Tanto en verso como en prosa data en Venezuela de la hispanización. En la poesía figuran entre los que cabría denominar precursores el cronista J. de Castellanos, J. de Herrera, B. Fernández de Virués, el poeta-soldado de apellido Ulloa y sor María Josefa de los Ángeles.

Literatura venezolana

En el periodo de la emancipación predominaron el periodismo y la oratoria, supeditados a lo político. Dentro de tal indigencia literaria cabe señalar el ensayo dramático Virginia, de Domingo Navas Spínola, y los nombres del poeta F. González Moreno  de J.L. Ramos.

En ese contexto surge la figura más importante del humanismo y la poesía nacional: Andrés Bello. Maduro ya como poeta en 1810, terminó de formarse en contacto con la cultura británica, difundió desde Londres las manifestaciones intelectuales de Hispanoamérica y dejó lo mejor de su obra en tierras chilenas, desde 1829 hasta 1865.

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Venezuela ingresa en la vida republicana maltrecha de guerras y ávida de cultura. Una generación desvelada e idónea deberá cimentar la ciencia, la política doctrinaria, la literatura de creación.  La conciencia de una estética romántica despunta en Venezuela desde 1834m cuando Rafael Agostini publicó sus poemas en El de Carabobo Argos recogidos después en Cítara de Apure. Agostini es autor además de una pieza teatral romántica ambientada en el Perú: Cora o los hijos del Sol. En 1839 hizo su aparición la revista La Guirnalda, de clara orientación romántica.

La madurez del romanticismo se alcanzó por los años 1870. Dos nombres de relieve excepcional aporta esa tercera generación: Juan Antonio Pérez Bonalde y José Ramón Yépez. En ambos se advierte una notoria predisposición al poema filosófico escéptico, a la visión nihilista del mundo, menos sentimental y más moderna. La prosa narrativa se mantuvo todavía apegada al artículo de costumbres. En esto fue decisiva la influencia de Mariano José de Larra.

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Los estilos costumbristas y nativista, en su afán de aprehender la esencialidad del hombre y del paisaje venezolanos, abrieron el camino a la influencia de las corrientes realistas europeas, entre las cuales ocupó lugar destacado la española.

El esquema de los personajes de la narrativa venezolana siguió siendo romántico hasta muy tarde. Las influencias del colombiano Jorge Isaacs y del venezolano Tomás Michelena se impusieron desde 1880. Realista o regionalista, fue el marco geográfico donde los narradores dejaron correr su visión épica de la geografía y se permitieron mirar como por encima del hombro a sus criaturas de ficción.

El romanticismo poético llega a su fase final en Venezuela hacia 1870. Juan Antonio Pérez Bonalde residente en Nueva York, dio a conocer a los jóvenes escritores el simbolismo precursor implícito en la obra de Poe. Jacinto Gutiérrez Coll, testigo presencial del nacimiento de la bohemia francesa, retornó a Caracas.

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Durante el modernismo la literatura venezolana se continentalizó, maduró, remozó temas y técnicas, al tiempo que se despolitizó, lo cual, en lugar de debilizarla, enriqueció su valor artístico. La literatura del siglo XIX había sido notoriamente combativa, y los escritores dispersaban sus energías en mil actividades. Un crítico del modernismo, Luis Correa, llamó la atención sobre el fenómeno de “los inacabados venezolanos”. Con el nuevo movimiento los escritores cambiaron de actitud vital.

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La simbiosis de discurso policromo y musical con asuntos locales terminó por denominarse criollismo en la literatura venezolana. Pedro Emilio Coll y Rufino Blanco Fombona, en algunos de sus cuentos y Manuel Díaz Rodríguez, en su novela Peregrina, contribuyeron a esta especie de condescendencia con los gustos y necesidades de una afirmación nacionalista, fortalecida luego de la aparición de Ariel, de José Enrique Rodó.

Los literatos modernistas y positivistas habían marchado unidos a través de revistas como El cojo ilustrado y, desaparecida ésta, Cultura venezolana. A partir de 1908 comenzó a marchitarse el prestigio de ambos grupos cuando una nueva dictadura, la de Juan Vicente Gómez, los convierte en una promoción de funcionarios públicos, débiles ante los atentados contra la dignidad humana, indiferentes casi en su totalidad a la inmolación de unas juventudes encrespadas.

Desde el comienzo de la I Guerra Mundial se advertía en los narradores una notoria predisposición hacia las modalidades de un realismo de denuncia, que se fue afirmando con perseverancia, en una línea que parte de Todo un pueblo, de Miguel Eduardo Pardo, El hombre de hierro, de Blanco Fombona, y la serie de novelas y cuentos escritos por José Rafael Pocaterra.  Esta tendencia fue cuajando y completó su afirmación cuando en la década de los 20 apareció el seminario humorístico Fantoches, fundado y dirigido por Leoncio Martínez.

Al finalizar la II Guerra Mundial Venezuela vivió un corto paréntesis de libertades democráticas, en el cual sazonaron e incrementaron su bibliografía los hombres de las generaciones que despuntaron por la década de los 20. En 1948 un nuevo golpe dictatorial sumergió al país en una serie crisis de valores culturales.

Si se realiza un balance rápido de autores y obras, es necesario señalar que en la narrativa sobresalen y se internacionalizan dos valores iniciados dentro del grupo de Sardio: S. Garmendia y A. González León. Otras figuras destacadas son Francisco Massiani, David Alizo y José Balza. El Premio Internacional de Novela instituido por la Editorial Monte Ávila fue concedido a otro joven valor venezolano: Carlos Noguera. Poco después se dio a conocer un notable experimentador en el campo del cuento: Luis Britto García.

La poesía y el teatro manifestaron a partir de 1958 un impulso inusitado en calidad y méritos, equiparable al renacer de la narrativa. Entre los poetas que llevar su mensaje lírica a la transcendencia extranacional hay que citar a Juan Sánchez Peláez. Del grupo de Sardio, R. Palomares, Edmundo Aray y Luis García Morales. Entre los de Tabla Redonda, figuran Jesús Enrique Guédez, Jesus Sanoja Hernández y Rafael Cadenas.

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EL teatro había hallado animadores meritorios en Alberto de Paz y Mateos y Juana Sujo, director y actriz que animaron la Escuela Nacional de Arte Escénico y tuvieron interés por la producción de los jóvenes entre quienes destacan hasta hoy Isaac Chocrón y Román Chalbaud. Otro gran pionero de esta labor fue César Rangifo, dramaturgo de tendencia social que con el grupo Máscaras llevó adelante la tarea de educar teatralmente al público. En los últimos años se han dado a conocer escritores como José Ignacio Cabrujas y Levy Rossell, entre otros.

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