Azul y Rubén Darío

En el peregrinar de Rubén, ya iniciado y que no acabaría sino con su muerte, Chile representó un paso trascendental para su creación política. Allí aparece Azul en la fecha que se ha venido considerando como el hito señalador del Modernismo.

Azul y Rubén Darío

La influencia francesa que surgió del cantor de La légende des sciècles se amplia y sutiliza con conocimiento de una verdadera pléyade de poetas. En la estancia chilena fue importante su relación con Pablo Balmaceda, hijo del entonces presidente de la República. Su amistad le introduce en ambientes refinados reflejo o imitación del amado París que le llegaba en los versos y prosas de Gautier, Coppée, Richepin, Mendés, Leconte de Lisle, Maupassant…Visión literaria de un París totalmente exótico soñado desde la cosa del Pacífico y al que Rubén rinde tributo recreándole desde los poemas y cuentos de su libro. Lo importante es que Rubén no ha imitado a éste o al otro poeta, sino que ha construido algo nuevo con todos ellos, sin olvidar lo español ni las confluencias renovadoras de coetáneos como José Martí.

En la segunda edición de Azul, en 1892, añade algunas composiciones que vienen a mostrar un adelante de la concepción de la poesía y la narración fuertemente teñidas de parnasianismo. Entre ambas ediciones se encuentra la que podría llamarse consagración rubeniana que de hecho fue de alta importancia para su universal aceptación. Se trata del artículo que le dedica el más fino crítico de la época, Juan Valera. En él se saludaba, a pesar del entonces repetido <<galicismo mental>> algo empalagado de afrancesamiento, la aparición de un verdadero y renovador poeta.

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A Rubén en esta época le seduce el parnasianismo – que lleva a máximas consecuencias de la sonoridad y la perfección formal de Hugo -. El ideal de la poesía es la expresión de la belleza que llega al preciosismo, la musicalidad, un mundo refinado y lujoso, como ese París exótico y soñado de poema <<De invierno>>. Lecturas, cuadros, grabados vistos en casa de Balmaceda o en otras casas señoriales le permiten imaginar un París cosmopolita y sensual de un mundo de la belleza del que ya le da carta de naturaleza ser el autor de Azul.

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