Hay instituciones que guardan documentos; y hay instituciones que custodian memoria. En esta ocasión, desde Alquibla, nos acercamos a una de esas casas donde el pasado sigue latiendo entre legajos, libros sacramentales y expedientes que han acompañado la historia de Galicia durante siglos.
El Archivo Histórico Diocesano de Santiago de Compostela es mucho más que un depósito documental: es un espacio vivo donde convergen investigación histórica, genealogía, conservación patrimonial y nuevos retos digitales. Conversamos con su director para conocer la misión de la institución, los fondos que custodia —desde documentación medieval hasta registros parroquiales fundamentales para la reconstrucción demográfica—, los desafíos que afronta en el contexto actual y su papel dentro del patrimonio cultural gallego.
Una entrevista que nos invita a reflexionar sobre el equilibrio entre tradición y modernidad, sobre la importancia de planificar la incertidumbre en la era digital y sobre la responsabilidad compartida de conservar aquello que explica quiénes somos como comunidad.
¿Cómo describiría la misión principal del Archivo Histórico Diocesano de Santiago de Compostela y su papel dentro del patrimonio cultural gallego? El Archivo Histórico Diocesano de Santiago de Compostela tiene como misión conservar, organizar y poner en valor la producción documental de la Curia Diocesana y de las diversas instituciones diocesanas, incluyendo de manera especial los fondos documentales de las 1.070 parroquias de la diócesis, garantizando su preservación, adecuada gestión y difusión como parte integrante del patrimonio documental diocesano.
En el contexto gallego, el Archivo es, sin falsa modestia, una pieza fundamental del patrimonio documental. Somos custodios de la memoria de la Iglesia, somos garantes de los registros sacramentales, administrativos y pastorales que reflejan siglos de historia eclesiástica; y por ello somos un pilar fundamental para la reconstrucción de la historia social y cultural de Galicia.
¿Qué tipo de fondos documentales custodia el archivo y cuáles considera especialmente valiosos o singulares? Tenemos casi 5 km. Lineales de documentación que tiene como fecha extremas el s. X año 980 y llegamos hasta mediados del siglo XX.
Principalmente custodiamos toda la documentación producida por la Curia Diocesana de Santiago de Compostela, es decir, la generada por el gobierno pastoral, administrativo y judicial del Arzobispado a lo largo de los siglos.
Entre los fondos más destacados se encuentra el conocido Pleito Tabera-Fonseca, fuente inexcusable para el estudio de la conflictividad jurisdiccional en la Galicia bajomedieval y moderna, así como para el conocimiento del poder episcopal y sus tensiones con otras instituciones.
Conservamos igualmente fondos monásticos, como el del antiguo monasterio benedictino de San Martiño Pinario —edificio que hoy alberga el Archivo—, uno de los mayores tenedores de rentas y patrimonio en Galicia tras el Señorío de Santiago, cuya documentación resulta esencial para comprender la estructura económica y territorial del Antiguo Régimen.
En un ámbito distinto, destacan fondos contemporáneos como el del antiguo Hospital Psiquiátrico de Conxo, fundación de origen eclesiástico, cuya documentación ofrece una perspectiva para la historia social, médica y asistencial, especialmente en un contexto actual de creciente sensibilidad hacia la salud mental.
No obstante, la auténtica columna vertebral del Archivo la constituyen los fondos parroquiales. A menudo infravalorados desde el punto de vista patrimonial, son sin embargo los más consultados y los que contienen de manera más directa la historia social: registros sacramentales, documentación económica, correspondencia pastoral y vida cotidiana. No son únicamente fuente para la investigación genealógica; constituyen una base insustituible para el estudio demográfico, las dinámicas familiares, la movilidad social y las prácticas culturales.
También quiero nombrar la documentación del llamado fondo del Provisorato y demás instancias judiciales eclesiásticas, que permite analizar elementos como la conflictividad matrimonial, el comercio y múltiples aspectos de la vida cotidiana en la Galicia de la Edad Moderna y Contemporánea.
¿Qué importancia tienen los archivos eclesiásticos para la investigación histórica, social y genealógica? Son absolutamente fundamentales. Antes de la creación del Registro Civil en 1870, y desde el Concilio de Trento, fue la institución que registró de manera sistemática los principales acontecimientos vitales de la población: bautismos, matrimonios y defunciones. Sin los archivos eclesiásticos resultaría difícil reconstruir la demografía histórica, así como analizar la evolución y los comportamientos de la población a lo largo de los siglos. Conservamos series documentales completas desde el siglo XVI, con una cobertura prácticamente universal, lo que permite trabajar con una enorme base estadística.
Estos registros hacen posible desarrollar estudios sociales sobre legitimidad, estado civil, oficios, origen geográfico, redes de padrinazgo, movilidad y estructura familiar, así como establecer las bases para el análisis de las crisis demográficas. Y, por supuesto, permiten la reconstrucción familiar, uno de los principales objetivos de muchos de nuestros usuarios.
¿Cómo ha evolucionado el Archivo en los últimos años bajo su dirección? Bueno, llevo cinco meses en el cargo como director, aunque llevo casi veinte años trabajando en el Archivo como técnico. Quizás eso si me dé visión interna muy clara de cómo ha evolucionado la institución y de los retos que tenemos por delante.
El anterior director dejó una huella personal importante y una forma de trabajar que considero valiosa y que merece continuidad. Desde ese punto puedo decir que se consiguió la estabilidad institucional, pero también que, en ese proceso, quizá quedó algo relegada la necesidad de avanzar y adaptarnos. Todo es coherente y funcional pero creo que el Archivo necesita seguir informatizando sus procesos, normalizando procedimientos internos y profundizar en la digitalización de sus fondos. Podríamos usar el símil del remero: si deja de remar, no se mantiene en el mismo punto, comienza a derivar. En instituciones como esta, ocurre algo parecido: hay que seguir avanzando constantemente.
Entre los primeros objetivos que me he marcado está impulsar más iniciativas de difusión cultural que abran el Archivo a la ciudad y lo integren más en la vida cultural gallega. Aún somos menos conocidos de lo que deberíamos, teniendo en cuenta la riqueza del patrimonio documental que custodiamos.
En esa línea hemos iniciado la publicación de una revista especializada, con el objetivo de dar a conocer ese patrimonio y fomentar la investigación. Lo hacemos con ambición, pero también con realismo, trabajando desde la humildad y con lo que a veces llamo “economía de guerrilla”. No me quejo; el Arzobispado de Santiago hace un esfuerzo enorme con nosotros y por eso el objetivo siempre maximizar la inversión.
¿Cuáles son los principales retos actuales? El principal reto, y supongo que el de cualquier archivo histórico, mantener el equilibrio entre conservación y acceso.
En nuestro caso, la demanda de usuarios se ha triplicado desde octubre de 2022, mientras que los recursos humanos y materiales siguen siendo los mismos. El impacto de la Ley de Memoria Democrática ha sido especialmente intenso y todavía arrastramos un retraso de casi tres meses en consultas y certificaciones. La presión sobre el equipo técnico ha sido muy alta y ha puesto a prueba el funcionamiento del Archivo. Eso nos ha obligado a adaptarnos con rapidez y a dar un salto en nuestra forma de trabajar en muy poco tiempo. Sinceramente, si el personal no estuviera tan implicado y comprometido, no habría sido posible sostener el servicio en estas condiciones.
Por eso, entre nuestros retos inmediatos está modernizar la gestión documental: avanzar hacia la emisión de certificados digitales, normalizar descripciones y, sobre todo, hacer que esa información sea más accesible.
Puede parecer que estos son retos ya superados en otros ámbitos, pero cada archivo tiene su propio contexto. El nuestro está en una fase de transformación que requiere planificación, estabilidad y una adaptación constante a retos que son, a la vez, generales del sector y específicos de nuestra institución.
¿Qué papel juega la digitalización? Para nosotros, lograr digitalizar y poner a disposición de los usuarios los casi 30.000 libros parroquiales que custodiamos supondría un punto de inflexión radical. Es el fondo que más sufre y sería, siguiendo el símil que utilizaba antes, aligerar la carga del remero, el esfuerzo seguiría siendo necesario, pero el avance sería más seguro y sostenible.
Desde el punto de vista de la conservación, es claramente el camino adecuado: reducir la manipulación directa de los originales prolonga su vida útil y mejora las condiciones de acceso. Pero plantea nuevos restos, implica inversión económica, formación del personal, planificación técnica, mantenimiento de infraestructuras y una gestión sostenida en el tiempo. Son desafíos importantes, sin duda y más para una institución como esta, pero creemos que es el camino que debemos recorrer si queremos garantizar tanto la preservación como el acceso al patrimonio documental.
¿Existe colaboración con universidades e instituciones? Desde luego. Nuestra colaboración con la Universidad de Santiago de Compostela (USC) y con su Archivo Histórico es directa y fluida. Creo que la relación institucional funciona mejor cuando la relación personal es franca, directa y nace del deseo compartido de trabajar y mejorar.
Este año, por ejemplo, hemos incrementado el número de plazas para programas de prácticas de grado y máster, y la experiencia está siendo muy positiva tanto para los estudiantes como para el propio Archivo. En el plano de colaboraciones más amplias, todavía llevo poco tiempo como director para que hayan fructificado nuevos proyectos institucionales, pero las perspectivas son buenas.
Con las administraciones, tanto autonómica como provincial, la relación es cordial. Los programas de subvenciones han sido fundamentales para sostener y mejorar este Archivo y han repercutido directamente en el servicio que ofrecemos a los usuarios. Siempre podría ser más, naturalmente, pero eso forma parte de la realidad de cualquier institución: como director uno ve sobre todo las necesidades propias, que no siempre encajan con los tiempos y prioridades generales.
¿Qué perfil de usuarios acude habitualmente? Principalmente genealogistas y no solo para la construcción de árboles genealógicos, si no para la consecución de la tan ansiada vinculación y así acceder a la ciudadanía española. Galicia es tierra de emigrantes y la Galicia exterior encuentra en nosotros el amarre legal y emocional con su tierra. Decir que la emoción y, sobre todo en Galicia, la morriña, flota y se hace física en el archivo no es una exageración.
También destacan los historiadores locales y ciudadanos interesados en comprender mejor la historia de sus comunidades. Recibimos investigadores universitarios, aunque en los últimos años la fuerte demanda vinculada a la genealogía y a los procesos administrativos ha condicionado los tiempos y el ritmo del trabajo académico. No es algo negativo en sí mismo, pero nos obliga a buscar fórmulas de organización que permitan equilibrar ambos ámbitos, algo que en estos momentos todavía estamos valorando.
¿Cómo se acerca este patrimonio a la ciudadanía? Buena pregunta. En eso estamos trabajando activamente. Estamos organizando, junto con el Museo Diocesano, nuestro vecino de edificio, actividades culturales y visitas escolares para abrir el Archivo y el Museo a públicos que tradicionalmente no se acercaban a él. Creemos que trabajar con los jóvenes es fundamental para que entiendan que el patrimonio también es suyo y que su conservación es una responsabilidad compartida. No es algo “de viejos”, es algo común, que forma parte de nuestra historia y que nos explica como comunidad.
Creo firmemente que la colaboración institucional y la generación de sinergias culturales son el camino. Abrir el Archivo no significa diluir su identidad, sino integrarlo en una oferta cultural más amplia, sin compartimentos estancos. Publicaciones, conferencias y actividades temáticas organizadas en colaboración con otras instituciones ayudan a mostrar la riqueza y la pluralidad del patrimonio.
El objetivo es que el patrimonio documental no sea percibido como algo oculto o reservado únicamente a especialistas. Nos gustaría que una partida de bautismo pudiera servir tanto como base para una tesis doctoral como para un trabajo escolar o incluso para una conmemoración vecinal. En definitiva, que el Archivo sea entendido como un espacio vivo al servicio de la comunidad.
¿Lo conseguiremos? Estoy seguro de que algo sí y arrancar es la mitad del camino.
¿Relación con el Camino de Santiago? Le doy la vuelta a la pregunta: sería más difícil señalar qué parte de nuestra documentación no tiene relación, directa o indirecta, con el Camino de Santiago.
Somos el archivo del Arzobispado de Santiago de Compostela. Nuestra propia existencia histórica está vinculada al fenómeno jacobeo. Sin el Camino no se entiende la configuración eclesiástica, social y económica de esta diócesis, y por tanto tampoco la documentación que custodiamos.
Es cierto que el Archivo del Cabildo Catedralicio conserva la documentación más directamente vinculada, pero el impacto del Camino va mucho más allá. Las parroquias acogían peregrinos, existían hospitales vinculados a su tránsito, se registraban enterramientos de peregrinos y se documentaban múltiples realidades relacionadas con la movilidad jacobea.
¿Documento representativo? Me pones en un aprieto, es como preguntarme si quiero más a mamá o a papá.
Como te decía, el Pleito Tabera-Fonseca me emociona; ver el acta de bautismo de doña Emilia Pardo Bazán o de don Eduardo Pondal te toca. Pero es apasionante también una nota manuscrita de un párroco explicando cómo elaborar tinta o la carta de un emigrante contando su lucha del día a día al otro lado del océano. Creo que no tenemos un documento estrella; lo que tenemos es una pluralidad de testimonios que reflejan la complejidad de la comunidad en la que se generaron y en la que nos reconocemos.
¿Conservación preventiva? La conservación preventiva es la punta de lanza de cualquier archivo. Es menos visible que una restauración espectacular, pero es mucho más eficaz a largo plazo. Luego está la realidad, claro. Trabajamos con los recursos que tenemos y eso nos obliga a priorizar y adaptarnos. Pero invertir en conservación preventiva es, paradójicamente, la forma más rentable de gestionar un archivo: cada euro destinado a prevenir evita muchos más en restauraciones futuras. Si la documentación llega en buen estado al futuro, es porque alguien ha hecho bien este trabajo invisible.
Formación del personal. Por supuesto, es fundamental. La profesionalización del archivero es clave para garantizar rigor, método y responsabilidad en la gestión del patrimonio documental. El trabajo en un archivo exige una formación muy amplia: archivística, paleografía, legislación patrimonial, gestión documental… y podría seguir. A veces digo que los archiveros tenemos algo de formación renacentista, incluso en la necesidad de seguir aprendiendo constantemente. Cada documento plantea preguntas nuevas. Esa necesidad de investigar y de formarse de manera continua es, al menos para mí, una de las mejores partes de la profesión. En un contexto tecnológico que avanza tan rápido con la digitalización y la inteligencia artificial abriendo nuevos escenarios, la formación sólida es más necesaria que nunca. Sólida, pero también flexible y proactiva.
Futuro en contexto digital Madre mía… Yo lo resumiría en una idea, planificar la incertidumbre. En el caso de los archivos, el futuro digital nos coloca ante una contradicción. Somos garantes de la memoria, y la memoria necesita estabilidad; sin embargo, el entorno digital es inestable. Un libro de bautizados puede haber llegado hasta nosotros después de cuatrocientos años guardado en el armario de una rectoral. Lo digitalizamos, lo abrimos al mundo y mejoramos su conservación al reducir la manipulación del original. Parece que hemos resuelto un problema, pero aparecen otros: la fragilidad de los soportes digitales, la obsolescencia de formatos y la dependencia tecnológica. Eso significa que no sustituimos una tarea por otra; añadimos responsabilidades. Conservamos el original y, al mismo tiempo, debemos garantizar la preservación digital a largo plazo, lo que implica inversión constante, planificación técnica y actualización continua.
Por eso creo que la clave no está en adivinar qué tecnología se impondrá, sino en preparar la institución para adaptarse al cambio. Procedimientos claros, estándares abiertos que permitan migraciones y, sobre todo, formación continua del personal.
El camino, al menos por ahora, es híbrido. Custodiar los originales y gestionar la información digital. Los archivos seguirán siendo garantes de autenticidad y memoria, y en un mundo donde la información es cada vez más volátil, eso no es poca cosa.
Consejo a jóvenes profesionales. Tener una buena formación es fundamental, pero también hay que tener claro que la curiosidad y la vocación son imprescindibles en esta profesión. Son, en realidad, lo que la hace tan interesante y lo que te lleva a asumir la responsabilidad sobre el patrimonio que manejas. Trabajamos con algo tangible y único. Un documento no es “la verdad” en sí mismo, pero es testimonio de una realidad y, a veces, dice más, hasta los errores y los silencios. Por eso el trabajo en archivo es tan fascinante, estás en contacto directo con la memoria concreta de personas y comunidades. Creo que hay que afrontar esta profesión con ilusión y proactividad. No es esperar detrás de un mostrador sacudiendo polvo a papeles viejos. Es una profesión que necesita innovación, renovación y gente despierta. Y también paciencia y resiliencia, porque el archivo es una construcción diaria, de trabajo constante y silencioso. La conservación preventiva de la que hablábamos antes es un buen ejemplo.
¿Qué desconoce el gran público? Creo que desconoce mucho, y lo que conoce a veces está condicionado por ideas desenfocadas o verdades mal entendidas. Somos un archivo de titularidad privada, sí, pero nuestra vocación es abrir el patrimonio a todos en las mejores condiciones posibles. No ocultamos ni seleccionamos la historia a conveniencia. La historia de cualquier institución está llena de luces y sombras, y precisamente ofrecerla con rigor y sin filtros es lo que la legitima, porque dice lo que fue, lo que es y lo que quiere ser. En este archivo trabajan profesionales plenamente conscientes de esa responsabilidad. Por eso creo que debemos trabajar para ser más conocidos, y eso solo se consigue con transparencia, fiabilidad y cercanía. Queremos que nadie perciba acudir a un archivo diocesano como algo intimidante ni que piense que nuestras prácticas son arbitrarias o excluyentes. Nuestro compromiso es claro: conservar, organizar y difundir, sin ocultar nada.
Proyectos futuros. Consolidar un proceso de digitalización sistemático, lo que conlleva descripciones normativas con herramientas digitales que faciliten la consulta de los fondos. Con eso y al mismo tiempo ampliar la difusión cultural y fortalecer la colaboración académica. No es poco, es el camino y tenemos que recorrerlo.







