Cuando el azar se convierte en vocación, surgen historias que inspiran. Luis Enrique Lescano descubrió la biblioteconomía casi por casualidad, pero pronto comprendió que organizar, gestionar y difundir información podía transformar vidas. Desde sus primeros pasos en la universidad, pasando por experiencias tan singulares como El Paquete en Cuba —un “Netflix offline” que revolucionó la forma de acceder a contenidos— hasta su llegada a Ecuador y su trabajo en la Universidad de Cuenca, su recorrido demuestra que los principios de organización del conocimiento trascienden fronteras y formatos.
En esta entrevista, nos comparte cómo la innovación tecnológica, la programación y la digitalización se entrelazan con el compromiso humano, la docencia y el liderazgo en bibliotecas. Una conversación que revela los desafíos de modernizar servicios, motivar a los usuarios y formar a los bibliotecarios del futuro, siempre con la mirada puesta en el acceso equitativo al conocimiento.
¿Cómo descubriste tu vocación por el área de la biblioteconomía (o ciencia de la información)? Mi llegada a la biblioteconomía no fue planificada, fue más bien circunstancial. En el preuniversitario, al momento de llenar el listado de carreras, vi en un mural una que se llamaba Ciencia de la Información. Por promedio y por cómo cerraban las opciones, la coloqué como tercera o cuarta alternativa; no lo recuerdo con exactitud. Mi primera opción siempre fue Derecho, en parte porque mi padre era abogado y ese era el camino que tenía más claro en ese momento.
Finalmente, mi promedio no alcanzó para Derecho y me asignaron Ciencia de la Información. Mis padres, antes de que comenzara la carrera, se informaron sobre de qué trataba y se entusiasmaron bastante, porque la presentación de la carrera estaba muy asociada a la gestión de la información, la ciencia y la tecnología, no a la imagen clásica de la bibliotecología. Un año después ingresé formalmente a la universidad.
Lo decisivo ocurrió en los primeros años de la carrera, cuando cursé dos asignaturas muy exigentes. La primera fue Lógica Matemática, que me enseñó a estructurar el pensamiento de forma similar a como lo hace un programador. La segunda fue Fundamentos de la Organización y Representación del Conocimiento y la Información, una materia dura, pero clave, porque me permitió comprender las bases conceptuales de cómo se organiza el conocimiento. A partir de ahí, todo empezó a tener sentido. Cuando llegaron las prácticas profesionales y el trabajo con bibliotecas y comunidades, entendí el impacto real de la profesión y fue ahí donde descubrí que ese camino, aunque no lo había elegido al inicio, sí era el mío.
¿Qué aprendiste trabajando en “El Paquete” y cómo aplicaste tus conocimientos en ese contexto tan particular? Mi experiencia en El Paquete comenzó mientras aún estaba en la universidad. Tenía alrededor de veintiún o veintidós años y, como muchos estudiantes en ese momento, necesitaba trabajar. Mi cuñado ya estaba involucrado en este sistema informal de distribución de contenidos que surgió en Cuba ante la ausencia de internet.
El Paquete funcionaba, en la práctica, como un Netflix offline. Utilizábamos discos duros —en ese momento empezaban a popularizarse los de un terabyte— donde se recopilaba información obtenida desde distintos puntos de acceso: descargas puntuales de internet, captación de señales de televisión extranjera y otros canales disponibles. Todo ese contenido se compilaba, se seleccionaba y se distribuía semanalmente. Allí podías encontrar películas, series, música, videojuegos y todo tipo de contenidos digitales.
Mi aporte principal estuvo en la organización de la información. Aplicaba, casi de manera natural, principios bibliotecarios: cómo estructurar las carpetas, cómo nombrar los archivos, cómo crear una jerarquía clara que facilitara la búsqueda y el acceso. Sin llamarlos así, trabajábamos con metadatos estructurales, formatos, compresión de archivos y optimización del espacio de almacenamiento. El objetivo era claro: que cualquier persona pudiera encontrar lo que buscaba en pocos clics, dentro de una estructura lógica y comprensible.
Esa experiencia fue clave para entender que la bibliotecología no se limita a bibliotecas formales. Allí confirmé que los principios de organización del conocimiento funcionan incluso en contextos informales y precarios, y que una buena estructura puede marcar la diferencia entre el caos y el acceso efectivo a la información.
¿Qué diferencias encontraste al llegar a Ecuador respecto al panorama bibliotecario que conocías en Cuba? La primera diferencia que noté al llegar a Ecuador fue el panorama general de la bibliotecología como campo profesional. En Cuba existe una tradición fuerte y sostenida en la formación bibliotecaria, con escuelas consolidadas y una base teórica muy estructurada. En Ecuador, en cambio, la bibliotecología no ha tenido ese mismo recorrido histórico ni el mismo nivel de institucionalización.
Esto se refleja claramente en la formación profesional. Hay pocas escuelas de bibliotecología y, además, alrededor de 2020 se cerraron prácticamente todas las carreras formales en esta área. Ese vacío formativo tiene un impacto directo en el nivel de preparación de muchos profesionales y en la proyección a largo plazo del sistema bibliotecario.
Por otro lado, también encontré una situación que no es exclusiva de Ecuador, sino bastante común en la región: un sistema de bibliotecas públicas con escaso financiamiento, poco apoyo institucional y, en muchos casos, bastante abandonado; frente a un sistema de bibliotecas universitarias que sí recibe recursos, cuenta con infraestructura y tiene mayor capacidad de desarrollo. Ese contraste marca profundamente el funcionamiento del ecosistema bibliotecario y las oportunidades de innovación.
¿Qué supuso para ti comenzar a trabajar en la Universidad de Cuenca apenas tres meses después de llegar al país? Lo primero que sentí fue una enorme alegría. Llevaba muy poco tiempo en el país y se dio una coincidencia importante: existía una necesidad real de contratar personal capacitado, con formación sólida y conocimiento profundo del ámbito bibliotecario. Para mí, esa oportunidad llegó en el momento justo y fue, sin duda, una de las mejores cosas que me pudieron pasar al iniciar esta etapa en Ecuador.
Incorporarme tan pronto al trabajo me permitió no solo estabilizarme, sino también seguir desarrollándome profesionalmente en el área que realmente me apasiona. Trabajar en una biblioteca universitaria tiene retos importantes, pero también es un espacio de aprendizaje constante. Te obliga a mantenerte actualizado, a formarte de manera continua y a comprender dinámicas complejas propias del entorno académico.
Además, el contacto diario con investigadores y docentes con alto nivel académico se convierte en un estímulo permanente. Ese tipo de usuarios te exige más, te cuestiona y, al mismo tiempo, te impulsa a prepararte mejor y a repensar constantemente tu rol como bibliotecario.
¿Cómo viviste el proceso de transformación profesional durante la pandemia? Creo que, al inicio, la pandemia nos descolocó a todos. Hubo mucho miedo e incertidumbre, no solo a nivel personal, sino también profesional: no sabíamos cómo íbamos a continuar, ni cómo iba a transformarse nuestro trabajo. Sin embargo, poco a poco empecé a encontrar la manera de adaptarme y de convertir ese momento en una oportunidad de crecimiento.
En mi caso, la pandemia coincidió con la posibilidad de retomar una formación que ya había iniciado: un curso de gestión de datos de investigación ofrecido por una universidad en Estados Unidos. Había comenzado algunos módulos antes, pero fue durante el confinamiento, alrededor de abril, cuando pude retomarlo con mayor intensidad. A partir de ahí se abrió para mí un nuevo campo de interés.
En ese proceso descubrí dos áreas clave: la programación y la ciencia de datos. Empecé a programar en Python, que considero una competencia básica hoy en día, porque te permite crear herramientas adaptadas a las necesidades reales del entorno bibliotecario. Al mismo tiempo, la gestión de datos de investigación me resultó especialmente atractiva porque combina bibliotecología, estadística, matemáticas y programación. Es un campo complejo, pero muy estimulante, y con un enorme potencial de desarrollo.
Paralelamente, durante la pandemia también comencé a realizar webinars y actividades de formación en línea. Descubrí que me interesaba mucho la difusión y la divulgación del conocimiento. Prácticamente cada mes organizaba o participaba en espacios de capacitación vinculados a mi universidad, una línea de trabajo que he mantenido hasta hoy y que se ha convertido en una parte fundamental de mi perfil profesional.
¿Qué te motivó a aprender programación y cómo ha enriquecido tu labor bibliotecaria? Más allá de la pandemia, la programación me motivó porque me enseñó a pensar de una manera diferente. En el trabajo bibliotecario existe una relación muy estrecha con los sistemas informáticos, pero muchas veces hablamos lenguajes distintos. Aprender programación me permitió entender qué puede y qué no puede hacer un sistema, y, sobre todo, cómo comunicarme de forma más clara y efectiva con los ingenieros y el personal técnico.
Ese conocimiento facilita enormemente el trabajo interdisciplinario. Ya no se trata solo de pedir soluciones, sino de plantear problemas de manera precisa, comprender las limitaciones técnicas y participar activamente en el diseño de herramientas y servicios. Además, aprender a programar casi de forma natural te lleva a conocer mejor entornos como Linux, que hoy son fundamentales en muchas infraestructuras bibliotecarias y académicas.
Por otro lado, la programación me acercó aún más a la filosofía del software libre. No solo como una cuestión técnica, sino como una postura ética y profesional. El uso de software libre, el movimiento open source y el copyleft están profundamente alineados con los valores de las bibliotecas: acceso abierto, colaboración y democratización del conocimiento. Adoptar estas herramientas ha sido, para mí, una forma coherente de ejercer la bibliotecología en el contexto actual.
¿Podrías contarnos cómo fue el proceso de creación de la biblioteca digital en tu institución? El proceso de creación de la biblioteca digital surgió, ante todo, de una necesidad concreta. Durante la pandemia, los usuarios dejaron de asistir de manera presencial y se generaron largos períodos de confinamiento. Era imprescindible contar con un mecanismo que permitiera compartir información y garantizar el acceso a los recursos bibliográficos, aun cuando la biblioteca física estuviera cerrada.
A esto se sumaba otro aspecto importante: el marco legal. Existían vacíos y, al mismo tiempo, oportunidades dentro de la legislación vigente. En el caso ecuatoriano, el Código de Ingenios permite la digitalización de material protegido por derechos de autor siempre que se garantice el acceso exclusivo a los usuarios de la biblioteca y que los documentos no puedan descargarse. Desde el inicio, el objetivo fue trabajar de la forma más apegada posible a la normativa, evitando cualquier tipo de vulneración legal.
Con ese criterio, seleccionamos Omeka Semantic como plataforma base y realizamos las adaptaciones necesarias para crear una biblioteca digital de acceso cerrado, controlando la consulta y las restricciones de uso. Posteriormente, y a partir de los buenos resultados obtenidos, ampliamos el proyecto. El material que ya se encontraba en el repositorio institucional y que no tenía restricciones de derechos de autor fue integrado en una sección de acceso abierto dentro de la misma biblioteca digital.
De esta manera, se consolidó un modelo mixto: una biblioteca digital con acceso abierto y acceso cerrado, claramente diferenciados. Este proceso también impulsó la adquisición de escáneres y la formalización de metodologías de digitalización, algo que hoy resulta fundamental no solo para el acceso, sino también para alimentar sistemas más avanzados, incluidos los relacionados con inteligencia artificial y análisis de información.
¿Qué retos encontraste al intentar modernizar los servicios bibliotecarios y cómo los superaste? Todo proceso de innovación conlleva resistencia, y el ámbito bibliotecario no es la excepción. Uno de los primeros retos a los que me enfrenté fue la oposición de personas (bibliosaurios) que no facilitan los procesos de cambio y transformación organizacional. No se trata necesariamente de una cuestión de edad, sino de una actitud frente a la profesión y frente a la evolución de las bibliotecas. Este tipo de resistencia suele manifestarse bloqueando iniciativas, retrasando decisiones o deslegitimando cualquier propuesta innovadora.
El desafío principal fue cambiar esa mentalidad y volver a plantear preguntas fundamentales: ¿cuál es la razón de ser de la biblioteca?, ¿qué servicio es realmente prioritario?, ¿para quién trabajamos? En muchos casos, se pierde el norte y se olvida que el objetivo central del bibliotecario es satisfacer las necesidades de información de los usuarios, no conservar estructuras o prácticas solo porque “siempre se han hecho así”.
Para afrontar esta situación, opté por la perseverancia y el diálogo constante. Hablar, explicar, escuchar y volver a intentar. Entender que muchas personas pasan por distintos ciclos frente al cambio —negación, resistencia, aceptación— y que el rol de quien impulsa la innovación también implica pedagogía. No siempre se convence de inmediato, pero con argumentos, evidencia y resultados visibles, es posible ir generando transformaciones reales dentro de la institución.
¿Cómo combinas la difusión del patrimonio bibliográfico con la innovación tecnológica? Muchas veces se plantea una falsa oposición entre la tecnología y lo tradicional, como si la innovación viniera a reemplazar o a eliminar lo físico. Creo que ahí está el error. La tecnología no llega para suplantar, sino para complementar y potenciar procesos que ya existen.
En el caso del patrimonio bibliográfico, hablamos de libros y documentos impresos que tienen un enorme valor histórico y cultural. Estos materiales cumplen una función fundamental, pero también tienen limitaciones evidentes: solo pueden ser consultados por una persona a la vez y requieren presencia física. Digitalizarlos no significa eliminarlos, sino ampliar su alcance. Permite que múltiples usuarios accedan simultáneamente a la misma información, sin poner en riesgo el original.
Esto también tiene implicaciones prácticas. Por ejemplo, en políticas de adquisición: muchas veces se compra un solo ejemplar de un libro con alta demanda. Si ese material se digitaliza y se gestiona adecuadamente, se puede difundir, compartir y responder mejor a las necesidades de los usuarios. La clave está en encontrar el equilibrio y actuar dentro del marco legal y técnico adecuado.
Al final, se trata de entender que lo físico y lo digital no son excluyentes. Hay estudiantes y docentes que prefieren el libro impreso, hojearlo, subrayarlo, tener esa experiencia directa. Otros priorizan el acceso rápido, aunque no tengan el libro en sus manos. La biblioteca debe responder a ambas realidades. Esa sinergia entre patrimonio e innovación es la que permite ofrecer más opciones y más valor a la comunidad.
¿Qué tipo de resistencia encuentras ante tus propuestas innovadoras y cómo sueles afrontarla? La resistencia al cambio suele ser muy similar en casi todos los contextos. Aparecen frases como “esto siempre se ha hecho así”, “¿por qué hay que cambiar?” o “antes funcionaba”. Es una resistencia basada más en la costumbre que en un análisis real de las necesidades actuales.
Afrontar esa resistencia implica asumir que no todo va a salir bien. No todas las propuestas funcionan y el fracaso forma parte del proceso de innovación. Sin embargo, no intentarlo es, en muchos casos, la peor opción, porque la propuesta queda invalidada incluso antes de ser puesta a prueba. Prefiero equivocarme intentando que quedarme inmóvil.
Mi estrategia ha sido insistir, buscar alternativas, reformular las ideas y, sobre todo, convencer al menos a una o dos personas más. Cuando logras sumar aliados, se genera un efecto contagio: otras personas empiezan a interesarse, a perder el miedo y a involucrarse. El cambio rara vez lo impulsa una sola persona; necesita pequeños grupos que empujen, cuestionen y mantengan el movimiento hasta que la transformación se vuelve inevitable.
¿Qué habilidades consideras fundamentales para formar a los bibliotecarios del futuro? Creo que hay varias habilidades clave que deben formar parte del perfil del bibliotecario del futuro. En primer lugar, el dominio de herramientas básicas, como al menos un lenguaje de programación, independientemente de cuál sea. No se trata de formar desarrolladores, sino de comprender cómo funciona la tecnología, cómo se construyen las herramientas y cómo dialogar de manera efectiva con los equipos técnicos.
En segundo lugar, considero fundamental el desarrollo de una marca personal. Los bibliotecarios no somos únicamente parte de una institución; somos profesionales con identidad propia y con un valor que debe ser visible. Ese valor no se construye solo a través de un currículum, sino compartiendo conocimiento, reflexiones y experiencias. Tener presencia en redes sociales es importante, pero debe ser una presencia con sentido, mostrando lo que hacemos, cómo pensamos y qué aportamos a la profesión.
A esto se suman las llamadas power skills: habilidades de gestión de personas, relaciones interpersonales, comunicación efectiva y trabajo en equipo. Hay una en particular que suele estar ausente en la formación bibliotecaria: hablar en público. Muchas veces tenemos ideas sólidas y proyectos valiosos, pero no sabemos comunicarlos de manera clara y convincente.
Aprender a transmitir nuestro mensaje es clave, porque la forma en que la sociedad percibe hoy a las bibliotecas y a los bibliotecarios también es, en parte, responsabilidad nuestra. Si no sabemos comunicar para qué servimos y cuál es nuestro impacto, otros construirán ese relato por nosotros.
¿Cuál crees que es el papel del liderazgo en la gestión de bibliotecas hoy en día? El liderazgo en la gestión de bibliotecas es hoy más necesario que nunca, aunque muchas veces no se ejerce de forma consciente. En la práctica, no siempre se llega a puestos de dirección por una preparación específica en liderazgo, sino por circunstancias, oportunidades o incluso por acuerdos institucionales. El problema no es cómo se llega, sino qué se hace una vez que se asume esa responsabilidad.
Cuando alguien ocupa un cargo directivo, necesita formarse como líder. No basta con la experiencia técnica o administrativa. Dirigir una biblioteca implica tomar decisiones, marcar un rumbo y asumir la responsabilidad de transformar lo que no funciona. Sin liderazgo, las bibliotecas quedan a la deriva, repitiendo modelos que ya no responden a las necesidades actuales.
Esto explica por qué muchas bibliotecas siguen operando con una concepción propia de los años noventa o de inicios de los dos mil, incluso en pleno 2025 o 2026. La falta de actualización en los liderazgos dificulta la implementación de cambios y frena los procesos de innovación. A esto se suma otro factor importante: la permanencia excesivamente prolongada en los mismos cargos. Existen estudios, incluso en contextos como Estados Unidos, que muestran cómo durante décadas muchas posiciones directivas no se renovaron, lo que ralentizó la evolución de las bibliotecas.
Los relevos generacionales son necesarios. Permanecer demasiado tiempo en un mismo puesto puede limitar la capacidad de cuestionarse, de ver nuevas posibilidades y de adaptarse. La rotación y la diversidad de miradas oxigenan las instituciones, fomentan nuevas ideas y permiten que las bibliotecas avancen de forma más dinámica y acorde a su tiempo.
¿Qué herramientas o conocimientos crees que debería dominar un bibliotecario en el contexto actual? En cuanto a herramientas, creo que hoy es imprescindible que los bibliotecarios empiecen a dominar tecnologías vinculadas a la inteligencia artificial. No como una moda, sino como una herramienta estratégica. La IA permite suplir muchas debilidades: aprender más rápido, automatizar tareas, construir sistemas de apoyo y optimizar procesos que antes requerían mucho tiempo y recursos. En ese sentido, se convierte en un aliado clave para el trabajo bibliotecario contemporáneo.
En cuanto a los conocimientos, además de la formación técnica, es fundamental fortalecer la dimensión de la gestión. El rol del bibliotecario hoy ya no es únicamente operativo; implica tomar decisiones, gestionar servicios, liderar proyectos y evaluar impactos. Esa combinación entre conocimiento técnico y capacidad de gestión es lo que define al profesional actual.
Pero también es importante dejar algo claro: no se trata de implementar inteligencia artificial por implementarla. Si realmente queremos apropiarnos de estas tecnologías, primero debemos cuestionarlas. Preguntarnos si un problema necesita ser automatizado, si la IA es la mejor solución o si existen alternativas más simples y eficaces. Además, las herramientas de IA deben ser auditadas: analizar qué tipo de respuestas generan, qué sesgos pueden tener y cómo afectan a los usuarios. Ese pensamiento crítico es parte esencial de la responsabilidad profesional del bibliotecario.
¿Qué visión tienes sobre el futuro de las bibliotecas en América Latina? Creo que en América Latina estamos atravesando una etapa de transformación, y esa transformación será tan profunda como capaces seamos las bibliotecas de cambiar la concepción que la sociedad tiene sobre nosotros. Este no es un reto individual, sino colectivo. Implica que empecemos a comunicar mejor nuestra labor y a recuperar un espacio que, en muchos contextos, hemos ido perdiendo.
Durante años se ha repetido la idea de que las bibliotecas van a desaparecer: primero con la llegada de internet, luego con las tecnologías digitales y ahora con la inteligencia artificial. Sin embargo, seguimos aquí. No hemos desaparecido porque las bibliotecas resuelven un problema real y estructural: el acceso organizado, crítico y equitativo a la información. Lo que sí ha ocurrido es que muchas veces se ha intentado suplantar o automatizar nuestro rol sin comprender su verdadera función social.
El futuro de las bibliotecas pasa por hacerse más visibles, más presentes y más activas en su entorno. Deben convertirse en agentes de cambio y transformación social, independientemente de su escala: una biblioteca comunitaria en una zona rural, una biblioteca pública en una ciudad o una biblioteca universitaria. La clave está en su capacidad para responder a las necesidades de información de la comunidad a la que sirve.
Si logramos impactar de forma directa en nuestro entorno cercano y comunicar ese impacto, podremos transformar el discurso público sobre las bibliotecas. No como espacios del pasado, sino como instituciones vivas, necesarias y profundamente vinculadas al desarrollo de nuestras sociedades.
¿Cómo crees que podemos motivar a los usuarios a redescubrir la biblioteca como un espacio útil, dinámico y actual? Para motivar a los usuarios, primero debemos cambiar la concepción que ellos tienen de la biblioteca. La idea es que entren y la vean con otros ojos: no solo como un lugar para estudiar, sino como un espacio de innovación, creatividad y transformación.
Esto se logra modificando los espacios y las experiencias que ofrecemos. Se pueden organizar exposiciones, dinámicas interactivas, juegos o escape rooms; incluso gamificar procesos cotidianos para que la interacción con la biblioteca sea atractiva y memorable. Con recursos sencillos podemos convertir cualquier visita en una experiencia distinta que invite a explorar, aprender y participar.
Además, hoy es esencial pensar en la diversidad de necesidades de los usuarios. Los espacios pueden incluir zonas de descanso, lugares diseñados para la salud mental, áreas sensoriales para personas neurodivergentes, espacios de máximo silencio, salas de trabajo grupal o laboratorios creativos. Incluso podemos incorporar tecnologías como realidad aumentada, entornos virtuales tipo metaverso, máquinas CNC o impresoras 3D, para que los usuarios desarrollen sus ideas y proyectos directamente en la biblioteca.
El objetivo es que la biblioteca deje de ser percibida solo como un espacio de consulta y se convierta en un centro dinámico de experiencias, aprendizaje y creación, alineado con las necesidades y aspiraciones de quienes la usan.
¿Cuál ha sido hasta ahora el mayor desafío de tu carrera profesional? Creo que mi mayor desafío ha sido aceptar que no siempre es posible cambiar todo y que nuestro crecimiento profesional no depende únicamente de la institución en la que trabajamos. Comprender las dinámicas de poder en las estructuras gubernamentales y organizacionales puede ser muy complicado, porque a menudo se premia la mediocridad y no se reconocen las ideas innovadoras. Esto puede hacer que uno llegue a pensar que el cambio es imposible dentro de ciertos espacios.
Sin embargo, esa realidad también me enseñó a buscar alternativas y compartir mis ideas fuera de los límites institucionales. Descubrí que existen muchas personas y espacios que valoran y apoyan esas iniciativas, y que es posible avanzar profesionalmente más allá de las barreras internas. Este aprendizaje me llevó a enfocarme en mejorar constantemente, superar mis propios límites y buscar siempre formas de contribuir, incluso cuando el entorno no lo valide completamente.
¿Qué logros te han hecho sentir más satisfecho en tu recorrido como bibliotecario? Hay varios logros que me han dado mucha satisfacción, tanto por el alcance como por el impacto. Uno de ellos es mi proyecto “Crónicas Bibliotecarias”, un boletín donde comparto conocimiento sobre bibliotecas y bibliotecología. Nunca imaginé que tantas personas lo leerían: actualmente cada edición semanal llega a más de mil lectores. Saber que mil personas dedican tiempo a leer un artículo que escribí es algo que me llena de orgullo y demuestra que compartir conocimiento sí tiene un efecto real.
Otro hito importante fue participar en un TEDx, en Parque La Carolina, donde pude compartir una experiencia sobre bibliotecas y poner en contexto su relevancia en la sociedad. Este tipo de espacios me permitió mostrar que las bibliotecas pueden ser diferentes, innovadoras y activas, más allá de los estereotipos que aún persisten.
Finalmente, otro logro que valoro mucho es haber sido invitado a hablar en otros países, no solo sobre innovación, sino sobre bibliotecas, sobre cómo pueden transformar su entorno y sobre cómo docentes y bibliotecarios pueden hacer las cosas de manera distinta. Para mí, estos logros reflejan que el trabajo que hacemos en bibliotecas puede trascender fronteras y generar un impacto real en la forma en que se perciben estas instituciones.
¿Tienes referentes o modelos a seguir en el mundo de la bibliotecología? Mis primeros referentes fueron mis profesores universitarios, quienes marcaron mi visión de la bibliotecología. Uno de ellos fue Radames Linares , un docente extremadamente filosófico que me enseñó la importancia de cuestionar todo desde un punto de vista reflexivo y crítico. Su manera de enseñar me hizo entender que, para avanzar en esta profesión, es fundamental cuestionar los conceptos establecidos y buscar siempre un sentido más profundo en lo que hacemos.
Otro referente clave fue Ania Hernández, profesora en el área de análisis documental. Con ella aprendí que, para comunicar y gestionar información de manera efectiva, es necesario tener ideas claras y estructuradas. Me enseñó la importancia de dominar los fundamentos: indización, catalogación, resúmenes y análisis documental, y cómo todo esto se conecta con la misión final de las bibliotecas y su rol en la sociedad.
Estos referentes no solo me enseñaron técnicas y metodologías, sino también la actitud crítica y reflexiva que considero indispensable para un bibliotecario.
¿Qué mensaje te gustaría transmitir a quienes están comenzando en el mundo de las bibliotecas? Lo primero que quiero decir es que ser bibliotecario es entrar en un mundo complejo y diverso. Existen bibliotecas de todo tipo: escolares, públicas, universitarias, especializadas, de ONGs… y cada una tiene su propia manera de operar. Esa diversidad implica que cada experiencia será diferente, y que siempre hay que buscar el sentido de lo que hacemos: ¿para qué estoy aquí? ¿Cómo puedo aportar desde mi posición? ¿Cómo puedo ayudar a los demás?
Ser bibliotecario también significa ser profundamente humano. Nuestra labor no se limita a organizar libros o documentos; implica acompañar a las personas, ayudarlas a encontrar información, orientarlas en procesos de investigación, resolver problemas con publicaciones o materiales especializados. Es una profesión que permite contribuir de manera directa a la sociedad y, muchas veces, transformar vidas y comunidades.
Esa capacidad de impacto es única. Otras profesiones ayudan, pero pocas permiten ver tan claramente cómo tu trabajo puede cambiar a alguien, abrir oportunidades o facilitar conocimiento. Cada persona que ayudas, cada comunidad que apoyas, tiene un valor que no tiene precio. Esa es la verdadera esencia de ser bibliotecario.
¿Qué sueñas todavía con conseguir en el ámbito profesional? Mi mayor sueño profesional es tener la oportunidad de transformar una biblioteca completamente, implementando todos los cambios que considero necesarios, con los recursos adecuados, para crear un espacio que combine lo humano y lo tecnológico de manera equilibrada. Una biblioteca que sea realmente centrada en las personas, innovadora y capaz de responder a las necesidades del siglo XXI. Esa transformación radical es algo que aún tengo pendiente y que espero lograr.
Otro de mis sueños es publicar un libro, dejando conocimiento que pueda servir a las futuras generaciones de bibliotecarios. También deseo profundizar mi rol como docente universitario en bibliotecología, formando profesionales que sean capaces de integrar innovación, tecnología y gestión, y que estén preparados para transformar las bibliotecas y la forma en que la sociedad las percibe.
Para mí, estos objetivos combinan la visión, la práctica y la enseñanza: transformar espacios, generar conocimiento y formar a quienes continuarán avanzando la profesión.







