La voluntad, primera novela de Azorín publicada en 1902 y primera también de trilogía <<Azorín>>, continuada en Antonio Azorín y Las confesiones de un pequeño filósofo.

Meditación sobre la vida en busca del asidero existencial, contradictorias ideas o sensaciones inspiradas en la abulia y abocadas al fracaso

Tres partes, más un prólogo y un epílogo, componen el libro.

En la primera parte vemos a Antonio Azorín prestar oídos a las distintas ideas y doctrinas de su maestro Yuste, anarquista confuso, obsesionado por la fugacidad del tiempo y la inconsciencia de lo real, con quien pasea por el campo. La vida de Yecla y el paisaje están en el ambiente.

También visita a conciudadanos, comparte opiniones, habla y se relaciona con un herrero inventor de un torpedo eléctrico y con otro que inventa un aparato para lanzar 40 ó 50 kilos de dinamita a cuatro o cinco kilómetros y emerge así la pequeña historia de muchos personajes del lugar.

Destaca entre sus amistades la del padre Lasarde, director del colegio de los Escolapios y arqueólogo. Sus conversaciones versan sobre temas filosóficos y teológicos, pero también estéticos y literarios y sobre la propia existencia. Azorín mantiene un pensamiento anarquista.

Siente cierto amor por Justina, mujer elegante e inteligente, mística ciudadana que lucha entre su amor por Azorín y el deseo de entregarse a Dios. Justina elige el convento.

El lance es aprovechado para la descripción de la vida monacal. Surge iluminada en su vida, mujer activa y voluntariosa, pero altanera, burda y trivial. Tras la muerte de Yuste, Azorín se traslada a Madrid.

En la segunda parte Antonio Azorín se instala en la capital y desarrolla su actividad periodística, pero ya va marcado por un tremendo sello. Se mueve en ambientes populares y literarios. Visita a Pi y Margall, ídolo político de Azorín y también visita la tumba de Larra el 13 de febrero, aniversario de su muerte.

Va a la Biblioteca Nacional donde encuentra el grabado Voluptuosidad, fuerza, elegancia, dinero y poesía. Es expulsado de un periódico por defender el amor libre, y maltratado por un compañero que no lo cita como asistente a la presentación de la novela de Baroja. Abandona Madrid y vuelve cansado a su tierra.

En la tercera parte, de nuevo en el pueblo en una narración en primera persona, aparece, recoge siete fragmentos sueltos en un yo reflexivo y decepcionado.

El personaje tiene <<el bigote lacio, la barba sin afeitar de una semana, el traje sucio>>. Además de algunas narraciones sueltas lo vemos casado con Iluminada y vive sin entusiasmo.

En el epílogo es el propio autor quien cuenta en tres cartas que escribe a Baroja cómo ha encontrado a Antonio Azorín: casado, vive con su suegra y un hermano de ésta, tiene dos hijos y no dispone de libertad: su mujer lo obliga a limpiar un estandarte.

Va al casino. No lee ni siquiera periódicos, ni escribe. Habla también de la envidia y rencores que hay en el pueblo. La novela no concluye, sino que se detiene, se dejan se añadir páginas.

Los asuntos vienen expuestos mediante descripciones y cuadros.

Más que narraciones son exploraciones en la intimidad de los personajes expuestos a favor de la ideología y el pensamiento en episodios teñidos casi siempre de pesimismo.

Más que diálogos, son largos monólogos puestos en boca de Yuste y solo cuando éste se encuentra con el padre Lasarde aparecen las conversaciones reales. Aunque existe acción, más que de novela tradicional cabe hablar de personajes y un tenue argumento en el que Antonio Azorín busca agónicamente la razón existencial desde el autoanálisis, en un tratado sobre la vida.

Y aunque no ocurre nada, el libro habla de todo: nihilismo, determinismo histórico, problemas sociales, crítica política, religión y muchas ideas expuestas unas veces en tonos líricos, otras en cartas, artículos, manifiestos e incluso en largas meditaciones.

Aunque los personajes están definidos por sus ideas, a veces no aparecen claras diferencias entre ellos, sino una agrupación de figuras en torno a la principal.

La frustración, la incapacidad del personaje para modificar su entorno, que eran preocupaciones intelectuales de la generación del 98, aparecen aquí dosificadas.

Las ansias y desconsuelos del protagonista bien pueden ser símbolo de la escasa voluntad de una generación de indecisos de gente sin audacia.