Entrevista a Alejandro Santa Director General Biblioteca del Congreso de la Nación Argentina

En un contexto en el que las bibliotecas afrontan profundos cambios impulsados por la transformación digital, la sobreinformación y las nuevas demandas sociales, conocer de primera mano la visión de quienes lideran grandes instituciones resulta especialmente valioso. En esta ocasión, en Alquibla conversamos con Alejandro Santa, Director Coordinador General de la Biblioteca del Congreso de la Nación Argentina, una de las instituciones bibliotecarias más relevantes de América Latina.

A lo largo de esta entrevista, Santa repasa su trayectoria profesional, reflexiona sobre el papel de las bibliotecas en el fortalecimiento de la democracia y analiza los principales retos a los que se enfrenta el sector en la actualidad. Además, aborda cuestiones clave como la innovación tecnológica, la alfabetización informacional o la lucha contra la desinformación, ofreciendo una mirada comprometida y actual sobre el presente y el futuro de las bibliotecas.

Una conversación imprescindible para profesionales de la información, gestores culturales y todas aquellas personas interesadas en el impacto social de las bibliotecas en el siglo XXI.

¿Cuál ha sido su trayectoria profesional hasta llegar a ocupar el cargo de Director Coordinador General de la Biblioteca del Congreso de la Nación Argentina y qué hitos destacaría en ese recorrido? Ingresé a la Biblioteca del Congreso de la Nación Argentina como asesor parlamentario en 1985, participando activamente en el trabajo legislativo y en la elaboración de diversos proyectos que posteriormente se convirtieron en ley.

Desde allí desarrollé mi trayectoria profesional atravesando distintas áreas de la institución. En ese recorrido asumí responsabilidades como Subdirector de Modernización y luego como Director de Planeamiento, desde donde impulsé los primeros procesos de microfilmación y digitalización, marcando un punto de partida en la incorporación de tecnología aplicada a la gestión del patrimonio documental.

En 2011 asumí la Dirección Coordinación General, función que ejerzo hasta la actualidad.

Entre los hitos institucionales que marcaron este recorrido, destacaría especialmente el reconocimiento internacional recibido en 2001, cuando la Fundación Bill y Melinda Gates otorgó a la Biblioteca el Premio al Acceso al Conocimiento. Este hecho significó un punto de inflexión, dando inicio a una etapa de fuerte crecimiento y proyección internacional, que incluyó, entre otros logros, a la organización del Congreso Mundial de la Federación Internacional de Asociaciones de Bibliotecarios y Bibliotecas (IFLA) en 2004.

En 2012, inauguré un edificio propio para la Biblioteca del Congreso de la Nación, convirtiéndonos en una de las pocas bibliotecas parlamentarias en contar con un espacio propio de estas características, que alberga un área de microfilmación y digitalización, una editorial, oficinas administrativas y un moderno Espacio Cultural en el que se realizan exposiciones de arte, ciclos de cine, teatro, música, talleres, conferencias y encuentros de lectura y narración, entre otras actividades.

En 2017, la Biblioteca fue designada sede de la Oficina Regional de IFLA para América Latina y el Caribe, consolidando su posicionamiento como referente en la región. En ese marco, en 2021 fui elegido Chair de la División Regional de IFLA para América Latina y el Caribe y, en 2023, asumí como Chair del Consejo Regional, convirtiéndome en el primer latinoamericano en presidirlo y, a raíz de ello, integré la Junta de Gobierno de IFLA en el período 2023–2025.

Este último hito trasciende lo personal: representa un reconocimiento al trabajo sostenido de la institución y ha permitido fortalecer la presencia de América Latina en el escenario internacional, asegurando una voz propia en la conversación global del campo bibliotecario.

 ¿Qué papel considera que desempeña hoy la Biblioteca del Congreso de la Nación Argentina en el acceso a la información y el fortalecimiento de la democracia? La Biblioteca del Congreso de la Nación es el vínculo entre el Parlamento y la sociedad. Tomamos las inquietudes de la ciudadanía y las trasladamos a los legisladores, pero también hacemos el camino inverso y explicamos cómo las leyes afectan la vida cotidiana de las personas. Nacimos como biblioteca parlamentaria hace 167 años, y luego fuimos la primera biblioteca parlamentaria de América Latina en abrir sus puertas al público. Desde entonces sostenemos esa doble responsabilidad: atender a los legisladores y ser una gran biblioteca pública. No son dos misiones que conviven por conveniencia; son dos misiones que se alimentan mutuamente porque para asesorar bien al Congreso hay que tener un oído en la sociedad.

Además, en un contexto de desinformación creciente y de inteligencia artificial que produce contenido a una velocidad que ningún lector puede seguir, la Biblioteca tiene que asumir un rol que antes era más difuso, el de ser un espacio de verificación profesional de la información.

El acceso al conocimiento no es equitativo y es precisamente allí donde orientamos una parte central de nuestro trabajo: la federalización. En un país como la Argentina, que es el octavo más extenso del mundo en términos territoriales, este desafío adquiere una dimensión aún mayor.

Impulsamos iniciativas concretas que nos permiten llegar a todo el territorio. Entre ellas está el Bibliomóvil, un ómnibus que recorre el país acercando libros y recursos culturales a comunidades alejadas de los grandes centros urbanos —cuenta con más de 600.000 kilómetros recorridos—; y nuestra participación en el Tren de Capital Humano, una formación ferroviaria que lleva servicios educativos y culturales a poblaciones con acceso limitado de todo el país.

Las bibliotecas somos espacios seguros. Lugares donde la información protege, ayuda a encontrar trabajo, entender derechos y participar. Eso también es fortalecer la democracia.

¿Cómo ha evolucionado la Biblioteca en los últimos años en términos de servicios, colecciones y relación con la ciudadanía? La transformación ha sido profunda. Recibimos a una gran cantidad de usuarios cada día en nuestras sedes y el año pasado la Sala Pública de Lectura tuvo un 15 % más de asistentes que el anterior. Pero ese número no es solo un dato para un informe anual, es una herramienta. Nos dice qué estamos haciendo bien, qué necesita la gente, qué tenemos que ajustar. Las estadísticas de uso son parte de nuestro sistema de gestión de calidad, sin ellas las decisiones serían intuición pura.

Más allá de los números, lo que cambió es el concepto. Pasamos de ser un lugar donde uno venía a buscar un libro en silencio a ser un espacio donde la gente viene a pasar el día, a crear, a conectarse con otros. Iniciamos el 2026 abriendo nuevas salas: la Sala Luis Alberto Spinetta, para streaming y producción audiovisual, y la Sala Parlante Papa Francisco, donde no es necesario guardar silencio estricto, pensada para el trabajo en equipo y el intercambio. Son espacios abiertos a todo público, pero también una invitación concreta a los más jóvenes y a las nuevas formas de trabajar: el coworking, el encuentro, la producción colaborativa. Estas aperturas no son arbitrarias, son el resultado directo de escuchar a nuestros usuarios. Nuestro sistema de gestión de calidad nos permite relevar, sistematizar y actuar sobre lo que la gente nos pide.

También hemos avanzado en sustentabilidad, algunos de nuestros edificios ya cubren el 30 % de su consumo energético con paneles solares y reciclamos agua.

Además, impulsamos acciones solidarias, como el Programa de Reciclado y Medio Ambiente, con la donación de papel a la Fundación Hospital de Pediatría Prof. Dr. Juan P. Garrahan, un centro pediátrico de referencia en Argentina. Este material se incorpora a su programa de reciclado, generando fondos que contribuyen al apoyo de la salud infantil y al cuidado del medio ambiente; por eso, somos una biblioteca verde comprometida con la sustentabilidad.

 ¿Cuáles son los principales retos a los que se enfrenta actualmente una biblioteca parlamentaria en un contexto digital y de sobreinformación? El principal desafío no es competir con las herramientas digitales de acceso inmediato a la información, sino posicionarnos como un complemento indispensable. Mientras hoy cualquier ciudadano puede acceder a diversos contenidos en segundos, las bibliotecas aportamos el método: evaluamos y organizamos con criterio, dando sentido y contexto a la información.

En eso reside nuestra diferencia: el rigor, la imparcialidad y la experiencia institucional acumulada. Cada consulta es una oportunidad para investigar, analizar y también anticipar necesidades informativas. Esa labor se traduce en productos concretos —guías temáticas, infografías, informes y compilaciones bibliográficas verificadas— que orientan al usuario y le evitan navegar sin rumbo en un entorno saturado de información.

El gran desafío, entonces, es enfrentar la sobreinformación garantizando calidad y confiabilidad, y al mismo tiempo anticiparse a los cambios tecnológicos y sociales. Las bibliotecas deben consolidarse como espacios que no solo respondan a las demandas actuales, sino que también proyecten escenarios futuros.

En una sociedad atravesada por el exceso de información, tenemos algo irreemplazable para ofrecer. El reto es, también, que eso se comprenda: acercarnos a los usuarios con un lenguaje claro, accesible, que refleje con precisión quiénes somos y cuál es el valor que aportamos.

¿Qué iniciativas se llevan a cabo para acercar la Biblioteca a nuevos públicos, especialmente a los más jóvenes? El desafío es acercarnos a ellos desde la comprensión de sus intereses y formas de vincularse con la cultura y la información. A partir de allí, desarrollamos propuestas concretas y diversas, pensadas para cada público.

Lo que ofrecemos tiene que ser concreto. Armamos desde talleres de teatro para jóvenes y talleres de inteligencia emocional para público escolar, hasta actividades lúdicas para toda la familia, como lo fue la sala de escape basada en Harry Potter que invitó a jugar dentro de la Biblioteca, a descubrirla de otra manera. La nueva sala de streaming está pensada para quienes quieren producir contenido (podcasts, transmisiones en vivo, material audiovisual) y no tienen un espacio profesional para hacerlo. La sala parlante, en cambio, es un espacio de coworking y trabajo colaborativo, considerado para las nuevas formas de trabajar que el mundo laboral exige hoy.

Ofrecemos también cine, teatro y musicales gratuitos. Talleres que van desde historia del arte hasta tango. La idea es que la Biblioteca sea un lugar donde pasarla bien, no solo un espacio de silencio e introspección.

¿Cómo se gestiona el equilibrio entre la preservación del patrimonio documental y la necesidad de innovación tecnológica? Me gusta decir que el libro es tecnología de punta: no necesita energía, no necesita servidores, no se queda sin batería. Frente a cualquier apagón, el libro funciona. Eso no es una postura romántica, es una afirmación técnica. Y es el punto de partida para entender cómo pensamos la tecnología acá, es decir, como una herramienta al servicio de la preservación, no un fin en sí mismo.

Un ejemplo concreto, en 2024 colaboramos con el Senado de la Nación en la digitalización del manuscrito original de la Constitución de la Confederación Argentina de 1853. No fue una digitalización de rutina. Se trabajó con estándares archivísticos internacionales, metadatos que garantizaron la trazabilidad del documento y una resolución que permitió ver el trazo caligráfico, la textura del papel. Así, el original queda preservado; la copia digital certificada y accesible desde cualquier lugar del mundo. Eso es lo que entendemos por innovación al servicio del patrimonio.

Después está la otra cara de la innovación, la que transforma la experiencia del usuario dentro de la Biblioteca. Hoy una persona puede venir a grabar un podcast, hacer una transmisión en vivo, trabajar en un espacio de coworking con pantallas, reunirse con su equipo. Eso también es innovación y parte de lo que somos. La infraestructura tiene que estar a la altura de cómo la gente trabaja, estudia y crea hoy. Si no, la Biblioteca queda como un museo de sí misma.

En ese equilibrio vivimos. Con un laboratorio de conservación de documentos históricos que convive con salas equipadas para la producción digital. No son mundos opuestos, son mundos que tienen que trabajar juntos, aunque no siempre vayan a la misma velocidad.

¿Qué proyectos de digitalización destacaría dentro de la Biblioteca del Congreso de la Nación Argentinay qué impacto están teniendo? Lo que distingue este proyecto de otros esfuerzos de digitalización institucional es que hemos desarrollado nuestro propio software con asistencia de inteligencia artificial. No dependemos de soluciones de terceros ni esperamos que un proveedor externo entienda las particularidades de nuestro acervo, construimos las herramientas nosotros mismos, a medida, en tiempos que antes habrían sido impensables.

Esto marca un antes y un después en la autonomía técnica de la Biblioteca. Un equipo con perfil bibliotecológico puede hoy diseñar, iterar y desplegar herramientas dedicadas a sectores específicos de su trabajo. La IA oficia aquí como par de trabajo en el taller: no reemplaza el saber profesional, lo amplifica y lo hace ejecutable.

Los desarrollos abarcan desde la gestión y modificación de metadatos hasta lógicas más sofisticadas como la inyección de marcas de agua que responden a variables propias de cada imagen —temperatura de color, proporción del soporte—. Cada uno de estos programas nació de una necesidad real, fue construido en diálogo con la IA, y resuelve problemas concretos que el software comercial no contemplaba o resolvía con fricciones inaceptables.

¿Qué papel juegan los profesionales de la información en el funcionamiento diario de la institución y qué competencias considera esenciales hoy en día? Cuando hablo de competencias esenciales, empiezo por el compromiso con el usuario, la capacidad de trabajar en equipo y, sobre todo, la empatía genuina: saber escuchar y entender qué necesita la sociedad.

El profesional de la información hoy es un guía. Alguien que ayuda a navegar un ecosistema donde la información circula a una velocidad que ningún usuario puede seguir solo. Detrás de cada respuesta hay un trabajo que muchas veces no se ve: ordenar, catalogar, curar información y garantizar que lo que llega al usuario es confiable y está verificado. Ese trabajo es el que sostiene todo lo demás, lo que nos hace irremplazables frente al avance de la tecnología.

Después vienen las herramientas concretas, el fundraising, las estrategias de alianzas, la planificación y el conocimiento de las tecnologías emergentes. Y algo que me parece fundamental hoy, que es la capacidad de defender la profesión con argumentos claros, en el espacio público y privado.

¿Cómo se articula la colaboración de la Biblioteca con otras instituciones culturales, académicas o bibliotecarias, tanto en Argentina como a nivel internacional? La colaboración es un eje central de nuestra gestión, la entendemos como práctica concreta para la construcción institucional.

Hemos fortalecido vínculos con IFLA y otras redes internacionales, promoviendo una mayor inserción global. La designación de la Biblioteca del Congreso de la Nación como sede de la Oficina Regional de IFLA para América Latina y el Caribe en 2017 es una expresión clara de ese proceso. A su vez, la participación activa en la Red de Bibliotecas Parlamentarias de América Latina y el Caribe nos permite articular esfuerzos regionales, intercambiar experiencias e impulsar agendas comunes.

Este trabajo se complementa con una agenda sostenida junto a organismos internacionales, como Naciones Unidas y la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI), con quienes desarrollamos convenios de cooperación, actividades culturales, programas educativos y espacios de intercambio sobre temas estratégicos para el sector.

En el plano nacional, desarrollamos una articulación permanente con universidades, institutos de educación superior y otras instituciones educativas, tanto públicas como privadas, que nos permite construir un vínculo activo con la comunidad académica. En este marco, impulsamos programas de pasantías, prácticas profesionales e instancias de intercambio orientadas a la formación de estudiantes en áreas vinculadas a la gestión de bibliotecas, archivos y patrimonio documental.

Estas experiencias no solo acompañan los procesos formativos, sino que también enriquecen el trabajo institucional, generando un espacio de aprendizaje mutuo entre la práctica profesional y el ámbito académico.

Asimismo, promovemos iniciativas conjuntas que incluyen desde el desarrollo de agendas de trabajo compartidas hasta la realización de actividades culturales, proyectos de promoción de la lectura y acciones de alcance territorial.

Creemos que el crecimiento institucional solo es posible en red. La cooperación no es un complemento, es la condición que permite ampliar capacidades, compartir conocimiento y construir respuestas más sólidas frente a los desafíos comunes.

¿Qué importancia tiene la alfabetización informacional en el contexto actual y cómo se fomenta desde la Biblioteca? Es central. Creo que hoy las bibliotecas tenemos que posicionarnos con claridad en ese rol: somos los lugares de verificación de la información por excelencia. Esto no es una declaración de intenciones, sino una de nuestras funciones concretas.

Pero alfabetizar informativamente no es solo enseñar a usar una base de datos. Es explicar cómo llega la información a las personas y cómo interpretarla. Es trabajar sobre el proceso, no solo sobre el resultado. Y en el ámbito parlamentario eso tiene una dimensión adicional muy importante, debemos fomentar el lenguaje claro para que la ciudadanía pueda comprender las leyes y la información pública sin necesidad de intérpretes. La alfabetización se constituye en que una persona sin formación jurídica pueda leer una norma y entender qué dice. Eso también es democracia.

Tenemos proyectos federales como los que ya he mencionado, el Bibliomóvil, El Tren de Capital Humano y muestras itinerantes. Además, contamos con una Sala Marrakech, diseñada para personas con discapacidad visual y auditiva, que en cumplimiento con las normas del Tratado de Marrakech para ofrecer acceso gratuito a libros sin barreras de derechos de autor.

¿Cómo valora el papel de las bibliotecas en la lucha contra la desinformación y la promoción del pensamiento crítico? La desinformación es uno de los problemas más serios que enfrenta la democracia hoy. Y las bibliotecas tenemos algo concreto para aportar, no decimos qué pensar, ayudamos a pensar mejor.

Nuestro rol no es solo custodiar libros, sino mediar activamente entre la información y las personas. Eso significa explicar cómo llega la información a los usuarios, ayudarlos a identificar sesgos y a no aceptar datos sin cuestionarlos. Se requiere que el bibliotecario esté presente, que escuche, que entienda las necesidades reales de su comunidad, algo que ningún algoritmo puede reemplazar.

En el ámbito parlamentario eso tiene una dimensión adicional. Si los legisladores debaten con información de mala calidad, las leyes que producen también serán de mala calidad. Parte de nuestra responsabilidad es asegurarnos de que eso no ocurra. Es por eso que ponemos al servicio de los legisladores y la ciudadanía informes sobre temas en debate o de interés general y Dossiers Legislativos.

Y después está la dimensión cultural. Los talleres de teatro, poesía y arte que ofrecemos no son accesorios, son parte de la misma misión. Frente a la saturación de datos y algoritmos, la Biblioteca sigue siendo un lugar donde la gente se encuentra, conversa y piensa junto a otros. Eso también cuenta.

¿Qué servicios específicos ofrece la Biblioteca a los legisladores y cómo contribuyen al proceso parlamentario? Un legislador que trabaja con información de calidad produce mejores leyes. Ese es el núcleo de nuestra función parlamentaria.

Para ello, contamos con una Unidad de Investigación y Vinculación Científica que produce investigación especializada, documentación comparada y asistencia bibliográfica para las comisiones. Además, articula el trabajo de la Biblioteca con universidades e instituciones científicas, tanto nacionales como internacionales, poniendo ese conocimiento al servicio del proceso legislativo.

También ofrecemos acceso a material de jurisprudencia y fuentes documentales que sirven de base para la elaboración de informes e investigaciones que, en muchos casos, se traducen en proyectos de ley.

Al mismo tiempo, incorporamos una dimensión territorial a este trabajo. A través del ya mencionado Bibliomóvil acercamos recursos, información y servicios a distintas provincias, lo que permite fortalecer la asistencia a comisiones técnicas y acompañar el trabajo legislativo en territorio. Esto posibilita que los propios legisladores puedan potenciar su tarea, articulando acciones en distintas regiones y llegando a comunidades alejadas de las capitales y de los grandes centros urbanos.

Sostenemos la convicción de que las bibliotecas parlamentarias deben ser abiertas al público. Para asesorar adecuadamente al Congreso es indispensable mantener un vínculo activo con la sociedad, comprender sus demandas y escuchar de manera directa las realidades del territorio. Ambas dimensiones —la técnica y la pública— no solo conviven, sino que se fortalecen mutuamente.

¿Cómo se están incorporando tecnologías emergentes como la inteligencia artificial en la gestión y difusión de la información? La visión institucional es que la inteligencia artificial es una herramienta complementaria, no un sustituto. Como ocurrió con la llegada de internet, entendemos que cada innovación tecnológica debe transformarse en un nuevo servicio, gestionado profesionalmente.

El componente humano de las bibliotecas es inamovible. El soporte de información cambió infinitas veces, lo que no cambió es que alguien tiene que dar sentido a esa información, contextualizarla, ponerla al servicio de las personas. Usamos tecnología, la estudiamos y la integramos.

¿Qué visión de futuro tiene para la Biblioteca del Congreso de la Nación Argentina en los próximos años? Queremos una biblioteca que sea motor de cambio social, que no sea centralista y que llegue a donde otros no llegan.

Y cuando digo que llegue a donde otros no llegan, nos referimos a que Argentina es un país enorme y diverso. La visión es seguir federalizando, fortalecer las redes de bibliotecas, sostener los servicios móviles y asegurarnos de que nadie quede excluido de los beneficios de la información por falta de recursos o por vivir lejos de un centro urbano. La tecnología tiene que ser parte de esa solución, no una nueva barrera.

Para eso también necesitamos una política de alianzas más amplia. No solo con instituciones públicas, sino también con el sector privado, organizaciones de la sociedad civil, universidades y en foros internacionales. Vincularnos, escucharnos, aprender de otros sectores y forjar acuerdos de cooperación.

Debemos tener una respuesta concreta para cada persona que cruza la puerta de la institución de manera presencial como virtual. Y, mientras, seguir siendo un espacio donde uno puede pasarla bien.

 

¿Qué consejo daría a quienes desean dedicarse profesionalmente al ámbito de las bibliotecas y la gestión de la información en instituciones públicas? La profesión tiene un valor enorme. Participen, estén presentes en otros espacios, en otros ámbitos, no se queden solo dentro de la biblioteca.

Y sigan profesionalizándose. No nos cerremos sobre nuestro propio trabajo, dialoguemos con otras disciplinas, otros sectores y otras instituciones. El bibliotecario de hoy no gestiona solo información; ayuda a formar ciudadanos críticos, es un guía en un ecosistema de información cada vez más complejo. Eso requiere seguir aprendiendo y no tenerle miedo a redefinir el rol.

La tecnología va a seguir avanzando, y eso está bien. Pero el criterio, la escucha y la capacidad de entender qué necesita realmente la persona que tenés enfrente no va ser reemplazado por ningún algoritmo. Ahí está el valor de esta profesión.

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