La figura del autor en La novela de mi amigo de Gabriel Miró

La figura del autor en La novela de mi amigo de Gabriel Miró. Resulta bastante difícil proponer una reflexión sobre una novela que ya ha sido estudiada con tanta pertinencia por Joaquín Casalduero (Gabriel Miró y el cubismo), en artículos tan ricos y documentados, recogidos em las Actas del I Simposio, como son los de Francisco Márquez Villanueva (Gabriel Miró y el Künstelrroman), de Miguel Ángel Lozano (Gabriel Miró y el estilo íntimo: La novela de mi amigo). Las repetidas lecturas de La novela de mi amigo no agotaron su significado. Es una novela eminentemente compleja y atrevida. La amplitud discursiva de la confesión de Federico nos puede sugerir hoy una situación de psicoanálisis en la cual el lenguaje deja aflorar la dimensión del inconsciente.

La figura del autor en La novela de mi amigo de Gabriel Miró

Ir en busca de la “figura del autor” en La novela de mi amigo supone dos niveles de reflexión:

– El primero, a partir de una lectura inmanente de la novela que se da como emanación de una voz, la del narrador ficticio, que plasmó sus recuerdos en un acto de escritura posterior a la muerte de su amigo. El resultado es la novela que se acaba de leer: el lector deduce lógicamente que la ficción transforma al narrador en el autor supuesto de la novela.

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– El segundo nivel es intentar desmontar el subterfugio literario para establecer una relación entr este autor ficticio y el nombre del autor Gabriel Miró, creador de este binomio de protagonistas.La figura del autor en La novela de mi amigo de Gabriel Miró

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Hay que tener presente que en esta ficción, en que el narrador asume el papel del autor, la situación narrada no corresponde al momento de la escritura; el teórico y crítico francés Gérard Genette subraya precisamente en Figueres III que “la distancia entre en fin de la historia y el momento de la narración, es […] el tiempo que necesita el héroe para escribir este libro”.

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En La novela de mi amigo existe una tensión obvia entre el relato de Federico, dado en la inmediatez de un discurso supuestamente mimético, y una armazón estilística y retórica fuertemente trabada y elaborada. El personaje de Federico nos aparece en las cuatro primeras páginas de la ficción como mero autor de su autobiografía. El lector se deja arrastrar por la narración en primera persona de la muerte trágica de su pequeña hermana Lucita, narración ampliamente interrumpida por alusiones literarias y glosas introspectivas, con lo cual apenas si se fija el autor en el pronombre usted y personas verbales que marcan una presencia ajena. El yo de Federico lo invade todo, y el lector se cree destinatario de su discurso.

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La segunda voz cumplirá dos funciones: la del narratorio y la de narrador encargado de indicar las circunstancias externas de la diégesis. Dicho sea de paso, el referente espacio-tiempo de la novela apenas está esbozado, como para centrar el universo novelesco en la tragedia íntima de Federico.

La figura de este narrador queda muy discreta a lo largo de las confidencias de su interlocutor. De allí nace la impresión de que no parece haber intermediario entre la narración de las cuitas de Federico y el lector, que es quien las recibe en directo como si fuera el destinatario privilegiado. Es un procedimiento, el escogido por Miró, que coloca a La novela de mi amigo dentro de una perspectiva novelesca innovadora, la de un discurso dado como “inmediato”.

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Hay más: aparte algunos momentos en que parece cortarse el hilo del discurso, por la mímesis de la turbación emotiva, lo que llama la atención es la fluidez de lo que viene a ser una larga confesión monologada, en que la memoria desempeña un papel decisivo: “Soy carne de recuerdos”. Fuera de la declaración de intención, estas palabras revelan también un proceso de proyección y desdoblamiento de la conciencia que implícitamente evoca la postura de todo escritor.

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El narrador es una figura vacía, sin nombre, que sólo cobra consciencia y se materializa en la escritura. Aunque nunca la historia alude abiertamente a su papel de escritor, éste es su verdadero protagonismo. Su función dentro de la novela podría compararse con la del punto ciego de la retina sin el cual el ojo no puede ver.

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En cuanto a Federico, se encarna en un cuerpo del que tiene una imagen conflictiva, donde anidan la vida y la muerte. Entre el principio y el final de la novela, el personaje de Federico va cobrando vida y forma en el imaginario del lector. Ambos personajes reúnen pues los elementos que han de presidir toda creación literaria: la palabra y la escritura. Ambos destinos se complementan y se combinan en esta obra de ficción para conformar una visión única que es la de su creador: Gabriel Miró. Por eso, no existe distinción posible entre el estilo del discurso de pintor-narrador y su reelaboración escrita por el personaje-autor. Gabriel Miró vierte en los dos su propia vena artística, sin la menor preocupación por preservar la verosimilitud. Miró escritor no busca disimularse tras el subterfugio del personaje autor. No finge ausentarse de su novela según exigían los cánones tradicionales de la novela realista. El referente primordial de La novela de mi amigo no es externo sino interno, en relación estrecha con el lenguaje y la creación literaria.

Se puede pensar que Miró evocó, a través de este personaje de pintor sin éxito, el progresivo abandono de los cánones tradicionales del arte que dejaría sitio a una nueva conciencia estética. No digo que sea Federico el portavoz insigne de la vanguardia, pero sí que su fracaso íntimo se debe, no a su falta de dotes, sino a que no tiene la posibilidad de investigar en su propio arte, de descubrir nuevas vías para alcanzar plenamente su expresión original, para ser verdaderamente creador. Su producción debe corresponder al gusto dominante de la sociedad que le rodea si quiere vivir, es decir, vender sus cuadros para poder mantener a la familia. Y Miró plantea a través de su personaje, la cuestión fundamental del estatuto de todo artista, pintor o escritor, que vive en un mundo si no hostil, por lo menos indiferente a la expresión artística.

Envilecido, Miró nunca lo estuvo, por “seguir en sí mismo” como dice Federico, por seguir fiel a su labor creativa, a sus exigencias artísticas, a su dictado íntimo. La figura del autor que nace de La novela de mi amigo, no es nada definitiva, pero ya va cobrando rasgos esenciales que se irán confirmando a lo largo de su obra, y que son los de la figura del artista exigente consigo mismo y con su arte. A través de la vida de ficción de Federico Urios, Gabriel Miró vincula estrechamente dos ejes de reflexión fundamentales y recurrentes en toda su obra: su preocupación por la condición existencial del ser humano, preso y víctima de la contradicción entre la realidad social circundante y sus deseos profundos y la meditación sobre la creación artística. Todo ello rigurosamente estructurado y elaborado en un estilo desligado de la mímesis del lenguaje hablado, en un intento de poetizar y exaltar la dimensión espiritual del hombre/artista.

(Artículo extraído de Actas del II Simposio Internacional “Gabriel Miró”, escrito por Agnès Hollman-Salavin – Université Stendhal-Grenoble)

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