Entrevista a Elisa Yuste consultora en cultura y lectura digital

En un momento en que la lectura convive con nuevos formatos, plataformas digitales e inteligencia artificial, resulta imprescindible reflexionar sobre cómo están cambiando nuestras formas de acceder al conocimiento y relacionarnos con los textos. En Alquibla entrevistamos a Elisa Yuste, consultora especializada en lectura, cultura digital y mediación lectora, para conocer su visión sobre los desafíos y oportunidades que plantea la transformación digital. A lo largo de esta conversación, aborda el papel de las bibliotecas, la importancia de la mediación, la construcción de comunidades lectoras y las claves para fomentar una lectura crítica, significativa y accesible en la sociedad actual.

Elisa, ¿cómo ha influido su formación y su curiosidad por el mundo digital en la decisión de orientar su carrera hacia el análisis de la lectura en entornos tecnológicos y la mediación lectora en la era digital? De pequeña no me gustaba especialmente leer y, sin embargo, acabé estudiando Filología. Siempre digo que tiene algo de contradicción. Lo que realmente me interesaban eran los idiomas y quería dedicarme a la traducción. Como no superé la prueba de acceso, opté por Filología Inglesa pensando que sería una solución provisional. Lo que ocurrió fue que descubrí un campo que me fascinó y terminé cursando también Filología Hispánica.

Esa formación me dio una mirada muy amplia sobre los textos, la lectura y los procesos de construcción de significado. Años después, cuando empecé a trabajar de forma independiente, me interesé por los cambios que estaban transformando nuestra relación con la información, la cultura y la lectura. Mi colaboración con Javier Celaya y Dosdoce.com fue especialmente importante en ese proceso.

Más que la tecnología en sí misma, me interesaba comprender cómo esos nuevos entornos modificaban las prácticas lectoras y qué implicaciones tenían para la formación de lectores. Entendí que, igual que aprendemos a leer críticamente textos impresos, también necesitamos desarrollar competencias para leer en entornos digitales. Con el tiempo, ese interés me llevó cada vez más hacia la mediación lectora: cómo acompañamos a las personas en sus encuentros con la lectura, más allá del soporte en el que se produzcan.

A lo largo de su trayectoria ha trabajado entre el ámbito cultural, educativo y tecnológico, ¿de qué manera cree que estos tres espacios deben dialogar para construir nuevos modelos de promoción de la lectura? Creo que cultura, educación y tecnología deben dialogar desde el inicio de cualquier proyecto, no incorporarse por capas ni funcionar como compartimentos separados. La cultura aporta profundidad y sentido; la educación, procesos de aprendizaje y acompañamiento; y la tecnología, nuevas posibilidades de acceso, participación y creación. El problema aparece cuando una de estas dimensiones se impone sobre las demás o cuando se utiliza la tecnología solo para modernizar algo que no se ha pensado de fondo.

En promoción de la lectura, lo importante es partir de una pregunta común: qué experiencia queremos generar y para quién. A partir de ahí tiene sentido elegir los recursos, los lenguajes, los formatos y las estrategias de mediación. Los proyectos más sólidos no son necesariamente los más tecnológicos, sino los que conocen bien a sus públicos y los materiales con los que trabajan. Cuando cultura, educación y tecnología se articulan desde una mirada compartida, aparecen propuestas más significativas, más inclusivas y más capaces de construir relación con los lectores.

En su experiencia como consultora, ¿qué errores o ideas preconcebidas observa con más frecuencia cuando instituciones o proyectos intentan incorporar la lectura digital en sus programas? El error más frecuente es pensar que incorporar lectura digital consiste simplemente en adquirir dispositivos, contratar una plataforma o poner a disposición un catálogo de contenidos. Todo eso puede ser necesario, pero no garantiza una experiencia lectora significativa. La tecnología crea posibilidades, pero no sustituye el proyecto cultural ni la mediación.

También se tiende a trasladar al entorno digital las mismas dinámicas que ya se hacían en papel o en presencial, sin revisar qué cambia en la forma de acceder, leer, compartir o participar. Digitalizar una actividad no es lo mismo que diseñarla para entornos digitales.

Otra idea que conviene superar es que la lectura digital sea necesariamente más superficial o menos legítima que la lectura en papel. El debate no debería plantearse como una oposición entre soportes, sino como una reflexión sobre qué aporta cada formato, en qué contextos y con qué acompañamiento. El verdadero riesgo no está en lo digital, sino en diseñar experiencias pobres o no mediarlas adecuadamente.

La lectura siempre ha estado ligada a la evolución de los soportes, desde el manuscrito hasta el libro impreso, ¿considera que el momento actual representa un cambio de paradigma similar en la historia de la cultura escrita? La comparación con la imprenta puede ser útil si no la entendemos de forma literal. La imprenta transformó la producción, la circulación y el acceso al conocimiento escrito. Hoy también están cambiando esas dimensiones, aunque de otra manera: no solo se modifican los soportes, sino también las formas de descubrir, recomendar, comentar, reutilizar y compartir los textos.

Creo que estamos ante una reconfiguración profunda de la cultura escrita. El lector ya no ocupa únicamente el lugar de receptor; también participa, recomienda, conversa, produce contenido a partir de lo leído y forma parte de comunidades que no dependen necesariamente de un espacio físico.

Aun así, hay algo que permanece: la necesidad humana de encontrar sentido, de reconocernos en las palabras de otros y de ampliar nuestra mirada. Cambian los soportes y las prácticas, pero sigue siendo fundamental la mediación: los contextos, las recomendaciones y las conversaciones que ayudan a que la lectura se convierta en una experiencia significativa.

En un entorno saturado de contenidos y estímulos digitales, ¿qué papel cree que debe desempeñar hoy la figura del mediador de lectura para ayudar a los lectores a encontrar obras significativas? Hoy el mediador no solo acompaña el encuentro entre una persona y una obra; también ayuda a orientarse en un ecosistema mucho más amplio, abundante y fragmentado. Las funciones tradicionales de seleccionar, recomendar y contextualizar siguen siendo importantes, pero ahora se suma una tarea decisiva: ayudar a construir criterio.

Encontrar una obra significativa no significa necesariamente encontrar el libro más premiado o el más adecuado según una categoría externa, sino una obra que llega en un momento oportuno y dialoga con una pregunta, una emoción, una necesidad o una curiosidad de quien lee.

En ese sentido, el mediador aporta algo que un algoritmo no puede ofrecer del mismo modo: interpretación del contexto humano. Puede escuchar una duda, percibir una resistencia, atender una biografía lectora o proponer un desplazamiento hacia algo que la persona no habría elegido sola. En un entorno de exceso de opciones, la mediación no reduce la diversidad; la hace habitable.

Su trabajo también pone el foco en la infancia y la juventud, ¿cómo cree que las experiencias lectoras tempranas en entornos digitales pueden influir en la construcción de la identidad lectora de una persona? Creo que es fundamental distinguir entre usar una pantalla y vivir una experiencia lectora digital valiosa. No todas las experiencias que ocurren en una pantalla son equivalentes: una aplicación de lectura, una ficción digital, una videollamada o una sucesión infinita de vídeos breves implican formas muy distintas de relación con el lenguaje, la atención y la imaginación.

Una buena experiencia lectora digital temprana puede despertar curiosidad, favorecer la comprensión, estimular la imaginación y generar deseo de seguir explorando historias, conocimientos o preguntas. Lo importante no es la sofisticación tecnológica, sino la calidad de la relación que se crea con los contenidos, con otras personas y con uno mismo.

Por eso el acompañamiento sigue siendo central. Familias, escuelas, bibliotecas y mediadores ayudan a construir vínculos afectivos, herramientas críticas y oportunidades de descubrimiento. Haber nacido rodeado de tecnología no significa saber leerla de forma crítica. La competencia digital, igual que la competencia lectora, se aprende y se acompaña.

Desde su perspectiva, ¿qué características debería tener hoy una biblioteca que aspire a ser un verdadero laboratorio de innovación en torno a la lectura? Un bibliolab no es una biblioteca llena de dispositivos, sino una biblioteca capaz de experimentar con sus formas de relación con la comunidad. Me interesan las bibliotecas que han dejado de pensarse solo como espacios de préstamo o consulta y se han convertido en infraestructuras culturales de proximidad: lugares para leer, aprender, crear, encontrarse y participar.

La innovación real no está en incorporar una herramienta nueva, sino en cambiar la lógica de relación. Una biblioteca innovadora escucha a su comunidad, incluidos quienes todavía no llegan a ella; media entre personas, lecturas, información, tecnologías y experiencias; y revisa sus formas de hacer para responder mejor a los cambios sociales y culturales.

La tecnología debe estar al servicio del proyecto bibliotecario, no al revés. Su papel puede ser muy valioso si se utiliza con criterio: para reducir brechas, ampliar accesos, favorecer la participación y acompañar a la ciudadanía en una cultura digital más consciente. Una biblioteca innovadora no es solo una biblioteca actualizada, sino una biblioteca viva.

En su contacto con profesionales del libro y de la educación, ¿percibe diferencias en la forma en que distintos países o contextos culturales están abordando la relación entre lectura y tecnología? Sí, aunque conviene evitar generalizaciones. Ni España ni América Latina son realidades homogéneas, y dentro de cada país existen contextos muy distintos. Dicho esto, sí observo matices. En España, la conversación sobre lectura y tecnología suele estar vinculada a la transformación de servicios ya existentes: bibliotecas públicas, préstamo digital, planes lectores, proyectos educativos o mediación en entornos híbridos.

En muchos contextos latinoamericanos, en cambio, he visto una relación muy fuerte entre lectura, tecnología, territorio y desigualdad. La tecnología no se plantea solo como innovación, sino también como posibilidad de acceso, presencia cultural y participación comunitaria.

Lo que marca la diferencia no es un único factor, sino la existencia de un ecosistema: políticas públicas, recursos, formación profesional, mediación, continuidad y evaluación. También creo que podemos aprender mucho de proyectos que, incluso con pocos recursos, trabajan desde una gran inteligencia comunitaria. Nos recuerdan que innovar no siempre es incorporar más tecnología, sino escuchar mejor al territorio y construir vínculos.

La innovación suele asociarse a la tecnología, pero no siempre implica cambios profundos en las prácticas culturales, ¿qué entiende usted realmente por innovación cuando hablamos de lectura y acceso al conocimiento? Para mí, una innovación que merece ese nombre es aquella que transforma una práctica, una relación o una posibilidad de acceso. No basta con que algo sea nuevo, llamativo o tecnológicamente sofisticado; tiene que producir un cambio significativo.

En lectura, innovar no consiste simplemente en incorporar herramientas nuevas, sino en crear mejores condiciones para que más personas puedan acceder, comprender, disfrutar, compartir y apropiarse de la cultura escrita. Una innovación auténtica reduce barreras, amplía posibilidades, genera vínculos y permite que una comunidad se relacione de otra manera con los textos y el conocimiento.

Por eso distingo entre novedad e innovación. La novedad tiene que ver con lo reciente; la innovación, con el impacto. Algo puede ser muy nuevo y no cambiar nada, mientras que una práctica aparentemente sencilla puede transformar profundamente la relación de una comunidad con la lectura. Innovar en lectura no es añadir tecnología a lo que ya hacíamos, sino repensar cómo creamos experiencias más significativas, inclusivas y vivas.

En un momento en el que se habla mucho de inteligencia artificial, algoritmos y plataformas digitales, ¿qué oportunidades y riesgos cree que estos sistemas pueden tener para la diversidad cultural y editorial? La inteligencia artificial puede ayudarnos a explorar, organizar y conectar información de formas nuevas. En el ámbito de la lectura y la cultura, puede facilitar procesos de descubrimiento, accesibilidad, traducción, análisis de colecciones o personalización de itinerarios lectores. Me interesa especialmente cuando se pone al servicio de la mediación: hacer visibles fondos poco conocidos, adaptar materiales o abrir nuevas puertas de entrada a la cultura escrita.

El riesgo aparece cuando confundimos eficiencia con sentido. Si dejamos que los sistemas algorítmicos organicen solos nuestra relación con la lectura, podemos acabar reforzando únicamente lo más previsible, lo más demandado o lo que genera más datos. Eso puede empobrecer la bibliodiversidad y dejar fuera lenguas minoritarias, editoriales pequeñas, obras de fondo o propuestas menos clasificables.

Por eso bibliotecas, mediadores y editores deben desempeñar un papel activo y crítico. No se trata de rechazar estos sistemas, sino de comprenderlos, exigir transparencia y complementarlos con criterio humano.

Muchos proyectos de fomento lector buscan atraer nuevos públicos, ¿qué estrategias considera más eficaces para despertar la curiosidad lectora en personas que no se identifican inicialmente como lectoras? Lo primero es revisar qué entendemos por lector. Durante mucho tiempo hemos asociado la identidad lectora a determinados formatos, géneros o prestigios culturales: leer novelas, leer muchos libros, leer en papel o leer ciertos autores. Como consecuencia, muchas personas quedan fuera de esa imagen, aunque lean constantemente en otros contextos y formatos.

Las estrategias más eficaces son las que parten de la escucha y no del juicio. No se trata de decir “deberías leer más”, sino de preguntar qué interesa, qué emociona, qué preocupa o qué lenguajes forman ya parte de la vida de las personas. La imagen, el audio, las narrativas transmedia, la ficción digital o las redes pueden ser puertas de entrada muy valiosas si se acompañan con criterio.

La curiosidad se despierta cuando la lectura se vincula con el descubrimiento, la conversación, el juego, la identidad o la pertenencia. Más que preguntarnos cómo hacer que la gente lea más, deberíamos preguntarnos cómo crear experiencias en las que más personas se sientan invitadas y reconocidas.

En su trabajo de análisis y evaluación de contenidos digitales, ¿qué señales le indican que un proyecto de lectura digital tiene verdadero potencial educativo y cultural? Lo primero que me interesa es que el proyecto tenga una pregunta clara detrás. Que no nazca solo de una herramienta, una tendencia o una convocatoria, sino de una necesidad bien observada. Un proyecto con potencial sabe a quién quiere llegar, qué barreras identifica y qué experiencia lectora quiere generar.

También valoro mucho la coherencia entre contenidos, diseño, accesibilidad, usabilidad y mediación. En un proyecto de lectura digital, la experiencia de usuario no es una capa técnica que se añade al final: forma parte de la propuesta cultural y educativa. Si una persona se pierde, se frustra o siente que el entorno no está pensado para ella, la experiencia se rompe antes de empezar.

Más allá de descargas o usuarios registrados, me interesan los indicadores de apropiación y continuidad: si las personas vuelven, recomiendan, participan, descubren nuevos contenidos o amplían sus prácticas lectoras. En cultura, no todo lo importante cabe en una métrica inmediata.

La lectura también es una experiencia emocional y social, ¿cómo pueden los entornos digitales favorecer la creación de comunidades lectoras más participativas? Una comunidad lectora no es simplemente un grupo de personas que leen el mismo libro, sino un espacio de relación construido alrededor de la lectura. Hay comunidad cuando las personas comparten descubrimientos, preguntas, emociones, interpretaciones o desacuerdos y sienten que su voz tiene un lugar.

Los entornos digitales pueden favorecer estas comunidades porque permiten sostener la conversación más allá del espacio físico y abrir formas de participación más diversas. No todo el mundo interviene igual en un encuentro presencial: hay personas que se expresan mejor escribiendo, compartiendo una cita, grabando un audio o dejando una reflexión breve.

El riesgo es confundir comunidad con acumulación de interacciones. Muchos comentarios o seguidores no significan necesariamente una conversación lectora sólida. Por eso la mediación sigue siendo importante: para aportar contexto, abrir preguntas, introducir diversidad, cuidar los ritmos y favorecer la escucha. Una comunidad lectora digital funciona cuando no solo genera actividad, sino vínculo y deseo de seguir leyendo.

A lo largo de su carrera ha observado múltiples transformaciones en el sector del libro, ¿qué cambios le han sorprendido más y cuáles cree que todavía están por llegar? Más que una transformación concreta, me ha sorprendido la capacidad del libro para convivir con cambios que en algunos momentos parecían amenazarlo directamente. Han crecido la lectura digital, el audiolibro, las plataformas, las redes sociales, la autoedición, la prescripción algorítmica y ahora la inteligencia artificial. Y, sin embargo, el libro no ha desaparecido; se ha integrado en un ecosistema mucho más amplio.

Una predicción que no se cumplió fue la sustitución rápida del libro impreso por el digital. La realidad ha sido más compleja: el papel no ha desaparecido, el digital no ha fracasado y el audio ha adquirido identidad propia.

Creo que la gran transformación pendiente está en el descubrimiento lector. Cada vez será más importante cómo encuentran las obras a sus lectores y cómo los lectores se orientan en un entorno abundante, automatizado y fragmentado. La próxima década estará marcada por la capacidad de combinar tecnología, datos, comunidades, bibliotecas, librerías, editoriales y mediadores humanos sin reducir la lectura a consumo de contenidos.

Mirando hacia el futuro, ¿qué papel cree que tendrán las bibliotecas y los mediadores culturales en la construcción de una ciudadanía crítica en un mundo cada vez más digitalizado? Las bibliotecas y los mediadores serán más importantes que nunca porque ofrecen algo esencial: espacios de confianza, acceso y orientación en un entorno informativo cada vez más abundante y desigual. La biblioteca no es solo un lugar donde encontrar libros o recursos; es un espacio donde aprender a formular preguntas, contrastar, interpretar y convivir con puntos de vista diversos.

Frente a la desinformación, la polarización y la sobreabundancia informativa, los mediadores aportan contexto. Ayudan a comprender cómo circula la información, qué emociones moviliza, qué intereses puede haber detrás y qué herramientas necesitamos para leerla críticamente.

Creo que bibliotecas y mediadores deben estar comprometidos con el acceso, la equidad, la libertad intelectual y la diversidad cultural. No se trata de imponer una visión única, sino de garantizar que muchas voces puedan estar presentes. Si pierden relevancia, dejamos la relación con la información y la cultura en manos de lógicas comerciales, algorítmicas o fragmentadas. Y eso afecta directamente a la calidad de la vida democrática.

Algo que añadir… Quizá solo subrayaría que hablar hoy de lectura implica hablar también de acceso, mediación, criterio, comunidad y ciudadanía. En un mundo cada vez más abundante en información y estímulos, leer no significa únicamente descifrar textos, sino aprender a orientarse, interpretar, elegir, conversar y construir sentido.

La tecnología no sustituye la mediación, pero sí nos obliga a repensarla. Ahí tenemos un reto apasionante para bibliotecas, escuelas, instituciones culturales, editores y mediadores: crear condiciones para que más personas puedan relacionarse con la lectura de manera significativa, crítica y viva.

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