Literatura colombiana

La religión natural que, hasta bien avanzado el siglo XVIII, fue Audiencia de Nueva Granada no tuvo el vigor cultural demostrado por el virreinato del Perú o el de Nueva España: primeramente, las polémicas entre jesuitas y dominicos impidieron el funcionamiento de una universidad eficaz; en segundo lugar, la imprenta no funcionó con regularidad sino a partir de 1738. Solo cuatro nombres destacan entre un fárrago de rimadores y cronistas sin fortuna: el beneficiado de Tunja Juan de Castellanos (1522-1607), autor de las Elegías de varones ilustres de Indias; el ameno narrador Juan Rodríguez Freile (1566-1640) autor de El carnero; el poeta culterano Hernán Domínguez (m.h. 1656) y, ya en el siglo XVIII, la mística madre Castillo.

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En los últimos años de vida colonial las pacíficas ciudades criollas de Nueva Granada fueron sede de una animada efervescencia cultural destinada a ser el prólogo inmediato de la emancipación. En 1783, el sacerdote gaditano José Celestino Mutis había encabezado la gran “Exposición botánica” en la que participó el joven naturalista de Popayán Francisco José de Caldas, quien más tarde había de ser uno de los héroes de la independencia nacional. En Bogotá reunía su tertulia el patriota Antonio Nariño, dueño de una selecta biblioteca y primer traductor de la Declaración de Derechos del Hombre; íntimo colaborador suyo y heredero científico de Mutis y Caldas fue Francisco Antonio Zea, fundador más tarde del importante periódico El Correo del Orinoco. Zea y Nariño fueron dos de los tres mantenedores de la revuelta burguesa de los criollos; el tercero fue Camilo Torres oriundo de Popayán y autor del Memorial de agravios de Nueva Granada elevó a la consideración de la Junta Central Española en 1809.

Desde el punto de vista literario, el período de la emancipación tuvo poco interés. En Bogotá, la Academia del Buen Gusto reunía una pequeña nómina de versificadores anacreónticos bajo los auspicios de Manuel Santa María de Manrique. Prerrománticos fueron José María Gruesso, Francisco Antonio Ulloa y José Fernández Madrid, nacidos todos ellos a finales del siglo XVIII. Luis Vargas Tejada escribió piezas teatrales de gusto tan afrancesado como los dos dramas Atala y Guatimocín de Fernández Madrid. José María de Salazar escribió también teatro neoclásico y tradujo la Poética de Boileau.

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Las convulsiones políticas que siguieron a la independencia colombiana, hasta alcanzar relativa estabilidad con la presidencia del general Santander en 1832, cortaron el precoz florecimiento cultural del país. Los primeros nombres que surgen con posterioridad a 1830 son románticos de ideas pero todavía sujetos a la inspiración neoclásica. En la prosa la fiebre romántica y las características patriarcales de la sociedad impusieron el cultivo del costumbrismo, que aparece en José Manuel Groot, José Caicedo Rojas y Eugenio Díaz, autor de Manuela, novela de corte realista.

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El romanticismo fue una etapa corta y episódica en una sociedad de características tan conservadoras como la colombiana. Del movimiento romántico lo único que sobrevivió fue el tono confesional y la tendencia a los planteamientos filosóficos y morales en el poema. La única obra realmente romántica de la segunda mitad del siglo XIX en Colombia fue una novela: María (1867) de Jorge Isaacs, un judío de Cali educado en Bogotá que unió en su libro la Mosaico. María constituyó uno de los éxitos del público más resonantes de toda la literatura americana y suscitó multitud de imitadores.

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La novela dentro de las pautas costumbristas perdura con Felipe Pérez, Marco Antonio Jaramillo, Temístocles Avella Mendoza y Luis Segundo de Silvestre. La investigación filosófica produce un autor de gran relieve: Rufino José Cuervo, autor de un inconcluso Diccionario de construcción y régimen del castellano y unas Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano, pieza fundamental en el estudio de la dialectología hispanoamericana.

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En Colombia el modernismo contó con dos precursores de importancia desigual. El primero de ellos, Joaquín González Camargo, es un discreto becqueriano que tuvo la fortuna de ser ensalzado por Juan Valera. El segundo fue José Asunción Silva, cuya patética figura de suicida señala ya una nueva inquietud personal en el poeta y cuya casa bogotana reunía una serie de nombres importantes en los futuros destinos del modernismo colombiano: los novelistas José María y Evaristo Rivas Groot, Emilio Cuervo Márquez y Clímaco Soto Borda y el ensayista Baldomero Sanín Cano, quien había de ser una de las figuras intelectuales más prestigiosas de su país.

El progresivo abandono de la expresión modernista es más visible todavía en los poetas de la generación de 1910, todos los de tendencia nacionalista y agrupados en torno a dos efemérides: el centenario de la independencia y la dolorosa humillación patriótica que acababa de infligir la escisión de Panamá. El paso del modernismo estetizante al modernismo “civil” tenia, además, el precedente de las coetáneas Odas seculares del argentino Leopoldo Lugones. En esta época la novela prosiguió la arraigada tradición costumbrista con narradores como Lorenzo Marroquín, Francisco De Paula Rendón y Tomás Carrasquilla.

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Los inicios de la poesía vanguardista colombiana los señala la obra de León de Greiff, en quien la influencia de Walt Whitman se mezcla a lo sarcástico dentro de una gran variedad de ritmos y temas. El movimiento tomó características de escuela con la revista Los nuevos, que dirigieron Jorge Zalamea y el futuro presidente de la República Alberto Lleras Camargo.

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La influencia de Juan Ramón Jiménez es el nexo común del grupo “Piedra y Cielo”, en el que destacan Eduardo Carranza, Jorge Rojas, Arturo Camacho Ramírez, Darío Samper y Gerardo Valencia. El abandono del rigor expresivo de los “piedracelistas” se produce con Fernando Charry Lara, Maira Dalmar y Maruja Vieira.

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En el ámbito del ensayo, después de Baldomero Sanín Cano la figura más notable ha sido la de Germán Arciniegas, brillante biógrafo e historiador, que ha aplicado los supuestos idealistas de las “ciencias de la cultura” a la dilucidación de la esencia iberoamericana, y que en este aspecto ocupa un lugar insustituible en las letras americanas junto al venezolano Picón Salas, el mexicano Reyes y el dominicano Henríquez Ureña.

La investigación filológica ha proseguido brillantemente, tanto por las actividades de la Academia Colombiana como por la labor del Instituto Caro y Cuervo.  La publicación del Instituto, la revista Thesaurus, es una de las mejores dentro del panorama de la filología española contemporánea.

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