Hablar de salud mental sigue siendo, para muchas personas, un camino lleno de silencios, dudas y heridas difíciles de nombrar. Por eso, cuando alguien decide ponerle palabras a su propia experiencia, no solo está contando su historia, sino también abriendo un espacio donde otros pueden sentirse comprendidos.
En esta entrevista conversamos con María Timiraos, autora de “No me rompí del todo”, un testimonio honesto y profundamente humano sobre la depresión, la ansiedad y el proceso de reconstruirse desde dentro. A través de sus palabras, María nos invita a mirar de frente el dolor, a entender que no todo es lineal y, sobre todo, a reconocer que incluso en los momentos más oscuros siempre queda una parte de nosotros que resiste.
Un diálogo necesario que pone voz a lo que muchas veces se vive en silencio.
María ¿qué te impulsó a escribir No me rompí del todo y en qué momento sentiste que tu historia debía ser compartida con los demás? Durante mucho tiempo normalicé situaciones, emociones y heridas que no sabía nombrar, pero que influían en cómo me relacionaba conmigo misma y con los demás.
El impulso no fue de un día para otro. Primero, fue la necesidad de entenderme. Después, ordenar lo que sentía. Y, sin darme cuenta, se convirtió en una forma de desahogo.
Creí que mi historia debía ser compartida cuando entendí que no era solo “mi historia” sino que muchas personas podían verse reflejadas en esas vivencias, en ese dolor silencioso, en esas dudas que muchas veces no se dicen en voz alta. Ahí fue cuando dejó de ser solo un proceso personal y se convirtió en una forma de acompañar, de poner palabras a lo que otros sienten y quizá no saben cómo expresar.
A lo largo del libro hablas de experiencias personales muy íntimas, ¿cómo fue el proceso emocional de revivirlas mientras escribías? Escribir me obligó a mirar de frente cosas que durante mucho tiempo había intentado esquivar o olvidar para poder seguir
Hubo momentos en los que revivir ciertas experiencias dolía, porque no es lo mismo recordarlas de pasada que volver a entrar en ellas con palabras.
Escribirlas significaba reconocer lo que había sentido de verdad, sin filtros. Pero al mismo tiempo, fue un proceso muy liberador. Ponerle nombre a lo vivido me permitió entenderme mejor, darles un sentido a muchas cosas y, sobre todo, dejar de cargar con ellas de la misma manera.
No fue un camino lineal. Hubo días de parar, de tomar distancia, de digerir lo que estaba removiendo. Y otros en los que sentía que, por fin, algo encajaba.
El título es muy sugerente, ¿qué significa para ti “no romperse del todo” en el contexto de la depresión y la ansiedad? Para mí, “no romperse del todo” no significa no sufrir, ni ser fuerte todo el Significa que, incluso en los momentos más oscuros de la depresión y la ansiedad, hay una parte de ti que sigue ahí, aunque sea muy pequeña, muy cansada o casi en silencio.
Es esa parte la que resiste cuando toda pesa, la que te sostiene cuando sientes que te estás desmoronando, la que, aun sin fuerzas, no desaparece del todo. Siempre queda algo: una mínima esperanza, una conciencia, una necesidad de salir de ahí, aunque no sepas cómo.
En el contexto de la depresión y la ansiedad, “no romperse del todo” es reconocer la fragilidad que sientes sin perder completamente el vínculo contigo misma. Es aceptar que estás herida, pero que “sigues estando”.
Desde tu infancia hasta hoy, ¿qué momentos han marcado un antes y un después en tu relación con la salud mental? Uno de los momentos que más marcó un antes y un después en mi relación con la salud mental fue el bullying durante la etapa En ese momento no tenía las herramientas para entender lo que estaba viviendo, pero sí sentía sus efectos: una inseguridad constante, una tristeza difícil de explicar y una sensación de no encajar.
Esa etapa influyó mucho en cómo empecé a verme a mí misma. Llegó un punto en el que mirarme al espejo no era algo neutro, sino un momento cargado de rechazo. No era solo lo que otros decían o hacían, sino cómo eso se iba quedando dentro de mi y acababa formando parte de mi propia perspectiva.
Durante mucho tiempo normalicé ese malestar, como si fuera parte de mí. Y eso marcó mi autoestima y mi forma de relacionarme con los demás.
Ponerle nombre, reconocer el impacto que tuvo y empezar a cuestionar esa voz interna tan dura fue un paso importante para cambiar la relación conmigo misma.
¿Cómo describirías la evolución de tu depresión y ansiedad a lo largo de los años y qué has aprendido en cada etapa? Mi depresión y mi ansiedad han ido creciendo conmigo, pero también transformándose. Al principio no sabía ponerle nombre a nada. Solo sentía que algo dentro de mí no estaba bien, como una tristeza constante y una inquietud que no se iba nunca. Vivía así, tirando, pensando que simplemente era mi forma de ser.
Con los años hubo momentos en los que todo se volvió mucho más intenso. La ansiedad se hacía muy presente, muy física, y la depresión era como apagarse por dentro. Ahí fue cuando empecé a sentir que no podía seguir ignorándolo, que había algo que necesitaba mirar de frente, aunque diera miedo.
Durante mucho tiempo me culpé por sentirme así, por no poder con todo. Entender que había una historia detrás, que lo que me pasaba tenía sentido, cambió completamente mi forma de tratarme.
También he aprendido que no es una línea recta. Hay etapas mejores, otras más difíciles, momentos en los que sientes que avanzas y otros en los que parece que retrocedes. Pero incluso en esos momentos, ya no estoy en el mismo lugar de antes.
Ahora me escucho más, me exijo menos y me trato con más cariño. Y aunque la ansiedad o la tristeza puedan seguir apareciendo, ya no me definen de la misma manera.
Creo que la mayor evolución ha sido pasar de pelearme conmigo misma y empezar, poco a poco, a estar de mi lado.
¿Qué papel ha jugado la escritura, tanto del libro como del blog, en tu proceso de sanación o comprensión personal? La escritura para mí ha sido una necesidad. Porque había demasiadas cosas sin decir, demasiado dolor sin ordenar, demasiadas emociones que no tenían salida. Y escribir fue la única forma que encontré de no ahogarme en todo eso.
El libro fue un antes y un después. No fue simplemente contar mi historia, fue volver a atravesarla. Fue sentarme con versiones de mí que había intentado ignorar, fue poner palabras a cosas que durante años solo habían sido ansiedad o vacío. Hubo momentos en los que escribir dolía más que callar, pero también entendí que callar me estaba rompiendo mucho más.
El blog es distinto, pero igual de real. Ahí no solo hablo desde lo que ya he sanado, sino desde lo que todavía duele. Es más inmediato, más expuesto. Escribir ahí es como decir: “esto soy, incluso ahora, incluso así”.
La escritura me ha permitido entender mi dolor, sacarlo fuera y dejar de cargarlo sola. Creo que fue mi forma de no romperme del todo y también de empezar a sanar.
En tu blog compartes experiencias con un enfoque de ayuda, ¿qué tipo de mensajes o reacciones sueles recibir de quienes te leen? Muchas personas me escriben para decirme “parece que estás contando mi historia” o “eso que has escrito es justo lo que siento y nunca supe explicar”. Y eso, aunque emociona, también Porque te das cuenta de la cantidad de dolor silencioso que hay, de cuántas personas están sosteniendo cosas muy parecidas sin decirlo en voz alta.
También recibo mensajes de agradecimiento por hacer visible lo que muchas veces se vive desde dentro, pero no se comparte. Hay quien me dice que se ha sentido menos sola, o que algo que ha leído le ha hecho entenderse un poco mejor… y eso para mí ya es mucho.
A veces también llegan historias muy duras, muy personales. Personas que se abren desde un lugar muy vulnerable. Y eso lo vivo con mucho respeto, porque sé lo que cuesta dar ese paso.
Creo que lo más importante de todo es que se genera una conexión muy real. No es solo leer un texto, es sentirse visto. Y, en muchos casos, es el primer paso para empezar a hablar de lo que duele. Porque cuando alguien se reconoce en tus palabras ya no se siente tan solo.
¿Crees que todavía existe estigma en torno a la depresión y la ansiedad? ¿Cómo crees que testimonios como el tuyo pueden contribuir a cambiarlo? Sí, creo que sí, y lo digo porque durante mucho tiempo me costó hablar de lo que me pasaba, no solo por miedo al qué dirán, sino por cómo lo había aprendido a ver yo misma. Sentía que tenía que poder con todo, que no era para tanto, que quizá era debilidad. Y ese diálogo interno no aparece de la nada, viene también de lo que escuchas alrededor.
A veces el estigma es el silencio, la incomodidad, las frases que intentan ayudar pero que en realidad minimizan lo que sientes. Y eso hace que te lo guardes más, que te cierres más.
Por eso, cuando decidí contar mi historia, sabía que no era solo por mí. Era también por esa versión de mí que se sintió incomprendida y sola. Y por todas las personas que están ahí ahora mismo, pasando por lo mismo.
Creo que mi testimonio puede hacer que alguien se vea reflejado y deje de sentirse raro, exagerado o débil.
Durante los momentos más difíciles, ¿hubo alguna herramienta, persona o hábito que te ayudara especialmente a seguir adelante? En los momentos más difíciles, la verdad es que muchas veces no sentía que estuviera “siguiendo adelante”. Sentía que simplemente estaba sobreviviendo,
Había días en los que no tenía fuerzas para nada, que lo único que hacía era no desaparecer. Puede sonar muy básico, pero era pasar el día, respirar e intentar llegar a la noche.
Escribir fue un refugio para mí, el único sitio donde no tenía que fingir que estaba bien. Donde podía decir exactamente cómo me sentía, sin filtros.
Pero también estaban mis hijos… y eso lo cambia todo. Incluso en los momentos en los que yo no estaba bien, ellos eran una razón muy fuerte para seguir. No desde la presión, sino desde algo más profundo: el vínculo. A veces no tenía fuerzas por mí, pero sí encontraba un motivo en ellos.
Mi marido también ha sido una parte muy importante. No porque tuviera soluciones, sino por estar, por no soltarme cuando yo misma no sabía cómo sostenerme. En esos momentos, más que palabras, lo que necesitas es sentir que no estás solo.
Y, aun así, si soy completamente sincera, hubo una parte muy pequeña de mí que no se apagó del todo. Una voz muy débil que, incluso cuando todo pesaba, seguía diciendo “aguanta un poco más” era una resistencia muy silenciosa.
¿Qué le dirías a alguien que está atravesando ahora mismo un episodio de ansiedad o depresión y no sabe cómo pedir ayuda? Le diría que sé lo difícil que es estar ahí. Que cuando estás en medio de la ansiedad o la depresión, todo se vuelve más grande: el miedo, la tristeza, la sensación de no poder… y al mismo tiempo, pedir ayuda se siente como algo enorme, casi imposible.
Yo también estuve ahí, sin saber cómo explicar lo que me pasaba. Pensando que nadie lo iba a entender, o que quizá estaba exagerando. Y eso te hace callarte más, encerrarte más.
Por eso no le diría que dé un gran paso. Que, si no puede explicarlo todo, diga solo “no estoy bien”. Esa frase ya es mucho.
También le diría que no espere a estar peor para pedir ayuda. Que no hace falta tocar fondo para merecer ser escuchado; que no está solo, aunque lo sienta así. Que hay más personas pasando por lo mismo, en silencio.
¿Cómo ha influido tu entorno familiar y social en tu proceso, tanto para bien como para mal? Mi entorno ha sido una mezcla muy clara de apoyo y de ausencia, y creo que ambas cosas me han marcado mucho.
Por un lado, mi marido ha estado ahí incluso cuando yo no sabía ni cómo sostenerme a mí misma. Sin tener todas las respuestas, pero sin irse. Y eso, en los momentos más oscuros, es lo que realmente importa.
Mis hijos también han sido una fuerza muy grande para seguir. Había días en los que no tenía fuerzas para mí, pero sí encontraba un motivo en ellos. Me conectaban con algo que me hacía no rendirme del todo.
En el ámbito de las amistades, ha sido más duro. Ha habido poco apoyo, y en algunos casos, ninguno. Y eso duele, porque esperas comprensión en momentos en los que estás especialmente vulnerable.
Pero quizá lo que más me ha marcado ha sido la ausencia por parte de mis padres y mi hermano. Desde que nació mi hijo pequeño, y aun sabiendo la situación que estaba viviendo, no ha habido ese apoyo. Y eso no es fácil de asumir. Es una herida que también forma parte de mi proceso.
Y al final, en los momentos más difíciles, te das cuenta de quién se queda… y quién no.
¿Ha cambiado tu forma de ver la vida después de convivir con estas dificultades emocionales? ¿De qué manera? Antes vivía mucho más en automático, intentando cumplir, adaptarme, sostener todo sin pararme a ver cómo estaba yo realmente. Me exigía mucho, me escuchaba poco y normalizaba sentirme mal.
Después de todo lo que he vivido, mi forma de ver la vida es mucho más consciente. Ahora sé que no todo vale, que no todo merece mi energía, y que cuidarme no es un lujo, es una necesidad.
También ha cambiado mi forma de verme a mí misma. He pasado de juzgarme constantemente a intentar entenderme. De exigirme ser fuerte todo el tiempo, a permitirme ser vulnerable sin sentir que eso me hace menos.
Le doy mucho más valor a las cosas pequeñas, a la calma, a los momentos reales. Y también he aprendido a poner límites, a no quedarme en lugares o relaciones que me hacen daño, aunque antes lo hubiera hecho.
Creo que lo que más ha cambiado es que ahora intento no abandonarme a mí misma.
¿Qué diferencia hay, desde tu experiencia, entre “sobrevivir” y “vivir” cuando se trata de salud mental? Sobrevivir es ir en automático. Es levantarte porque toca, hacer lo que tienes que hacer por inercia, pero sin estar realmente presente. Es sentir que toda pesa, que todo cuesta, que estás más en “aguantar el día” que en vivirlo. Yo he estado ahí mucho tiempo: funcionando por fuera, pero completamente desconectada por dentro.
Vivir, en cambio, no significa estar bien todo el tiempo. Es estar contigo, con lo que sientes, con lo que necesitas. Es poder parar, escucharte, permitirte sentir sin huir constantemente de ello.
La gran diferencia, al menos en mi caso, ha sido dejar de sobrevivir a base de ignorarme… y empezar a vivir sin abandonarme.
Y eso ha sido un proceso lento, con avances y retrocesos. Pero ahora, aunque haya días difíciles, ya no siento que solo estoy pasando por la vida… siento que estoy dentro de ella.
¿Qué esperas que sienta o se lleve el lector al terminar “No me rompí del todo”? Lo que más me gustaría es que quien lea “No me rompí del todo” sienta que no está Que en algún momento del libro piense: “esto me pasa a mí también” o “por fin alguien lo ha dicho tal y como lo siento”. Porque yo sé lo que es vivir muchas cosas en silencio, sin saber cómo explicarlas, sintiéndote raro o incluso débil por sentirlas. A mí me habría gustado encontrar algo así en su momento, que no me juzgara, que no me dijera “tienes que poder”, sino que simplemente me dijera: “lo que te pasa tiene sentido”. Y si al terminar el libro alguien se mira con un poco más de cariño, con menos dureza… entonces todo habrá valido la pena. Porque al final, este libro no nace de estar bien… nace de no rendirme del todo. Y ese es el mensaje que quiero transmitir, que desde lo más negro se puede volver. Hay que pedir ayuda.
¿Tienes en mente seguir escribiendo o ampliando tu proyecto personal para continuar ayudando a otras personas a través de tu experiencia? Sí. En realidad, nunca he dejado de escribir. Lo hago en mis blogs www.nomerompideltodo.com y en www.mariatimiraos.com; son una parte muy importante de todo esto, donde puedo ser yo sin filtros, donde no tengo que aparentar que todo está bien. Ahí escribo desde lo que estoy viviendo en ese momento, incluso cuando todavía duele o no lo tengo del todo claro. Y eso, para mí, es muy real. Porque un proceso de superación de una depresión es así, no es lineal.
Y sí, estoy trabajando en la segunda parte de No me rompí del todo.
Porque hay muchas cosas que se quedaron fuera… no porque no fueran importantes, sino porque en ese momento no podía mirarlas de frente o ponerlas en palabras. Se quedaron guardadas en un cajón, literal y emocionalmente.
No es fácil, porque sé que implica volver a tocar partes de mí que aún son sensibles. Pero también sé que ahí hay mucha verdad, y que esa verdad puede ayudar a otras personas… igual que a mí me está ayudando escribirla. No lo vivo como un proyecto sin más. Lo vivo como una necesidad. Como una forma de no volver a callarme, de seguir entendiéndome… y de seguir acompañando a quien, en algún punto, también se siente como yo me sentí.
Algo que añadir…
Si algo me gustaría que quedara de todo esto, es que no hace falta estar completamente bien para empezar a hablar, para empezar a pedir ayuda o para empezar a mirarte de otra manera.
A veces no se trata de dar un gran cambio, sino de no rendirse con uno mismo.
También hay algo que creo que es importante decir, aunque a veces incomode y es que no todo el mundo acompaña. Hay personas que miran hacia otro lado, que no saben, no quieren o no pueden estar cuando más lo necesitas. Y eso deja huella. Porque cuando alguien está pasando por un momento así, necesita presencia, no sentirse solo en algo que ya de por sí pesa demasiado.
A veces, con el tiempo, nos preguntamos por qué alguien se fue, por qué se alejó, por qué se cerró… y pocas veces miramos cuánto acompañamos cuando esa persona lo estaba pasando mal.
No se trata de señalar, pero sí de tomar conciencia. De entender que estar — de verdad— puede marcar una diferencia enorme en la vida de alguien.
Y ojalá habláramos más de esto. Porque a veces, lo que más duele no es solo lo que te pasa, sino sentir que lo estás pasando solo.







