Narrador, ensayista y profesor de escritura creativa, Eloy Tizón es una de las voces más personales y renovadoras del cuento en la literatura española contemporánea. Su obra, que transita entre la poesía, la reflexión y la emoción, ha conquistado a generaciones de lectores por su capacidad de encontrar belleza en lo cotidiano y profundidad en los detalles. Con títulos como Velocidad de los jardines, Técnicas de iluminación o Plegaria para pirómanos, Tizón ha construido un universo literario en el que el lenguaje es protagonista absoluto y la mirada se posa con calma sobre el paso del tiempo, la identidad y la memoria.
En esta entrevista para Alquibla, conversamos con él sobre su relación con la escritura, el arte de contar desde el silencio y el poder transformador de la literatura.
¿Quién es Eloy Tizón y cómo comenzó su relación con la literatura? Ya no recuerdo quién era yo antes de la literatura; no estoy seguro si hubo alguien antes. Sospecho que no; o solo un vacío a la espera de llenarse. Los libros aparecieron muy temprano en mi vida y me abdujeron; aún sigo allí. La vocación de escribir surgió algo más tarde, hacia el final de la adolescencia, pero todos los signos ya estaban plantados, desde el principio, y no necesitaron mucho tiempo para confabularse.

¿Recuerda el primer libro que le marcó y le hizo pensar que quería dedicarse a escribir? Más que un título en concreto, creo ser capaz de evocar la sensación de enamorarme de la literatura en sí misma, antes de saber lo que era, como experiencia total. De su capacidad para removerte la cabeza y los sentimientos, de conmoverte y sacudirte a la vez. De trasladarte a otros universos y hacerte soñar. Ese cortocircuito de intensidad vital e intelectual que te provoca un buen libro no se parece a nada que yo conozca. Es un deslumbramiento. Y mi gratitud por ello es inmensa.
Ha sido considerado uno de los grandes renovadores del cuento en España. ¿Qué le atrae de este género frente a la novela? Gracias por lo de renovador; no sé si lo seré. Pongo mucha energía en el cuento porque sigue pareciéndome un género fascinante, que nunca se termina de dominar. Por muchos años que pasen y muchos libros que leas y escribas, el cuento sigue allá lejos, indomable, sacándote la lengua. Y ese desafío me estimula para seguir adelante. Moriré sin saber qué es un cuento ni cómo se escribe, pero confío en que al menos ese empeño en avistar a la ballena blanca sirva para llenar mis días y justificar una existencia, lo cual no sería poco.
¿Cómo nace la idea de su último libro y qué mensaje le gustaría que el lector se lleve al terminarlo? Lo de enviar mensajes no va conmigo, porque huyo de la literatura panfletaria y sermoneadora. Prefiero la idea de que, al escribir, entornamos una puerta, invitamos a los lectores que deseen acompañarnos a compartir con nosotros parecidas inquietudes, abrir un diálogo en el que explorar nuestras perplejidades y, con suerte, encontrar destellos de belleza. En Plegaria para pirómanos me he querido asomar a ese misterio de la identidad humana, porque no lo entiendo: quiénes somos y cuántos somos, y qué cantidad de vidas pueden caber en una sola vida, a través de un personaje común en varios de los relatos, una especie de alter ego llamado Erizo. Ya sé que, dicho así, suena un tanto serio, por lo que intento incluir pinceladas desmitificadoras de humor, que en mi caso suele tender al absurdo.
¿Qué papel juega el lenguaje en su escritura? En muchos de sus textos, el estilo parece tan importante como la historia. Pues sí; así es, en efecto. Eso que se llama «contar una historia» me interesa de un modo muy relativo. No es que reniegue de ello, pero tampoco me parece lo primordial. Una historia puede contarla cualquiera; todos lo hacemos a diario. Los miles de best sellers que se manufacturan cada año también lo hacen, ¿y qué? La temporada siguiente nadie se acuerda de ellos. Sin embargo, crear literatura es otra cosa, más delicada y más rara. Es justo lo que trasciende la mera anécdota y la eleva más allá; y esto solo se consigue a través del lenguaje y sus infinitas posibilidades. Los libros sobreviven por su lenguaje, no por su argumento, que puede llegar a ser hasta irrelevante: un tipo en su casa mojando una magdalena en té. Basta leer a los grandes de verdad para darse cuenta de ello. El lenguaje no es una simple herramienta, ni mucho menos un adorno: es música. Y, desde luego, puede ser arte.
¿Cuánto hay de autobiográfico en sus obras? Me temo que más de lo que estoy dispuesto a reconocer y tal vez menos de lo que se piensa. Suelo partir de algo que conozco bien (una situación, una atmósfera), que me sirve de suelo firme, de base para sentirme seguro desde la cual proyectarme y permitir que poco a poco intervenga la invención. Hay más autobiografía al comienzo de mis cuentos que al final. A medida que escribo, invento más, la propia ficción me empuja a ello, se toma sus pequeños desquites.
¿Cómo es su proceso creativo? ¿Es de los que planifican o de los que se dejan llevar por la intuición? No planifico nada en absoluto. Nunca preparo guiones o escaletas. Salto a ciegas. Es la propia escritura la que me va guiando. Parto sin ideas preconcebidas, dejándome llevar por un ritmo (algo muy importante para mí), una sonoridad, una imagen chocante, una combinación de palabras sugerentes que forman frases, de frases que forman párrafos, y así sucesivamente. Esa suele ser la chispa que detona el deseo de escribir lo que sea. Hay esa necesidad de profundizar en algo huidizo, como borroso, con suerte bello, que no se entrega con facilidad. La escritura del cuento tiene mucho de persecución, de asedio. Y, sin embargo, de algún modo misterioso y oblicuo, en las primeras frases ya está contenido todo lo demás. Solo que yo aún no lo sé y debo desenredarlo. En esto consiste toda mi tarea.
Además de escritor, es profesor de escritura creativa. ¿Qué es lo primero que intenta enseñar a sus alumnos? Lo primero es no estorbarles demasiado. Procuro dejarles margen para que prueben, exploren, se equivoquen, acierten… Los animo a ser osados, a atreverse a ensayar cosas nuevas, a experimentar sabores. Su propia voz irá llegando. No ser dogmático. Trato de contagiarles el amor y el entusiasmo hacia la escritura. Sugerir lecturas, evitar los tópicos. Más que criticar, estimular. La literatura, igual que Dios, expulsa a los tibios; te exige ser valiente y arriesgar, sin más remedio.
Conviene recordar que escribir es una decisión consciente, como la de enamorarte; es algo que tú decides, un día, sin que nadie te obligue, y esa decisión debes seguir renovándola a diario, durante toda tu vida.
¿Qué le inspira a la hora de escribir: la observación, los recuerdos, la música, los sueños…? Un poco de todo ello, sí. También los viajes, la infancia, el cine, la arquitectura… Es importante mantenerse receptivo. Escribir es un cóctel de muchas cosas: todas las que acabas de mencionar, más el propio poso literario que nos han dejado nuestras lecturas y que ya, si están bien asimiladas, forman parte de nuestro organismo.
¿Cómo percibe la evolución de la literatura española contemporánea? No soy un experto. Habrá quienes conozcan el terreno mucho mejor que yo. Observo que ha habido una incorporación significativa de mujeres escritoras, lo que me alegra y considero sano porque supone la corrección de muchas injusticias y abusos a lo largo de la Historia. Que la brecha entre la literatura comercial y la de calidad se ha seguido ensanchando. Y que los géneros han dejado de ser puros y compartimentados –no solo en nuestro país, sino también en Latinoamérica, con quien compartimos idioma– y tienden hacia una mayor hibridación: ensayo de ficción, poesía narrativa, cuento poético…
¿Cree que el cuento goza hoy del reconocimiento que merece o sigue a la sombra de la novela? Personalmente, no puedo quejarme. Mis libros son recibidos con atención y cariño. Tengo lectores fieles y reimpresiones; en eso soy afortunado. Otra cosa es el paisaje general de la cultura española, donde el cuento, en efecto, podría ser mejor valorado. En fin, se van dando pasos y derribando prejuicios, se producen avances, aunque todavía queda mucho por hacer.
¿Qué autores o lecturas han sido fundamentales en su formación literaria? Resulta imposible mencionarlas todas, porque son incontables; no caben aquí. Y puede resultar hasta fatigoso exhibir el consabido álbum de cromos. Me permito remitir al lector curioso a mi ensayo Herido leve. Treinta años de memoria lectora, en el que he reunido más de seiscientas páginas con una selección de mis amores literarios y que también cabe ser leída, según algunos han señalado, como una suerte de autobiografía espiritual.
En sus libros hay una sensibilidad especial por los detalles y lo cotidiano. ¿Es una forma de resistencia ante la velocidad del mundo actual? Se puede interpretar así, desde luego. Cuanto más se acelera el mundo y se aproxima al abismo, más desesperadamente necesitamos crear espacios de recogimiento, resistencia y diálogo íntimo. El libro sirve de antídoto contra la dictadura del algoritmo, la codicia tecnológica, la sobreexcitación consumista y el ruido. Para algunos, en una sociedad hiperconectada la literatura es un anacronismo, algo que sobra. Pienso lo contrario: nunca como hoy tiene más sentido apostar por la lentitud de una mirada analógica. El amor por el detalle es mi manera de dignificar lo que nos rodea y mi forma de valorar la vida.
¿Qué importancia le concede al silencio y a la pausa en la escritura? Los dos tienen un peso muy grande. El cincuenta por ciento de un escritor son las palabras que dice y el otro cincuenta por ciento las que se calla. Frente a la charlatenería industrial, pensar bien lo que decimos. Muchas veces, conviene hacerse a un lado para expandir la obra; ahí están los modelos de Rimbaud y Rulfo.
¿Qué busca provocar en el lector cuando construye sus relatos? Me gustaría provocarle una emoción, hacerle pensar, que algo le haga gracia, le distraiga, le descoloque… Sobre todo, que no se quede indiferente. Si al cerrar el libro siente que, más allá de las historias y la parafernalia técnica, le he ofrecido alguna verdad humana, por pequeña que sea, y ha pasado un buen rato, ya me doy por satisfecho.
¿Qué papel juegan la memoria y el paso del tiempo en su obra? Un papel crucial. El paso del tiempo es el tema donde se concentran todos los demás temas. No se me ocurre nada que escape a él.
¿Cómo ha cambiado su mirada sobre la literatura con el paso de los años? Supongo que me he vuelto más reflexivo. Mis primeros cuentos –los de Velocidad de los jardines– eran más chispeantes, soy consciente de ello, los escribía con una energía febril y un tanto alocada, en una especie de trance; puede que ese sea su encanto y también su debilidad. Ahora siento que la cuesta es más empinada y corro menos; soy otro. Entre mi primer libro y los cuentos de Técnicas de iluminación y Plegaria para pirómanos se interpone una biblioteca entera y muchas experiencias vitales buenas y malas: he vivido. A cambio de perder frescura juvenil, confío en haber ganado aplomo y profundidad. Cada edad te da algo y te quita algo. Aunque cuando escribes nunca puedes estar seguro de nada.
¿Qué consejo daría a quienes están empezando a escribir y temen no encontrar su voz? Ofrecer consejos me parece pretencioso; no soy quién para darlos. Solo diría que la voz propia va llegando con el tiempo, bastante trabajo y no poca paciencia. Se trata de encontrar esa milésima diferencial que nos distingue del resto. Escribimos con lo que somos, así que no queda más remedio que desnudarse y hacer examen de conciencia, ser honestos con nosotros mismos, no engañarnos y aceptar lo que llevamos dentro: rabia, humor, poesía, odio, lo que sea. Eso es lo que somos y con eso escribiremos. No será un camino cómodo. Escribir significa estar dispuesto a caer y levantarse muchas veces.
¿Qué libro o proyecto tiene ahora entre manos? De momento, responder a esta entrevista. Mañana, o cuando sea, volveré a mi escritorio a enfrentarme como todos los días con mis dudas, miedos, demonios, tristezas y alegrías. De lo que salga de ahí poco puedo anticipar, porque ni yo mismo lo sé.
¿Qué significa para usted que su obra forme parte del panorama literario actual y sea leída por nuevas generaciones? Ignoro si mis libros pertenecen a algo o a nada; si en el futuro alguien los recordará o serán pasto del olvido, como parece ser el destino común de la mayoría de los libros, salvo unos cuantos privilegiados. La literatura es una apuesta incierta, un diálogo a largo plazo, tan absorbente como imprevisible. Puestos a soñar, tener la suerte de caer en manos jóvenes es lo mejor que te podría ocurrir. Una maravilla. Despertar el interés y la curiosidad en lectores de las nuevas generaciones es la mayor recompensa a la que un escritor puede aspirar. La única señal cierta de que alguna página, de tus escritos, todavía está viva. Palpita. Merece sobrevivir. Se ha librado de la muerte. Ningún premio se puede igualar a eso. Mejor dicho: en literatura solo hay un premio: que alguien –no importa si muchos o pocos– te lea. Todo lo demás es vanidad y música de circo.





