El movimiento feminista en la literatura

El movimiento feminista en la literatura

El movimiento feminista, cuyos precursores fueron los filósofos y las escritoras del siglo XVIII, apareció durante la Revolución Francesa. En 1791, Olimpia des Gougues escribió la famosa Declaración de los derechos de la mujer y la ciudadana. Desde Flora Tristán a Simone de Beauvoir pasando por Pauline Roland, E. Pankhurst, M.G. Fawcett, Nelly Roussel, etc. numerosas mujeres han militado por la emancipación femenina en todos sus aspectos.

El movimiento feminista en la literatura

El debate sobre la condición de la mujer en la sociedad fue reactivado en 1968 con la fundación del Women’s Lib en Estados Unidos. Numerosos movimientos y asociaciones se crearon entonces para sensibilizar a la opinión y a los poderes públicos sobre sus reivindicaciones: derecho al aborto, contracepción libre y gratuita, igualdad de salarios a igualdad de trabajo, denuncia de todas las formas de discriminación por razón de sexo, defensa e información de los derechos de la mujer, lucha contra la opresión familiar, que encierra a la mujer en sus papeles de esposa, madre, etc.

En España, las primeras corrientes feministas no organizadas aparecieron a fines del siglo XIX en torno a los escritos de mujeres como Emilia Pardo Bazán y Concepción Arenal, que tradujeron obras inglesas y francesas. En la primera mitad del siglo XX, que contó con sucesoras destacadas de este primer feminismo no hubo como en otros países verdaderos movimientos organizados hasta el periodo de la guerra civil de 1936-39.

Por otra parte, los movimientos feministas que tanta fuerza cobraron en otros países en torno a la década de los sesenta, fueron en España más tardíos, debido al franquismo, y las organizaciones de mujeres que surgieron en esa década se plantearon objetivos democráticos más generales; solo desde 1976 empezaron a asumir aspectos más propiamente feministas, como la supresión del delito de adulterio o la legalización del divorcio y el aborto.

El nuevo feminismo de los años ochenta y noventa prefiere entablar un diálogo histórico que se preste a una equipación social entre hombres y mujeres y para ello no deja de referirse al pasado también desde una óptica que es nueva: la que intuye la crisis de la identidad masculina. Más que preocuparse por las numerosas contrapuestas y a menudo contradictorias tendencias feministas, balanceándose entre el reformismo y el radicalismo político, prefiere estudiar las resonancias de la lucha feminista en relación con la historia de cada una de las sociedades o países en que se da, sin excluirla de los movimientos de liberación étnica, colonial o sindical.

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