El cine, la escritura y la comunicación pueden parecer caminos diferentes, pero en la trayectoria de Lorenzo Ayuso confluyen en una misma necesidad: contar historias y encontrar nuevas formas de mirar la cultura audiovisual. Director, guionista, crítico, escritor y profesional de la comunicación, Ayuso ha construido una carrera marcada por la curiosidad, la observación y el diálogo constante entre la creación y el análisis. En esta entrevista para Alquibla, conversamos con él sobre su relación con el cine, el papel de la crítica en un mundo hiperconectado, la comunicación cultural y sus trabajos más recientes, como Van Damme. El héroede Vitruvio y la coordinación del volumen dedicado a Se7en, en un recorrido por una profesión en la que, como él mismo demuestra, crear, analizar y comunicar forman parte de una misma historia.
Lorenzo ¿qué fue lo que despertó en ti la necesidad de contar historias y comunicar, y en qué momento sentiste que el cine, la escritura y la comunicación iban a convertirse en caminos complementarios dentro de tu trayectoria profesional? Me cuesta mucho ubicar un instante de mi vida en el que me moviera hacer otra cosa que no fuera narrar historias o plasmarlas en imágenes. El cine me ha servido como faro desde niño, cuando tuve la fortuna de estar expuesto a obras que no debiera haber visto a corta edad: pienso en ver los primeros minutos de Twin Peaks y en quedarme anonadado con la potencia evocadora de la revelación del cadáver de Laura Palmer. Probablemente, el interés germinó ahí y se desarrolló con el visionado de películas como Parque Jurásico, que me hicieron entender el sentido de la maravilla detrás de la creación de imágenes.
Mi formación me llevó siempre hacia lo artístico: me formé desde los seis años en dibujo y pintura, y empecé pronto a escribir historias y a darles forma visual… Estudié Comunicación Audiovisual con el propósito inamovible de hacer cine, pero la carrera me permitió descubrir otra dimensión de mis intereses. Como decía Godard, hacer cine y analizar y comunicar sobre cine son dos caras de la misma moneda. Y, para mí, son igualmente disfrutables. Fue entonces cuando decidí que no quería renunciar a ninguna faceta, por contradictorio que pudiera parecer.
Has desarrollado tu carrera desde diferentes ámbitos —dirección, guion, comunicación, crítica cinematográfica y escritura—. ¿Qué te aporta cada una de estas facetas y cómo se contaminan entre sí a la hora de construir tu mirada sobre el audiovisual y la cultura? La dirección es, en buena medida, la culminación del proceso creativo: supone la puesta en escena de todo aquello que has imaginado y escrito en el guion, pero también implica una labor de comunicación, para hacer que todo un equipo humano a tu alrededor comprenda la visión que persigues y encuentre nexos con sus visiones e ideas propias. En contraste, la escritura es una experiencia solitaria y tiene mucho de autodescubrimiento, tanto como de descubrimiento a través de la documentación. A través de la crítica, he podido abrir mis miras, y eso ha influido tanto en mis intereses como guionista y narrador como en la manera de afrontar la dirección. En sentido inverso, el conocimiento de la idiosincrasia de un rodaje me ha ayudado a entender mejor las películas que analizo, sus particularidades o sus problemas. Todo, en su conjunto, me ha ayudado a ser mejor comunicador. ¡O eso espero!
Como director y guionista, ¿qué importancia tiene para ti la capacidad de observar la realidad y detectar aquellas historias, personajes o conflictos que pueden convertirse en un relato con capacidad para conectar emocionalmente con el público? ¡Una importancia fundamental! Mis historias parten de la observación y de experiencias muy concretas. Me gusta retorcerlas y extrañarlas, hasta convertir situaciones mundanas en escenarios surreales o pesadillescos. Que el público pueda identificarlas posibilita esa conexión. Mis dos últimos cortometrajes, Extrema gravedad y Despega los ojos de la pantalla, parten de postulados análogos: ambos surgen de las experiencias con las nuevas tecnologías y con el cambio de hábitos que han implicado para relacionarnos, mediatizando las circunstancias de los protagonistas y aislándolos de sus entornos. La clave está en llevar los relatos a extremos donde esa realidad pierda el sentido y todo sea posible.
Tu trabajo como comunicador te sitúa también en un terreno en el que hay que encontrar la manera adecuada de transmitir un mensaje para públicos muy diferentes. ¿Qué errores consideras que se cometen con mayor frecuencia cuando se intenta comunicar una idea, un proyecto cultural o una obra audiovisual? En el mundo actual, tan hiperconectado, la comunicación es otra parte crucial de la producción creativa, para bien o para mal. Para que un proyecto “exista” es imprescindible saber contar su existencia; si no, corre el peligro de quedar invisibilizado. Y para ello, toca concretar el valor diferencial de cada proyecto. Es otra forma de construir el relato, identificando su unicidad y comunicándola a través de las distintas ventanas. Como tal, ha de estar integrada y en diálogo con todo el proceso. Quizás ahí reside el error: en no ver la comunicación como una faceta prioritaria desde la raíz.
Has trabajado en comunicación desde SideBySide – Te Comunica. ¿Hasta qué punto una buena estrategia de comunicación puede cambiar la percepción que el público tiene de una película, un libro, un proyecto cultural o incluso de una persona que trabaja en el ámbito creativo? Una buena campaña de comunicación puede cambiar la percepción del público. Pensemos en un caso paradigmático, el de Tom Cruise. En 2004 atravesó una grave crisis reputacional: sus intervenciones públicas comenzaron a centrarse en defender de forma encendida los postulados de la Cienciología y protagonizó momentos televisivos insólitos, como aquella desaforada intervención en el talk show de Oprah Winfrey en la que acabó saltando sobre el sofá. Sin embargo, reorientó su estrategia con éxito: su relato dejó de ser el de la Cienciología para centrarse en sí mismo, su concepción de estrella de cine absoluta, capaz de hacer los stunts que no están al alcance de nadie, elevando el listón con cada nueva película. Aquellos escándalos no han quedado necesariamente olvidados; ha sabido dejarlos atrás apoyándose en sus puntos fuertes, sin tratar de reinventarse o de cambiar de imagen, hasta convertir aquella crisis en una anécdota.
Tu trayectoria como crítico te ha permitido analizar numerosas obras desde una perspectiva profesional y personal. ¿Cómo ha cambiado tu manera de ver una película desde que comenzaste a escribir crítica y qué elementos buscas hoy que quizá antes pasaban desapercibidos? Curiosamente, lo que más busco ahora es la honestidad al ver una película. En el mundo de la hipermodernidad, estamos habituados a la regurgitación de códigos estéticos o narrativos pasados, convertidos en filtros atractivos que centralizan la experiencia sin un discurso propio detrás. Por eso, con los años he ido inclinando mis intereses hacia la acción y el direct-to-dvd, en cuyos planteamientos no hay trampa ni cartón. En sus sencillas estructuras narrativas, podemos encontrar reflexiones más graves y un mayor afán por trabajar imágenes poderosas que contrarresten sus debilidades. Pienso en artesanos del mamporro como Jesse V. Johnson o John Hyams, con una visión autoral inconfundible plasmada en su forma de mover la cámara, de retratar los cuerpos en acción y las consecuencias de su desempeño físico de sus héroes.
¿Qué responsabilidad crees que tiene actualmente la crítica cinematográfica en un contexto en el que las redes sociales han multiplicado las opiniones sobre las películas y en el que, en ocasiones, una valoración rápida puede tener más repercusión que un análisis elaborado? Mi experiencia en medios me ha hecho comprobar la fragilidad del estado de la crítica, entendida esta como un género más. En este mundo tan repleto de estímulos, donde el consumo se inmediatiza, el análisis cada vez tiene un espacio más restringido y la crítica deja paso a la prescripción: qué se recomienda ver entre tanta oferta disponible, qué priorizar cuando semanalmente se amontonan los estrenos… Estos ritmos enfebrecidos, sumados a las condiciones económicas insuficientes, dejan poco margen para dedicar tiempo a aquello que se aleja de los grandes focos de atención. En esta situación tienen responsabilidad compartida todos los actores del negocio audiovisual, desde las grandes distribuidoras a los medios, pero también los periodistas hemos de hacer autocrítica.
En Van Damme. El héroe de Vitruvio abordas la figura de Jean-Claude Van Damme desde una perspectiva que va más allá del simple repaso a su trayectoria. ¿Qué encontraste en su figura, en su cine y en el imaginario que representa que te llevó a dedicarle un libro y qué descubriste sobre él durante el proceso de investigación?Antes hablaba de esos primeros impactos cinematográficos en mi vida y lo cierto es que Van Damme estuvo entre sus responsables. Recuerdo vívidamente cómo, con apenas 4 años, lo descubrí con Kickboxer y me dejó anonadado. Fue una figura fundamental para mi formación cinéfila, pero también una personalidad sobre la que se había pasado muy por encima. Sentía que, de algún modo, tenía una deuda pendiente con él, tras tantas horas de entretenimiento como me había ofrecido, y a la vez veía una oportunidad de cubrir una laguna en lo que a estudios cinematográficos se refiere.
Si hablamos de lo que Van Damme representa, el espagat tan característico servía para definir su personalidad, que se ha movido siempre en ese equilibrio casi imposible entre facetas opuestas: el divo de cine que quiere verse legitimado como actor; el héroe de acción pétreo que necesita explorar su vulnerabilidad; el sujeto masculino activo que también gusta de verse como objeto de deseo… El ejercicio mismo del espagat implica una imagen asociada a lo femenino que rompe con la representación colosal masculina que heredaba de esos gladiadores fílmicos. Y en paralelo a su cuerpo, su corpus cinematográfico también refleja esas inquietudes: su cine ha sido puerta de contacto entre sensibilidades asiáticas, americanas y europeas, como bien reflejan títulos clave como Blanco humano, de John Woo, o Al límite del riesgo, de Ringo Lam. Había mucho por descubrir y desentrañar, mucho que poner en valor.
Y, en ese aspecto, el mayor descubrimiento del libro viene de comprobar cómo muchos de esos hallazgos aparentemente accidentales en su cine son plenamente conscientes. Van Damme es un actor-autor que tiende a controlar tanto su imagen como lo que esta cuenta, y con los años se ha revelado como un narrador cautivador. Aunque, a la vez, su mejor relato es el que ha construido sobre su persona, su personaje más complejo.
Jean-Claude Van Damme pertenece a una generación de estrellas que construyeron buena parte de su identidad alrededor del cine de acción. ¿Qué crees que explica que determinados personajes y actores permanezcan en la memoria colectiva incluso cuando algunas de sus películas han quedado alejadas de los grandes circuitos cinematográficos? Creo que lo explica el poderío de esas imágenes que modelaron o ayudaron a modelar. Podemos verlo en nuestra oferta televisiva, donde buena parte de la filmografía de Van Damme sigue vigente con incontables redifusiones que demuestran su eficacia de forma continuada. La épica de sus historias trasciende la época y las mantiene vigentes en cualquier escenario. Y, como héroe, esas mismas características y habilidades únicas permiten a Van Damme trascender, adaptarse a los tiempos y convertirse en un personaje más grande que la realidad misma y, desde luego, que cualquier circuito, presupuesto o película.
También has coordinado Se7en dentro de la colección Millennial. ¿Qué posibilidades ofrece analizar una película tan conocida desde diferentes miradas y qué aspectos de la obra de David Fincher consideras que siguen generando conversación décadas después de su estreno? La coordinación de este libro ha sido toda una oportunidad porque Se7en sigue albergando muchas lecturas posibles aun pasados 30 años de su estreno. He tenido la suerte de contar con un equipo de 21 autores que han puesto patas arriba las concepciones establecidas en torno a la película, y que han dado la vuelta a algunas de sus imágenes más específicas, como la de la misma caja. Por solo citar algunos ejemplos: Tonio L. Alarcón ha venido a romper la interpretación establecida de que John Doe es un genio del mal, desde un perfil psicopatológico que permite encontrar llamativas fallas en ese discurso; María José Agudo aborda un aspecto mucho menos estudiado, como es la construcción de Tracy, su personaje femenino; Laura Maza establece paralelismos con otra cumbre del thriller noventero, la japonesa Cure, y sus concepciones del origen del mal en el individuo.
Lo que hace de Se7en un clásico imperecedero es que plantea una sacudida del espectador, de sus convicciones en lo formal y genérico, pero también en lo que releva del sistema de creencias; lo expone a ese abismo donde el mal parece yacer latente en todos, inescapable. Por ello, por más que su desenlace sea archiconocido, el filme mantiene su impacto. Porque esa caja plantea un horror indescifrable que no queremos ni llegamos a ver, aunque sepamos que está ahí. Por eso opté por esa perspectiva, la de Somerset asomándose al interior de la caja, como idea para la ilustración de cubierta: es lo que espero que los lectores sientan al abrir este libro.
Entre tu labor como autor y tu trabajo como crítico existe una diferencia interesante: cuando escribes sobre una obra ajena puedes analizarla desde fuera, mientras que cuando creas una obra propia tienes que enfrentarte a tus propias decisiones. ¿Qué has aprendido como creador gracias a tu experiencia como crítico y qué has aprendido como crítico gracias a haber creado? Lo he aprendido casi todo de ese trasvase. Casi podría decirse que desdoblarme así, entre director y crítico, es influencia de Van Damme y sus dinámicas. Como crítico, el principal aprendizaje ha sido no mirar ningún filme desde el prejuicio: cualquier película, por pequeña o impopular que sea, puede incluir hallazgos artísticos reseñables. Como creador, eso mismo me ha llevado a no limitarme ni conformarme: eso significa tanto buscar ser más audaz como perder el miedo a experimentar y equivocarme. Siempre habrá algo que extraer de ello.
Vivimos un momento en el que el consumo audiovisual está marcado por las plataformas, los contenidos breves, las redes sociales y una enorme cantidad de estrenos. ¿Crees que estamos modificando nuestra manera de mirar y entender el cine y, sobre todo, nuestra capacidad para detenernos ante una obra que necesita tiempo para ser comprendida? Desde luego. Creo que cualquiera puede reconocer cómo su lapso de atención ha disminuido, cómo la proliferación de pantallas disgrega nuestra capacidad de atención. Una vez más, estamos hiperestimulados y el interés por cualquier obra expira cada vez más rápido. Escribir Van Damme. El héroe de Vitruvio ha sido sanador, en ese aspecto. Han sido cinco años dedicados casi por entero a toda una filmografía, mirando y volviendo a mirar. Ha supuesto un reto, no solo por el esfuerzo y el tiempo requeridos, sino por ser un empeño a contracorriente en todos los niveles.
Como comunicador y profesional vinculado al audiovisual, ¿qué papel crees que deberían desempeñar actualmente los medios culturales especializados para ayudar al público a descubrir propuestas que pueden quedar eclipsadas por los grandes lanzamientos y por los algoritmos? Los medios han reorientado la definición del periodismo cultural hacia la recomendación, dejando menos tiempo a ahondar en lo que hay ahí fuera, en favor de lo que los grandes agentes de la industria establecen. Eso no significa que no haya periodistas y cabeceras que estén emprendiendo batallas pírricas por defender otras visiones. Pienso en proyectos como Cine Divergente, El antepenúltimo mohicano, Revista Mutaciones, y también en ejemplos estupendos de divulgación a través de redes sociales, aprovechando las herramientas disponibles. Diría que lo principal es recordar cuál es el propósito último de los medios culturales: trascender las modas y agendas marcadas y establecer sus propios discursos.
Después de haber recorrido diferentes espacios dentro de la industria cultural y audiovisual, ¿qué aspecto de tu profesión continúa despertándote curiosidad y qué territorio creativo o profesional te gustaría explorar que todavía tengas pendiente? Aunque llevo 15 años escribiendo en medios, no ha sido hasta Van Damme. El héroe de Vitruvio cuando he desembarcado en el mundo editorial de lleno. He podido dar continuidad a la experiencia con Se7en, y me interesa seguir esa vía, como autor y coordinador. De hecho, ya preparo un siguiente esfuerzo que me ilusiona bastante, y que tiene que ver con Charles Bronson. Como de costumbre, la clave será seguir dividiéndome y compaginando todo. Quizás, la asignatura pendiente sea lanzarme al cómic, algo que siempre he deseado, pero para lo que nunca he tenido una oportunidad clara. ¡Pero todo a su tiempo!
Si pudieras sentarte hoy con el Lorenzo Ayuso que comenzaba su trayectoria profesional y pudieras explicarle todo lo que has aprendido hasta ahora sobre cine, comunicación, escritura y creatividad, ¿qué consejo le darías y qué le advertirías que no perdiera nunca de vista? Probablemente, le diría que no desconfiara de sus instintos y que diera un golpe en la mesa cuando sintiera que debía hacerlo. Es un aprendizaje válido tanto para mantenerse en esta carrera como para lidiar con todo lo que uno puede encontrarse en este mundo, bueno y malo. El audiovisual puede ser ciertamente hostil; hay que saber mantener la guardia… De nuevo, imitando a Van Damme.
Algo que añadir,…. Solo el agradecimiento por este espacio y por el interés que ha suscitado hasta el momento Van Damme. El héroe de Vitruvio. Habitualmente, la esencia de un proyecto cultural no está en el final, sino en el esfuerzo hasta alcanzarlo, por complicada o frustrante que resulte. Pero la recepción ha sido emocionante y me ha vigorizado para saber que tomé la decisión correcta cuando me decidí a lanzarme. Ojalá haya muchos más asaltos como para volver a caer en Alquibla.







