José Martínez Ruiz “Azorín”. Monóvar, 1873- Madrid, 1967. Escritor español. Procedía de una familia acomodada.

Cursó estudios de Derecho en Valencia, Granada, Salamanca y Madrid, pero la universidad apenas había de influir en su formación, esencialmente autodidácta, como la de otros compañeros de su generación.

Etapa valenciana de “Azorín”

Durante su etapa valenciana colaboró en periódicos republicanos (como El Pueblo, de Blasco Ibáñez, con el seudónimo Ahrimán) y publicó folletos sobre temas literarios y sociales: La crítica literaria en España (1893), Buscapiés (1894), Anarquistas literarios y Notas sociales (1895).

Éstos como los siguientes muestran una viva atención por la cultura francesa y una actitud inconformista y airada ante la sociedad.

Establecido en Madrid, desde 1896, convivió la bohemia literaria, se relacionó con ciertos sectores anarquistas y colaboró en El País (1896) y El Progreso (1897), ambos dirigidos por Lerroux, y en las revistas literarias de la época (Revista Nueva, Alma Española, Juventud, Arte Joven).

Madrid

Conoció a Baroja, Maeztu y otras figuras de la para él denominada generación del noventa y ocho.  José Martínez Ruiz "AZORÍN"Con los dos escritores citados, formó en 1901, el efímero grupo regeneracionista de “Los Tres”, que postuló reformas educativas y económicas a través de la prensa.

En 1900 publicó Los hidalgos y El alma castellana, que constituyen sus primeras tentativas de aproximación al pasado nacional. Su novela La voluntad (1902) marca la madurez literaria del escritor y la invención del personaje Azorín, con el que se identificaría a partir de entonces.

Entre estampas de paisaje, episodios autobiográficos y de crónica contemporánea, se describe la amarga experiencia del protagonista, abúlico y cerebral, hipersensible y rebelde, al contacto con la vida rural y los ambientes literarios y políticos del Madrid noventayochista.

Como en Camino de perfección (1901), de Pío Baroja, el retiro final del protagonista a su pueblo, para hundir su existencia en un ambiente familiar mediocre, posee un evidente alcance simbólico.

Los elementos meditativos y descriptivos, y la evasión hacia temas y experiencias de orden estético proliferan aún más en las dos novelas siguientes: Antonio Azorín (1903) y Las confesiones de un pequeño filósofo (1904), ésta última evocadora de sus años de internado en los escolapsios de Yecla.

Constituyen estas tres novelas una libre trilogía, fiel exponente del arte azoriniano y a la vez índice de sus limitaciones como creador. Por aquellos años se operaba paralelamente un rápido cambio en la carrera política del escritor, que, en las filas de Maura y más tarde de La Cierva, consiguió el acta de diputado conservador.

Al margen de circunstanciales escritos políticos (Parlamentarismo español, 1916), sobresalen de esta etapa libros sobre paisajes y temas españoles (Los Pueblos, 1905) e impresiones de lecturas literarias, bien a modo de glosa o recreadas en forma levemente narrativa: La ruta de Don Quijote (1905), Clásicos y modernos (1913), donde figura el artículo “La generación del 98” (fundamental con el posterior libro Madrid para el estudio de aquel movimiento).

Con Don Juan (1922) y Doña Inés (1925) volvió a abordar la ficción novelesca; las posteriores Félix Vargas (1928) , Superrealismo (1929) y Pueblo (1930), bajo el rótulo de “Nuevas obras” manifiestan un propósito renovador, hasta cierto punto malogrado, del que participan también sus tentativas en el teatro: Judit (1926) o la trilogía Lo invisible (1927).

Tras un voluntario exilio durante la guerra civil, cuya experiencia recogió en el volumen París (1945) se declaró nacionalista en 1939.

De nuevo en Madrid siguió publicando novelas (El escritor, 1941, de gran interés por las revelaciones en materia de técnica y estilo) y escritos sobre temas diversos, entre los que figuran los libros Ante Baroja (1946) y El cine y el momento (1953).

La Obra de Azorín

Ofrece una absoluta unidad.

Algunas de sus características son comunes a las de otros escritores del noventa y ocho: subjetivismo intelectual, visión castellanista y una peculiar literatización de la vida.

Artista eminentemente contemplativo, parece abandonarse a la poesía de lo vulgar y lo cotidiano, con la intención de captar lo que para él fue constante enigma, el tiempo, a la vez repetido y mudable.

Cobra así relieve la fórmula expuesta en Las nubes, “vivir es ver volver”, fiel índice de su pesimismo, que Ortega interpretaba como intuición profunda del inmovilismo de la vida española.

El paisaje azoriniano posee intimidad y es también el tema idóneo en que se ejercita su pluma (“lo que da la medida de un artista es su sentimiento de la naturaleza”, advirtió alguna vez.

Por último, su prosa, muy personal y cuidada, se caracteriza por una frase breve, sin complicados enlaces y un léxico muy rico, algo arcaizante.

 

José Martínez Ruiz “Azorín”
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