Reseña de Llamadme Alejandra, Premio Azorín de Novela 2017

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En abril llegaba a las librerías Llamadme Alejandra,  la última novela de Espido Freire con la que ha conseguido, además, alzarse con el Premio Azorín de Novela de este año. Bajo el pseudónimo de Dolores Fernández de Seoane y con el título Mi nombre era Alix- La última zarina, la bilbaína se impuso a las más de 110 novelas presentadas, de las que solo 10 pasaron a la fase final. Un premio que además le fue entregado en una de las galas más cuidadas y preparadas ya que este año se conmemoraba el 50 aniversario de Azorín, algo que la escritora no dudó en definir como un orgullo.

Llamadme Alejandra marca el regreso de Freire a la novela desde el 2011, año en el que publicó La flor del Norte. Con una escritura detallista y minuciosa, tal y como la calificaron miembros del jurado como Juan Eslava Galán, Espido Freire hace un recorrido vital por una de las figuras históricas que más interés ha generado: la de Alejandra Romanov. La vida de esta mujer, marcada por la enfermedad y la tragedia, ha sido, en palabras de la escritora, una auténtica obsesión para ella desde que tiene memoria. Hace más de 15 años que la idea de escribir algo sobre la última zarina de Rusia revoloteada sobre su cabeza pero debido a la complejidad de exponer una vida tan increíble como la de Alejandra Romanov nunca había dado con la tecla correcta, hasta ahora. Tras darle muchas vueltas al formato y al enfoque, la que fuera la persona de menor edad en alzarse con el Premio Planeta acabó por decantarse por escribir una novela. La obra, para la que Freire se ha documentado a lo largo de los años, está narrada en primera persona y esto es precisamente lo más llamativo y valioso de la novela. La bilbaína quería implicarse emocionalmente en la escritura y que el lector hiciese lo mismo durante el proceso de lectura, algo que consigue de manera extraordinaria apropiándose ella misma del rol de la zarina.

La novela comienza con Alejandra y los suyos en la Casa de Ipátiev, construcción situada en Ekaterimburgo y que sería el escenario del triste final de la estirpe de los Romanov. Con este punto de inicio, Alejandra echa la vista atrás y comienza a relatar su trayectoria vital, desde sus tranquilos primeros años en el Gran Ducado de Hesse hasta su coronación en 1896 como Emperatriz de Rusia. De especial interés son algunos de los primeros párrafos del libro en los que Alejandra narra la primera vez que pisó territorio ruso con motivo de la asistencia a la boda de Isabel Fiódorovna Románova con el Gran Duque Sergio Aleksándrovich de Rusia.

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Para ella, Rusia era un país de contrastes, por un lado se podían apreciar las raíces más profundas y pobres en el campo y por otro, la ciudad de San Petersburgo se erigía como un lugar en el que la riqueza y la opulencia iban de la mano en cada una de las construcciones, desde iglesias a palacios todo estaba construido y engalanado con los materiales más preciosos del momento. Es curioso ver como estas referencias aún pueden aplicarse a día de hoy, la austeridad de las construcciones de ciudades como Moscú o la ya mencionada San Petersburgo, contrastan con los monumentos y palacios de siglos pasados. Inclusive sigue llamando la atención, desde nuestra visión occidental, que estas ciudades acojan grandes eventos como la Copa Confederaciones de Fútbol que se llevará a cabo este año o grandes torneos internacionales, como el que se está llevando actualmente en Sochi, el PokerStars Championship Sochi, que cuenta con una gran representación rusa.

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Poco a poco, y siempre a modo de recuerdo, vamos conociendo más de una mujer que llegó a ser la consorte del hombre que dominaba el mayor territorio del mundo en el siglo XX pero que nunca acabó de conseguir la felicidad plena. La vida de Alejandra Romanov, a quien irónicamente su entorno más cercano llamaba Sunny debido a su alegría, siempre estuvo marcada por la enfermedad (la ciática la llevó a pasar grandes temporadas en silla de ruedas), la tristeza y la obligación. Descendiente y favorita de la mujer con mayor poder del momento, la reina Victoria de Inglaterra, Alejandra siempre fue una mujer reservada, seria y extremadamente tímida. Alemana de nacimiento, la zarina nunca fue aceptada por el pueblo ruso, que la veía como una amenaza y una extranjera, algo que para una mujer que había renunciado a todo por el amor al zar Nicolás II y que sentía  Rusia como su verdadero hogar fue una auténtica tortura. Además, la incapacidad de ofrecer un heredero varón  fue otro de los puntos que provocaron el odio del pueblo ruso, un odio que fue en aumento con el nacimiento del zarévich Alekséi Nikoláyevich debido a la enfermedad que padecía el futuro zar.

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A lo largo del relato, conocemos cómo la enfermedad de su vástago, la hemofilia,  y el miedo constante a que sufriera algún accidente que le causara la muerte la consumió en vida. Un miedo irracional que la llevó a confiar de manera ferviente  en el monje Rasputín, al que se le otorgaron ciertos privilegios debido a su nueva posición como favorito de la zarina que no hicieron otra cosa que acrecentar la animadversión del pueblo hacia su emperatriz.

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Llamadme Alejandra muestra una perfecta disección de una mujer que lo tuvo todo para ser feliz y nunca lo fue, a pesar de haber vivido una de las historias de amor más impactantes de la realeza junto al zar Nicolás II. Con una prosa ligera y emotiva, el lector se adentra en el corazón hermético de Alejandra Romanov, haciendo suyos sus anhelos y sus preocupaciones y temiendo en todo momento llegar a las últimas páginas de la novela, en las que se encuentra el trágico final.

 

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