece cuando la miro de frente y descifro su mensaje.
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En conjunto, estos colores son mi cronología emocional. Al compartirla, invito al lector a preguntarse: “¿Cuál es el color que ahora mismo domina mi vida y qué me está diciendo?”. La respuesta, a menudo, vale más que mil palabras.
¿Cuál fue el mayor reto a la hora de escribir este libro? El reto más grande fue desvestir los recuerdos sin quedarme desnuda. Quería que cada capítulo fuera honesto —contar el accidente de la lancha, el parto complicado, la muerte de mi madre—, pero sin convertir el libro en una catarsis privada. Tuve que encontrar ese punto exacto donde la anécdota personal deja de ser “mi historia” y se vuelve un espejo en el que cualquier lector pueda reconocerse. Además, ordenar la vida por colores implicó renunciar a la cronología clásica: a veces el corazón pedía rosa y la cabeza exigía verde. Convertir ese arcoíris disperso en un hilo narrativo coherente fue como hacer malabares con pinceles de distinto tamaño… ¡con las emociones todavía frescas!
¿Cómo es tu proceso creativo cuando escribes? ¿Eres de dejarte llevar o planificas cada parte? Uso un método mixto, mitad acuarela y mitad arquitectura.
Trazos sueltos (acuarela):
Empiezo con una inmersión sensorial: pongo música del color que quiero trabajar, enciendo una luz de ese tono y escribo a mano todo lo que me venga —recuerdos, olores, nombres— sin filtros ni puntuación.
Estructura (arquitectura):
Después paso al ordenador y construyo un esqueleto: qué idea abre el capítulo, dónde va el clímax, qué ejercicio invito a hacer al lector y con qué frase cierro.
Capas finales (veladuras):
Releo en voz alta, pulo la cadencia y mido la intensidad emocional —ni demasiado crudo ni demasiado neutro— para que el color siga vivo pero no deslumbre.
Con este sistema puedo dejarme llevar sin perderme y, a la vez, garantizar que cada capítulo avance con un propósito claro.
¿Qué estilo narrativo predomina en el libro y por qué elegiste esa forma de contar? Predomina un híbrido de memorias en primera persona y ensayo interactivo:
- Memorias porque necesitaba el pulso íntimo de contar “así me temblaban las manos cuando vi el agua tornarse negra”.
- Ensayo porque exploro el simbolismo de cada color —historia del pigmento, psicología, usos terapéuticos— para darle contexto al lector.
- Interactividad porque, al final de cada capítulo, detengo la narración y le hablo directamente al lector: “cierra los ojos, respira hondo y pregúntate: ¿qué matiz domina tu recuerdo más reciente?”.
Elegí esta mezcla porque el propósito del libro es acompañar. Si solo narrara mis vivencias, el lector sería un espectador; si solo expusiera teoría del color, se quedaría en lo intelectual. Uniendo ambas voces —la del relato y la de la invitación — convierto la lectura en un viaje compartido donde cada cual pinta su propia historia.
¿Qué papel juega la ilustración o el diseño visual en Una vida, 10 colores? Aunque el interior no presenta ilustraciones clásicas, la dirección de arte es la columna invisible que sostiene toda la experiencia de lectura:
- Cubierta‑collage: el prólogo visual
Reúno fotografías mías de distintas edades. De un vistazo, el lector ve cómo cada color “tiñe” mi historia y se predispone a mirar la suya.
- Palabras‑lienzo al inicio de cada capítulo
Antes de que aparezca la primera línea de texto, cada color se anuncia con una página completa ocupada solo por sus palabras clave: calma, pureza, infinito para el azul; ímpetu, creatividad, energía para el naranja… Ese “estallido tipográfico” funciona como un perfume: enriquece los sentidos y coloca al lector en la frecuencia emocional adecuada.
- Bloques de color puro y márgenes generosos
Tras la página de palabras, la primera hoja escrita arranca con un bloque sólido del color protagonista. A partir de ahí, dejo márgenes amplios y finales de capítulos amplios: son lienzos vacíos donde cada lector puede anotar, dibujar o pegar recortes de su propia vida cromática.
El diseño visual no busca ilustrar el contenido, sino prepararlo y prolongarlo. Primero despierta la intuición con palabras‑color, luego cede un espacio blanco para la creación personal y, finalmente, acompaña con pequeñas notas cromáticas que mantienen viva la atmósfera. El libro se convierte, así, en un marco interactivo donde la imaginación del lector es la auténtica obra de arte.
¿El libro está pensado como una lectura introspectiva? ¿Qué esperas que sienta el lector al recorrerlo? Absolutamente —Una vida, 10 colores es, ante todo, una linterna interior. Cada capítulo está diseñado para que el lector abra una puerta distinta de su memoria y vea qué tonalidad la ilumina por dentro. Por eso alterno relato, simbolismo y ejercicios: cuento mi historia para dar ejemplo, desgrano la psicología del color para ofrecer contexto y, enseguida, suelto el pincel metafórico en manos ajenas. Lo que espero que ocurra durante el viaje es una mezcla muy concreta de sensaciones:
Reconocimiento
Que, al leer mi accidente azul o mi parto rojo, el lector diga: “Yo también tengo un recuerdo que huele a ese color”. Ese eco inmediato crea empatía y abre la vía a la introspección sin sentirse solo.
Curiosidad lúdica
La página‑lienzo con palabras‑color y los márgenes amplios invitan a experimentar: tomar notas, garabatear, recortar revistas… Quiero que la reflexión se parezca más a jugar con témperas que a pasar un examen de conciencia.
Catarsis amable
Los colores oscuros (negro, gris) aparecen encuadrados entre matices luminosos para mostrar que la sombra no es final de trayecto, sino un túnel. La idea es que el lector sienta permiso para revolver en sus propias pesadillas… sabiendo que saldrá al otro lado.
Empoderamiento cromático
Cada ejercicio culmina con una propuesta artística sencilla; el mensaje subyacente es: “Tu historia tiene pigmento propio y tú puedes elegir cómo aplicarlo.” Espero que al cerrar el libro nazca la sensación de tener una caja de acuarelas interna, lista para repintar la vida cotidiana.
En síntesis, aspiro a que el lector termine con el corazón un poco más ventilado, la mirada afinada a los matices y la certeza de que su paleta personal es tan valiosa como la del pintor más célebre. Si logro eso, el viaje introspectivo habrá valido cada pincelada.
¿Crees que el color puede ser una herramienta para conocerse mejor? Sin ninguna duda. El color es una lupa —y, a la vez, un espejo— que nos permite observar emociones que a veces pasan desapercibidas detrás de las palabras.
- Los colores activan respuestas emocionales muy concretas
Estudios realizados demuestran que, en prácticamente todas las culturas, asociamos amarillo con alegría, rojo con excitación o peligro y negro con tristeza o miedo. Esa coherencia sugiere que el cerebro procesa la longitud
de onda cromática como un “atajo” para etiquetar sentimientos antes incluso de racionalizarlos.
- La terapia artística lo utiliza como vía directa al inconsciente
La arteterapia confirma que elegir intuitivamente un color, aplicarlo en un dibujo o una mancha, y luego reflexionar sobre lo creado mejora la regulación emocional y la comprensión de uno mismo. El color funciona
como puente entre la sensación difusa y la palabra precisa.
- Aplicado a la vida cotidiana, se convierte en una brújula introspectiva
Si notas que tu día “huele” a gris, puedes preguntarte: “¿Me siento apagada, sobrecargada, falta de contraste?”. Al identificar el color‑emoción, ya tienes una pista para ajustar tu entorno (luz, ropa, decoración) o tu
actitud (actividad física, música, conversación) y mover esa tonalidad hacia un punto más saludable.
Por todo ello, trabajar con el color no es un adorno estético; es un método rápido, amable y muy potente para escuchar lo que el cuerpo y la mente intentan contarnos. Ese convencimiento es la médula de Una vida, 10 colores y el motivo por el que invito al lector a pintar —literal o metafóricamente— sus propias experiencias.
¿Qué aprendizajes personales descubriste tú misma mientras escribías el libro?
- La vida no avanza en línea recta, sino en gradientes
Creía que mis recuerdos estaban separados por “capítulos” bien definidos, y al ordenarlos por colores vi que los límites eran mucho más fluidos: el rojo del parto se mezclaba con el rosa de la infancia protectora, el gris laboral tenía tintes verdes de esperanza. Comprendí que las etapas no se cierran con portazos; se difuminan como una acuarela y todas siguen dialogando entre sí.
- La sombra es una maestra exigente pero fiel
El capítulo negro —la pesadilla de las 4 a.m.— me obligó a detenerme y escuchar un miedo que llevaba años evitando. Descubrí que cuando uno le pone nombre (o color) al terror, este pierde nitidez y se convierte en
información útil. Hoy entiendo mis noches inquietas como alarmas creativas: me señalan algo que necesita ser atendido, no suprimido.
- La memoria es selectiva, pero el cuerpo recuerda el color exacto
Detalles que había olvidado (el olor a gasolina en la lancha, la luz anaranjada del pasillo de dirección) reaparecieron nítidos en cuanto me concentré en sus tonalidades. Aprendí que el cuerpo guarda el matiz incluso cuando la cronología se desvanece; invocar el color fue la llave para rescatar matices sensoriales y emocionales muy precisos.
- Compartir vulnerabilidad puede convertirse en servicio
Dudé en revelar el marrón de los turnos interminables en el café‑jazz o la crudeza del parto rojo. Pero, al hacerlo, recibí mensajes de lectores piloto que se sintieron legitimados para contar sus propias historias. Descubrí que la transparencia, bien cuidada, no es exhibicionismo: es un puente de empatía.
- La creatividad necesita límites para florecer
Pensaba que escribir un libro sobre colores exigiría libertad total. Sin embargo, al imponerme la regla de “diez colores, diez capítulos” mi imaginación se volvió más enfocada y expansiva. Aprendí que el marco no encorseta; orienta. Igual que en pintura, la elección deliberada de una paleta potencia la expresividad.
- El duelo puede transformarse en un tono nuevo
Al enfrentar el blanco de la muerte de mi madre descubrí algo inesperado: el blanco no era ausencia, era un lienzo aún húmedo. Ese vacío acabó fusionándose con el verde de mi nueva vida en el pueblo, creando un matiz
fresco que no existía antes. Comprendí que la pérdida no borra colores; los mezcla para producir otros insospechados.
En definitiva, el mayor aprendizaje fue que revisitar mi vida cromáticamente me permitió reescribir mi narrativa interior: pasé de ver algunos episodios como manchas aisladas a entenderlos como parte de un mismo cuadro, con luces, sombras y veladuras que se potencian mutuamente. Y ese cambio de perspectiva —ese gesto de coger distancia y admirar la composición entera— es lo que ahora deseo que experimente cada lector.
¿Qué tipo de lector crees que conectará más con esta obra? He descubierto que el libro dialoga especialmente bien con cuatro “tribus” —y, curiosamente, no están definidas por la edad ni la profesión, sino por la actitud con la que se acercan a la página:
- Exploradores interiores
Personas que disfrutan del diario, la meditación o cualquier práctica de autoconocimiento. Para ellas, cada color se convierte en una puerta nueva que abre un pasillo de preguntas propias. Suelen subrayar, escribir en los márgenes y terminar el capítulo con las manos manchadas de témpera… ¡y les encanta!
- Creativos de corazón (aunque no vivan del arte)
Diseñadores, docentes, cocineros o ingenieros que sienten que la imaginación les oxigena el día. Encuentran en el libro una paleta ampliada de recursos expresivos: usan los ejercicios de color para desbloquear proyectos, preparar clases o simplemente añadir chispa a la rutina.
- Acompañantes y cuidadores
Psicólogos, terapeutas, coachees, pero también madres, padres y amigos que sostienen a otros en procesos vitales complejos. La estructura relato‑símbolo‑propuesta les ofrece dinámicas sencillas para trabajar emociones sin que la charla se vuelva demasiado racional.
- Viajeros en transición
Quienes atraviesan un duelo, un cambio laboral, una mudanza o un “cruce de puentes” vital. El libro les sirve de espejo amable: ver cómo un accidente puede “pintarse” de azul o una pérdida volverse blanco les ayuda a nombrar lo que sienten y a intuir que después del negro siempre aparece un matiz nuevo.
Dicho esto, la sorpresa más bonita ha sido comprobar que hay lectores que jamás pensaron en el color como herramienta y aun así se dejan seducir. Basta con que tengan curiosidad y ganas de detenerse un momento ante el lienzo de su propia historia; el resto lo hace la tinta emocional que todos llevamos dentro.
¿Cómo defines la relación entre creatividad y escritura en tu vida? Para mí la creatividad es el pigmento en estado puro —esa sustancia vibrante que aparece cuando menos lo esperas, como un estallido de color sobre la paleta—, mientras que la escritura es el pincel que le da forma, trazo y dirección. Sin el pigmento, el pincel solo desplaza agua; sin el pincel, el pigmento se queda en un charco informe. Necesito ambas cosas latiendo al unísono.
La creatividad llega primero, a menudo en imágenes, olores o fragmentos de diálogo que asaltan mi mente cuando camino, cocino o escucho música. Es un torrente caótico, como abrir todos los tubos de pintura a la vez. La escritura interviene después, no para domesticar la locura creativa, sino para destilarla: pregunto “¿qué emoción subyace?”, “¿qué color la representa?”. Convertir el pigmento en palabras es mi forma de fijar la inspiración antes de que se evapore.
A la inversa, el acto de escribir genera más creatividad. Cuando redacto una escena rojiza, la memoria visual se activa y me regala nuevos matices: la textura de una sábana de hospital, el olor metálico de la sangre. Es un circuito cerrado que se retroilumina.
Elijo conscientemente una paleta limitada —en el libro, diez colores— porque el límite potencia la inventiva. Saber que “este capítulo debe vibrar en verde” me obliga a buscar sinónimos, metáforas y anécdotas que respiren clorofila. La estructura se convierte en combustible.
Mantengo un cuaderno bitonal: páginas blancas para ideas sueltas, páginas negras (escritas con bolígrafo metálico) para textos en marcha. Ese contraste físico me recuerda que la creatividad y la escritura son polos complementarios: luz y sombra, pregunta y respuesta.
La creatividad enciende la chispa y la escritura la convierte en fogata. Es una relación simbiótica, casi respiratoria: inhalo pigmentos de la vida cotidiana y exhalo palabras que, a su vez, pintan nuevas imágenes. Así mantengo el ciclo vital de mi oficio y de mi propia alegría.
¿Hay alguna historia dentro del libro que refleje especialmente tu propia experiencia vital? Si tuviera que elegir un solo capítulo‑espejo, sería el rojo: Es la hora.
Ese episodio concentra todos los hilos que me definen: la fuerza creativa que nace del caos, la vulnerabilidad que se transforma en valentía y el sentido profundo de “dar vida” —no solo biológicamente, sino también a proyectos, vínculos y versiones renovadas de mí misma.
Fue un parto complicado: la sensación muy real de que podía quedarme en el camino. En aquel momento entendí que el rojo no es solo peligro; es también el recordatorio visceral de que la vida late dentro de la fragilidad. Mientras las luces del monitor parpadeaban y el equipo médico corría, mi mente “vio” una ráfaga roja, intensa, casi cinematográfica. Ese color me ancló al presente; me hizo pensar: “Si este es mi último segundo, voy a entregarlo completo.” Fue un aprendizaje instantáneo sobre presencia y entrega.
Esa experiencia se convirtió en mi brújula: cada vez que un proyecto artístico, una mudanza o un duelo me asusta, recuerdo el rojo del paritorio y sé que, detrás del pánico, hay un pulso creador esperando salir. El color me enseñó a no huir del borde del abismo, sino a reconocerlo como el umbral donde nacen las cosas esenciales.
Narrar ese capítulo me costó más que ningún otro —tuve que “sangrar” de nuevo sobre el teclado—, pero también fue el más catártico. Quien lea esa historia entenderá, en una sola pincelada, cuál es el corazón que bombea todo el libro: la convicción de que cada miedo puede convertirse en pigmento y cada pigmento puede pintar un renacer.
¿Qué acogida está teniendo el libro y qué te han comentado los lectores? La acogida está siendo variada, luminosa y, en algunos momentos, sorprendentemente profunda.
Destaco sobre todo los comentarios que me llegan de los lectores:
Laura, madre de adolescente
“Leímos juntas el capítulo ‘La goma de nata’ y mi hija me contó su hospitalización de pequeña, algo que nunca había verbalizado. Tus preguntas al final fueron el detonante.”
Tina, profesora de Bachillerato artístico
“El formato collage de la portada les ha inspirado un proyecto de autorretratos cromáticos. ¡La clase estuvo en silencio 40 minutos pintando sus ‘etapas’!”
Iván, lector “no artístico” según sus palabras
“Compré el libro porque la dependienta me dijo que era ‘extraño pero terapéutico’. Ahora tengo un cuaderno marrón donde anoto mis cafés memorables. Jamás imaginé escribir a diario.”
Muchos confiesan que, al asociar un recuerdo a un color, hablar del pasado se les hace menos abrumador.
La mayoría subraya los ejercicios prácticos y la página‑lienzo de palabras‑color como el gran atractivo.
Curiosamente, varios lectores piden una continuación con tonos metálicos o neón; parece que la paleta se les queda corta. Para mí, la respuesta más valiosa es ver cómo el libro pasa de mis manos a las suyas y se transforma: se mancha de lápices, se llena de post‑its y se convierte en un espejo portátil. Saber que una idea tan íntima puede sembrar cambios tan tangibles confirma que la apuesta por el color —como lenguaje y como terapia— era el camino correcto.
¿Estás trabajando en una continuación o en una nueva obra? ¿Te gustaría seguir explorando esta línea creativa? ¡Sí, ya estoy sumergida en el próximo proyecto! Se titula Los Colores del Alma: Un Viaje a Través de los Chacras y la Energía Vital, y es, en cierto modo, la segunda mitad del díptico que empecé con Una vida, 10 colores.
En el primer libro me centré en cómo los colores pintan nuestra biografía; ahora quiero mostrar cómo esos mismos colores sostienen nuestra energía día a día. La obra combina investigación, experiencia personal y práctica meditativa: Cada chacra protagoniza un capítulo propio. Describo su función, el bloqueo típico, el color asociado y guio una meditación paso a paso —todo con un lenguaje cercano y visual para que cualquiera pueda practicarlas sin formación previa.
Incluyo la historia y la simbología oriental de los chacras, pero también estudios contemporáneos sobre psicología del color, neurociencia y bienestar emocional.
Me interesa que el lector vea que la “anatomía sutil” no es esoterismo nebuloso: es una herramienta tangible para autorregularse.
Cierro con rutinas diarias, hojas de trabajo y ejercicios de respiración que integran varios chacras a la vez —lo que llamo “paletas energéticas”. Así como en el primer libro cada lector pintaba su pasado, en este podrá diseñar su higiene energética del presente.
Ahora mismo estoy en la fase de revisión del primer borrador y recopilando testimonios de practicantes que ya han probado las meditaciones piloto. Si todo fluye, la editorial prevé publicarlo a comienzos de 2026.
En definitiva, sí: quiero seguir explorando el poder del color, pero esta vez desde la perspectiva de la energía vital y la espiritualidad cotidiana. Siento que ambos libros forman un arco: primero miramos el lienzo de nuestra historia y después afinamos los pinceles internos con los que vamos a seguir pintando el futuro.






